Sobre huellas y ofensas



Sobre huellas y ofensas


Leí en una pared: “Cuando ofendas a alguien, clava un clavo en la pared, cuando te disculpes sácalo; entonces entenderás que siempre quedan huecos”.


¿Cuánto “marca” una ofensa?

La intensidad ¿de que depende?



El habla irreverente, la burla desconsiderada, la ostentación despectiva y maliciosa comparación, ¿no es el recurrente e inútil afán del necio? Sus estocadas provocan hondas heridas en muchos egos ajenos.

La víctima ofendida, exhibiendo heridas acusa daño contra una dignidad mellada y vapuleada por quien la desconsideración y estupidez se ha vuelto “virtud”. Aquella afrenta ¿no saca a luz la intensidad del orgullo herido?

En alguien que el orgullo detenta poder, la herida infligida, ¿no es acaso la medida perfecta de la ofensa que la rebalsa? Así, a más dolor, más será la llaga que dejará en el espíritu aquella ofensa.

En alguien que el orgullo no detenta poder, la herida infligida, ¿no será acaso la medida pequeña o ausencia de ella que aquella ofensa pretendió rebalsar? Así, a menos dolor, menor será la pretendida llaga que intentó dejar en aquel espíritu esta intentona de ofensa.

Por esta razón,

“Cuando intente usted ofender a alguien, clave un clavo en la pared, cuando se disculpe sáquelo; entonces entenderá que no siempre quedarán huecos.


Comprenderá que la entereza de algunas almas prudentes han visto en vuestra torpeza una oportunidad de templar el acero de su propia virtud”


07.03.25

7 Adar, 5785

HR

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