I. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre apetitos y deseos insaciables


 
I. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre apetitos y deseos insaciables


-Ser “insaciable”, Herr Rainer, poseer aquel apetito extremo y constante para esas necesidades comunes de nosotros, los mortales, resulta ser el motor de nuestro existir. La natural apetencia nos obliga a saciarnos. En términos del conocimiento, -pienso yo-, la naturaleza nos empuja a querer saberlo todo, hasta satisfacernos. Pero al satisfacernos, al cabo de un tiempo volvemos a la insatisfacción. ¿Cuál cree usted que sea el límite de esta vorágine?

-Usted pone el límite a sus propias necesidades. ¿Alguien acaso se atrevió a teorizar sobre los “límites de la saciedad”? El apetito diario hace que una persona nunca se sienta llena. En términos del desenfreno hay un gran interés por comer sin parar. ¿Cuál entonces será el límite de un glotón?

-El hartazgo, supongo, lo obligará a detenerse.

-Y la curiosidad, ¿no es acaso insaciable? Alguien que siempre quiere aprender más y nunca se conforma con “ripio”, con el conocimiento actual, ¿no lo hace un científico que busca respuestas?

-Sin duda.

-¿Cuál entonces su límite?

-Supongo que la porción de cada día. La fatiga mental lo obliga a cerrar el libro, guardar la lupa para ir a descansar.

-¿Qué me dice de la ambición insaciable? Un deportista que, después de ganar múltiples títulos, intenta seguir entrenando por doble jornada para conseguir más conquistas. ¿Cuál sería su límite?

-Bueno, la contextura corporal tiene un límite que se manifiesta por agotamiento. Necesitará reponerse.

-Sin duda. El deseo insaciable, en contextos románticos o sexuales, ¿no describe una necesidad constante de intimidad?

-Claro que sí, hasta la satisfacción.

-En términos de conocimiento, Herr Luis, vea usted en aquella necesidad de satisfacerse por hambre, una manifestación inconsciente que ocurre en la boca de vuestro estómago: una sensación de apetencia como mecanismo natural de supervivencia. ¿Es así?

-Claro que si, donde el límite será mi saciedad hasta la satisfacción. Entonces ¡ya le puse un límite!

-Reconfortarse, ¿no es tarea individual? El llanto y los gritos por hambre dejaron de ser el mecanismo para que la madre corra a saciar a su bebé. Ahora, activadas sus propias facultades de autosatisfacción, buscará el niño su alimento hasta alcanzar su propio límite: su porción asignada.

-Sin duda así es.

-Dígame, bitte, la admiración ¿por qué precede al deseo de saber?

-Sin despertar en nosotros la curiosidad de algo que desconocemos, no existiría un deseo de saber acerca de ello. Por tanto, sabemos porque algo despertó en nosotros admiración.

-Excelente. Sin entender aquello que de pronto aparece, la insatisfacción ¿estará presente? ¿No es esto un afán por conocer la verdad de algo? ¿Hambre por saber?

-Lo ignoto, lo oculto, aquello “entre bastidores” despierta nuestra curiosidad, como el gato que explora todos los recovecos habidos y por haber.

-Buena analogía.

-¿Qué rol juega, por tanto, la ignorancia?

-El rol que juega el hambre, la curiosidad, la ambición, y todo deseo insaciable.

-¿Saber es ignorar?

-Saber es aprender, dejar de ignorar.

-Quien no ignora, ¿precisa saber?

-No, porque se cree entendido: satisfecho.

-¿Qué me puede decir acerca del cosmos y todo cuanto rodea vuestra percepción? ¿Habrá un “Todo absoluto” que lo contenga todo? ¿Qué trata usted de comunicar cuando me habla de “algo superior”?

-Que algo es mayor a otra cosa. Un padre es mayor que su hijo porque lo gestó y cuidó. Tiene más experiencia de vida y esto le da autoridad sobre su hijo durante toda su etapa formativa y también después.

-Buena analogía. Por tanto, la tendencia existencial de concebir un modo superior en términos de “predecesor”, ¿con qué figura geométrica la asociaría usted, para efectos cognitivos?

-Convenimos siempre que la circunferencia es aquella que contiene a todas las figuras dentro de la cual pueden ser inscritas. Es el área de máxima capacidad por ser omniabarcante.

-Sin duda. Por comparación mensurable habla usted de la circunferencia, que en términos espaciales representa a la esfera, donde todo lo representable es contenido. Le pregunto, si usted es capaz de mentalizar aquella figura omniabarcante denominada “esfera”, si existe en vuestra mente imaginativa, ¿será posible trasladar esa realidad imaginaria del Todo a un supuesto de realidad que exista fuera usted?

