Sobre percepciones y formas

 


Sobre percepciones y formas


Leí en una pared: “No soy un mala persona...

Al dar mi opinión no intento ser pesimista ni herir a nadie. Solo digo las cosas como las veo y no me creo el dueño de la verdad. No soy de las personas que siempre quieren tener la razón. Es más, el 90 % de las veces deseo con todo mi corazón estar equivocado”


Quien duda de sí mismo ¿no dudará de los demás? ¿Cuándo la duda es provechosa?

¿Será “malo” todo aquel que exhibe las cosas como las ve? La verdad ¿se puede monopolizar?


“Tener la razón” en principio ¿no significa la propia certeza convincente?

Quien la tiene para sí mismo edificará nuevas aristas de entendimiento que mutarán ideas viejas por nuevas, como sucede con el follaje durante la llegada del otoño.

Cada quien ¿no cultiva una razón para pensar y obrar? Serán la experiencia y el encuentro con “novedades fenomenológicas” los factores que harán de alguien sensato un ser “razonable”, es decir alguien que acepta el peldaño del entendimiento como una “obra en progreso”, siempre inacabada.

Porque mirar un paisaje desde un plano horizontal, ¿tendrá el mismo efecto en la comprensión que alcanzar a verlo desde la última rama de un árbol enorme o desde la cima de una colina?

La perspectiva de aquella mirada ¿no incide acaso en el entendimiento de lo aparente?

Desde una perspectiva supra-humana es posible afirmar que las percepciones sobre las formas se dan para establecer mentalmente un cosmos (orden) universal que sitúa al hombre-materia en el espacio-tiempo como un ente consciente de algo que le definirá permanentemente una realidad de las cosas.

Nada se concibe en el imaginario humano sin  la percepción de las formas y los fenómenos que excitan sus sentidos básicos perceptivos: visión, audición, habla, olfato y tacto.

El cosmos ¿no es por tanto la interpretación sensorial de cada individuo sobre la cual madura una primigenia opinión que se ajustará a un intento de verdad en la medida que se desarrollen dichas facultades perceptivas en función a su propia razón?

Si la visión sobre un objeto captura la atención de un infante, el oído sobre aquel lo conducirá al tacto, y mediante este al olfato que lleva a degustar aquella cosa que alcanza a manipular con sus pequeñas manos.

Los niños en etapa formativa trabajan la imaginación con toda información nueva circundante que alimente su creatividad. Los padres y sus primeros tutores los adoctrinan dentro de los cánones de su propia cultura. Son los primeros factores sociales que intervienen en la formación “horizontal” de aquella criatura.

El joven instruido en pensamiento crítico aprende a medita en la existencia, a “elevarse” en el cosmos, en la percepción de las formas y demás inquietudes metafísicas en pos del enriquecimiento de su nueva visión y manifestación de su propio entendimiento al hacer de aquella chispa ajena a sus facultades inquietantes un motivo a tratar. Y tratar para él, ¿no será someter todo asunto al estudio cuidadosamente meditado del “por qué” y el “para qué”?

El diálogo de dos personas adultas, ¿no es el encuentro de dos culturas formativas y consolidadas? Sus ideas exhibidas se cimientan en aquellos argumentos de fuerte arraigo cultural que defenderán como “verdad absoluta”, a menos que conozcan la virtud del ser razonable que produce la escuela del pensamiento crítico: aprender a escuchar y la bondad de la paciencia que produce el lento respirar.

“Los proverbios […] 

Para entender sabiduría y doctrina,

Para conocer razones prudentes,

Para recibir el consejo de prudencia,

Justicia, juicio y equidad;

Para dar sagacidad a los simples,

Y a los jóvenes inteligencia y cordura”

(Proverbios 1: 1-4)

Dialogar ¿no es un intercambio saludable de percepciones y formas?

Aquellos, lejos de defender como “verdad” una obra en progreso, enriquecerán por la razón o por un dicho revelado argumentos que, puestos a prueba, contribuyen a la felicidad, a la armonía de las diferencias complementarias y a la empresa de toda causa que buscará sostener la vida para hacer del cosmos un lugar que contribuya a una existencia de provecho mutuo y con propósito.

Quizás por ello,

“Soy una persona que opina para intentar la mutua compresión que edifica. Digo las cosas como las veo y creo ser el dueño de una relativa verdad en el amanecer de mi comprensión. No soy de las personas que siempre quiere tener la razón porque mi razón es follaje mutable durante los otoños de mi corta vida. Es más, el 90 % de las veces deseo con todo mi corazón estar avanzando en este camino enriquecido por otros que intentan buscar respuestas como yo”.

La duda provechosa hace  posible el avance razonable de quien explora en el cosmos y en la realidad ajena un “por qué” y un “para qué”, consciente de que existen temas que se oculta a simple vista ante una primera percepción de formas.


Es así como el compartir impresiones inconscientes o consciente de las propias sensaciones captadas podrían darle sentido provechoso a la infinita rueda de la existencia bajo la luz de una sana convivencia.



01.01.25

1 Tevet 5785

HR

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