Sobre pertenencias y correspondencias





Leí en una pared: “Uno pertenece a donde se le quiere, se le ama, se le desea, se le siente... y en repetidas ocasiones donde se le extraña. Pero sobre todo donde se le demuestra”.
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La vida, ¿es pertenencia?
El amor, ¿es pertenencia?

Las dependencias, ¿cumplen algún rol?
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“Pertenecer” a la vida contradice el propósito de vivir, porque la vida es un regalo: desprendimiento por amor.
Uno, ¿no labra su propia vida?
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Lo que pertenece a cada quien, ¿no son sus acciones, el modo cómo la emplea y la reputación que conseguirá con ella por las decisiones que tomó hasta el ocaso de su vida?
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En ese sentido alguien podría creer que la vida le pertenece, y con esa idea obra en libertad, otros en libertinaje.
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Cuando un padre regala algo a sus pequeños, ¿no se siente feliz por aquel desprendimiento? ¿No es feliz el progenitor al ver iluminado a ese pequeño rostro de hoyuelos que brilla porque tiene sentido de posesión por un regalo, algo para él?
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El regalo no hará al hijo: el propio hijo le dará el uso que desee en libertad bajo la atenta instrucción de quienes lo aman.
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Siendo un regalo un objeto utilitario, resulta ser un medio con el cual desarrollará lúdicamente sus facultades.
Tarde o temprano se percatará que aquel regalo es solo un medio temporal.
Y querrá trascender a otros menesteres más allá de aquel primer juguete.
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La generosidad demostrada no crea dependencias sino vínculos de gratitud, correspondencias en aquella etapa de desarrollo formativo.
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Luego, corresponder al amor es responder a esa causa: afecto, confianza como respuesta.
Quien es objeto de amor desea vincularse a la fuente de su amor en el ejercicio de su plena libertad, sin ánimo de coacción.
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Siendo que amar es consecuencia de amor, el progenitor que da amor preserva a su propia especie y desarrolla vínculos generacionales, donde el dar no crea inútiles dependencias.
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Aquellas fueron requerimientos temporales, porque el infante desarrolla aptitudes y características de individualidad que lo desapegarán naturalmente del pecho de su madre y del biberón: aquel alimento que cumplió su función desde que el cordón umbilical, desprendido por fin, le dio un fruto a aquel tallo que lo sostuvo.
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De esta forma se le ha capacitado para ser un feliz y seguro dador y no un opresor o un inepto, inmaduro y compungido poseedor de frutos podridos.
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Las hormigas y las abejas obreras laboran todas organizadas instintivamente.
Aunque existe una reina para una sola colonia, el trabajo de equipo tiene para ellas la garantía del sustento y supervivencia prácticos.
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También la defensa sinérgica ante el depredador y el común enemigo: le cierran filas, lo eliminan, lo devoran.
Todas a una vinculadas para un único propósito: la supervivencia de la colonia.
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“Anda, tú, perezoso, acércate a la hormiga; observa su comportamiento y hazte sabio.
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“Aunque no tiene ni comandante ni oficial ni gobernante, prepara su alimento en el verano y se abastece de comida durante la cosecha”.
(Prov 6:6-8)
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En el reino de los insectos no existen estas dependencias.
¡Tanto más debería serlo entre los humanos con sus respectivas familias!
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Siendo el caso,
"Uno pertenece a la libertad de sus decisiones, donde es libre de querer, amar, desear, dejar que sienta que puede corresponder en generosidad al generoso, a la hospitalidad con el hospitalario y al cariño fraternal con el cariñoso y fraternal amigo probo;
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"A la atracción afectiva con fuertes vínculos de amor correspondido: un lazo de seda delicado que ambos se colocarán el uno para con el otro, en total libertad".
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Y en repetidas ocasiones donde es un verdadero placer la mutua honra.
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Pero por sobre todo, donde se le ofreció la oportunidad de corresponder en gratitud, en amor duradero y en fruto de bien,

¡y bien merecido!

28.10.2019
29 Tishri, 5780
HR

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