-Mientras exista en mi mente claro que es posible.

-¿Por qué lo cree usted así?

-Porque lo concretizo en algo que puedo dibujar o materializar.

-Interesante. Luego. La naturaleza así percibida ¿nos hablaría de un Todo que todo lo contiene?

-Sin lugar a dudas, pero incognoscible.

-Intentando “verla” mediante una “reducción proporcional próxima”, ¿con qué herramienta la llevaría a la realidad concreta?

-La geometría que es matemáticas sería aquella herramienta.

-Maravilloso. Así, las primeras proporciones se reducen a los principios básicos de la existencia. Únicamente, en términos de proporcionalidad, ¿qué escaparía de nuestra comprensión?

-El campo de lo infinito.

-Así es. Sin embargo, ¿dónde la representaría? Porque si habla usted de lo infinito es porque existe, aunque no sea concebida.

-¿En el origen? Alguna vez lo tratamos cuando hablamos del “cero” como origen de coordenadas en términos de ubicuidad.

-El cero, el punto imaginario o el hito desde el cual damos principio a un argumento o hipótesis para trascender un supuesto de verdad, sin duda, ¿no es parte fundamental en el campo numérico? Sin el número, por tanto, ¿habría algún recurso de comparación para definir qué es mayor y qué es menor?

-Imposible. La proporción comparativa está ligada a lo pequeño o lo grande en función cuantitativa. Algo “pequeño” con respecto a algo “grande” es un constructo matemático materializado en geometría.

-Va usted por buen camino. ¿Diría usted que sin el concepto de “infinito” sería posible comparar las cosas?

-Hablo de “finito” cuando me refiero a todo aquello que puedo comparar por medida y cantidad. Pero no puedo decir lo mismo de lo infinito, pues la infinitud que es el absoluto es incomparable a toda medida.

-Claro que sí, dejaría de ser absoluto. Pero lo infinito, ¿no es el término que representa lo inconmensurable, lo que todo lo contiene, a la vez que es el origen de todo lo contenido?

-Sin lugar a dudas.

-¿Dónde ubica usted al cero?

-En todas partes, en cualquier parte para efectos de mi constructo imaginativo.

-¿Qué me dice de la hoja blanca y el lápiz de carbón?

-Por supuesto, trazo un punto de origen para construir un elemento finito, perceptible y mensurable. Sin el cero sería imposible esta ubicuidad.

-Pero intuitivamente y de soslayo da usted por evidente una infinitud para iniciar vuestro constructo imaginario y así llegar a un supuesto de verdad, ¿es así?

-Así es. Intento sin pensar en ello ilustrar un origen y algo finito para dar, a partir de allí, toda una suerte de postulados y conceptos que definen las matemáticas tal y como las conocemos hoy.

-Excelente, Herr Luis. Por tanto, asumamos, como el cusano, que en el número existen todas las cosas proporcionales. Quizás por esto Pitágoras, ¿qué creía acerca del número?

-Para Pitágoras en el número todas las cosas estaban constituidas en forma inteligible. Diríamos que para los pitagóricos el número es el principio de todo lo cognoscible.

-¿Es posible adaptar entonces lo desconocido a lo conocido?

-No lo creo.

-¿Cuál sería la única vía para aceptar que todo es posible conocer? Al negar usted que no todo lo sabe, ¿qué infiere?

-Infiero ser ignorante a la manera socrática.

-Nuestros propios apetitos, ¿no nos dicen acaso que somos ignorantes?

-Sin duda. Para saber algo o dar apertura a una novedad, es menester entendernos desde la ignorancia. Y esto abarca lo infinito. Ahora lo veo.

-Estos apetitos nos hacen “doctos en la ignorancia”, Herr Luis. Esto ¿no es propio en la naturaleza humana, personificada en los niños?

-Sin duda. Ser niños sería el camino. Los adultos en el conocimiento ya estamos saciados, por tanto, ajenos a las cosas infinitas. ¡De allí mi escepticismo!

-Elucidar, Herr Luis. Aprendamos a aclarar, explicar o hacer comprensible algo que es oscuro, difícil o confuso, como un misterio, un suceso o un concepto complejo. Resuelva usted dudas desde la postura de un niño, ponga en claro un asunto, como si usted poseyera la actitud honesta de un científico al tratar de “elucidar” el origen del universo.

Véalo así: el camino largo lo “empujará”.


15.01.26
26 Tevet, 5786
HR


De las conversaciones con Herr Rainer: "disquisiciones sobre el cusano”

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