Sobre el imperativo categórico en el obrar

 

Sobre el imperativo categórico en el obrar

 

Leí en una pared: “Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza”

¿Es deber o exigencia inexcusable toda sentencia imperativa impuesta en el humano obrar?

 

¿Qué deber tiene una persona en función a las demás?¿Serán “deberes imperativos” o “deseos categóricos propios de la libertad”?

¿Es libre un niño que obra por emoción antes que por la guía de la aprehensión de códigos inculcados desde el fuero de la razón?

¿Qué niño es más feliz: aquel que obra obediente por miedo al castigo o aquel que quiere corresponder en obediencia y con alegría a sus progenitores?

El obrar “como”, ¿no es acaso una invitación experimental ajena a la natural conducta? Así, la ley racional sojuzga a la ley emocional. Si la sojuzga, ¿será libre la ley emocional? ¿Cómo puede ser libre aquel que se sojuzga imperativamente por una razón ajena a los procesos conductuales en desarrollo?

La conducta de un adulto, ¿en qué difiere de la de un niño? ¿Quién es en realidad libre al obrar?

El peso del saber y de aceptar como suyos naturales todos los imperativos categóricos inculcados, ¿no lo inclinan a una suerte de “esclavitud racional”?

Si un niño llora por hambre, sin importar el impacto de su llanto con el entorno, ¿no obra soberanamente libre? Así, la necesidad desborda su emotividad y exige en llanto y pataleta, en locura fugaz, ser saciado para paliar por fin el hambre que lo atormenta. Sus padres dirán que este es un ejemplo de libertinaje irracional y en parte tendrán razón. Pero, ¿no obra aquel niño en libertad? He aquí la esencia humana de libertad natural.

Si un adulto cultivado es sociedad, durante una exposición de arte clama “en silencio” (para sus adentros) por hambre, preocupado por el impacto que generaría su apetencia en el entorno, ¿no obra como un esclavo de su propia racionalidad? Así, la necesidad no desbordará con incontenida emotividad porque reprime llanto y pataleta, locura fugaz, antes de ser saciado por una exigencia que intenta dominar para no paliar desconsiderada e inoportunamente el hambre, aquel que lo atormenta. Pero, ¿no obra aquel adulto en esclavitud? He aquí la esencia humana negada de libertad natural.

Así, su máximo accionar, ¿no se debe a un imperativo racional? Al hacerla “voluntad” ¿no se subyuga por causa de los demás? Al guardar las formas se priva de libertad por el esquema de sociedad aceptado, por el respeto y la condescendencia que la razón lo obliga a observar.

Los niños, ¿no son acaso ajenos a estos cuestionamientos de adultos idealistas, y por tanto, libres y felizmente alejados del “qué dirán”?

Un joven sensato, guardando el respeto con los demás, ¿no concluye que el mejor obrar será el “obrar con otros lo que a él mismo le agradaría que le hagan”? Buscará entonces, en su breve ausencia y al debido tiempo, saciar privadamente sus apetencias. Hay en él un equilibrio saludable entre un infante liberto y un adulto considerado con el entorno social, alejado de imperativos racionales. Por tanto, su libertad, ¿no será el resultado de la prudencia y consideración hacia los demás?

...

Quizás por ello,

“Obre usted con consideración empática en libertad como un infante cultivado en virtud, haciendo que vuestra máxima al obrar se haga un patrón conductual que lo haga, por su buen obrar, feliz en sociedad y en armonía con lo natural”.

 

07.05.25

9 Iyar, 5785

HR


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