Sobre demagogias y revanchas baldías
Sobre demagogias y revanchas baldías
Leí en una pared: “Pelean fantasmas del siglo pasado. Yo no llego a fin de mes. Siguen peleando batallas que ya nadie recuerda, pero que a ellos les dan curul. Mientras se sacan los ojos por el pasado, el presente se nos va de las manos. Fría está la guerra. Más fría mi cocina”
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La demagogia, ¿es nutritiva en una sociedad permisiva?
¿Es un negocio el empleo de la retórica que intenta hacerse del poder?
¿Por qué ese afán de los viejos políticos para recomendar el “perfeccionarse en oratoria” a los más jóvenes?
¿Qué “cuadros” esperan?
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Siendo un oficio viejo, ¿qué se ha logrado con el arte de persuadir mediante “palabras” y no con “hechos”?
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¿Se procura una “contraprestación social” con algo que se invierte, se produce y se cobra bajo la fachada de “representatividad”?
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Por qué usar el discurso como una “escalera ascendente” y no como un servicio práctico, subestimando la inteligencia de sus electores?
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Quienes no usan la palabra para iluminar, sino para “facturar”, ¿no invocan involuntariamente aquella sospecha que tiene alrededor de 2400 años de evidencia?
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En la Grecia del 440 a.C, los sofistas ofrecían servicios de “consultoría política”. Protágoras y Gorgias, ¿no cobraban dracmas para enseñar a “hacer fuerte el argumento débil”?
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¿No enseñaban a ganar debates sin importar la verdad? Aristófanes, ¿no los caricaturizó al denunciar que vendían palabras como quien vende pescado? Platón, ¿no los despreciaba porque reducían la política a una suerte de “técnica de venta”, mientras Sócrates pagaba con cicuta por buscar la verdad?
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Cuando el poder se compró con “clases de oratoria”, ¿no nos recuerda a la Roma del 63 a.C, cuando Cicerón empleó las Catilinarias?
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Aunque Cicerón salvó a la República con estas cuatro catilinarias, ¿no acumuló clientelas y cargos por su pluma? De él se dice: “inventó el foro cuando no había quien lo escuche”. Así, el discurso que “salva la patria” también le abrió puertas al Senado.
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¿Que hay del Perú del siglo XIX y sus “caudillos y proclamas”?
De Gamarra a Castilla, de Cáceres a Piérola, ¿no se fundó el país a punta de “proclamas”? Cada golpe ¿no empezaba con un manifiesto que pintaba al rival como traidor y al autor como redentor? ¿Qué consiguió a contrario sensu Gonzáles Prada en el Teatro Politeama?
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¿No prometían “restaurar el orden” y terminaban turnándose el presupuesto? Casi todos ¿no entraron con retórica de salvación y salieron con cuentas oscuras? Así, la palabra fue el primer acto de campaña.
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Hacia finales del siglo XX, donde “Sendero Luminoso” usó retórica mesiánica como “nuevo amanecer”, el Estado en la década de 1990 al 2000, ¿no usó retórica de “shock”? ¿“Mano dura, cero corrupción”?
Ambos llegaron por la palabra que prometía “romper con el anterior”, aunque en contextos distintos.
Así,
“Revisando la historia desde el siglo XIX, ha sido evidente el revanchismo cuando el poder estaba en juego, donde los fantasmas del siglo pasado coordinaban encuentros. Yo no llego a fin de mes pero se siguen peleando batallas que ya nadie recuerda porque se las invoca, aunque eso sí, para poder obtener una curul.
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Así, mientras se arrancan los ojos por el pasado, el presente, ¿no se nos va de las manos por negligencia?
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En el libre ciudadano, ¿no radica la sensatez al cribar en democracia? ¿No son los más ilustrados, los más decentes, probos y honrados los autorizados a recomendar el denominado “buen gobierno”? ¿Se interesan de verdad por el prójimo?
Cuanto más cultivados sean los autores de la patria, más caliente por ella resultará estar mi cocina”
25.06.2026
11 Tamuz, 5786
HR

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