III. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre lo incomprensible de la verdad exacta



III. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre lo incomprensible de la verdad exacta

-“Singularidad” y “semejanza”. Me quedé pensando en estos conceptos propio de los elementos que componen el todo percibido. Aquellos fenómenos únicos y específicos naturales con características propias que los distinguen de otros eventos hacen la pluralidad, la variedad, mientras que entre ellos a su vez hay semejanzas: guardan entre sí patrones e intereses comunes. La variedad compleja de las razas, nuestras costumbres, me hacen pensar en el factor de armonía que debería primar entre nuestros valores e intereses. Pero no es el caso. La singularidad y la semejanza no parece tener importancia en las actuales narrativas sobre buen convivio.

-¿Ha percibido usted qué de común tienen todos los elementos finitos, Herr Luis?

-Características y condiciones propias entre sí, claro está.

-Véalo en conjunto, desde una perspectiva siempre mayor, desde la altura. ¿Observa usted las características de un valle de igual forma desde la cima de una montaña que desde las orillas de un río?

-No. Desde la cima de una montaña el panorama es mucho más amplio. Percibo el valle completo. Desde las orillas de un río puedo percibir los detalles y la belleza de aquel valle.

-Observe entonces que, desde la perspectiva panorámica, la ilusión de las cosas percibidas no es la misma que aquella asomada en detalle, llámelo usted fragancia, colores y formas.

-Sin duda.

-Por tanto, ¿puede entonces percibir qué de común tienen todos los elementos finitos?

-La diversidad en el que se hacen conjunto.

-Descríbalo desde la cima de una montaña.

-El pueblo entero y su extensión, los pinos y eucaliptos que lo rodean desde las montañas que lo circundan, la extensión y sinuosidad de los caminos que lo atraviesan, las personas que dentro de ella circulan. Veo la iglesia y la plaza mayor alrededor de una pileta. Veo el puente que permite el cruce de aquel río que divide en dos al pueblo, el río que le da forma al valle. También puedo percibir el cielo azul y las nubes coposas que lo enmarcan en una estampa rural de belleza panorámica.

-Excelente. Descienda usted y describa ahora el conjunto de lo que percibe sentado en medio de una roca, a orillas de aquel río.

-La música de las piedras que armonizan con las aguas caudalosas de aquel cristalino río. Las sombras de las montañas y el breve arco solar entre ellas… muchas flores, fragancias múltiples que se confunden, el coro de hojas entre los pinos y los viejos eucaliptos que armonizan con el viento, abejas y peces, cada quien en su hábitat…

-¿Diría usted que, desde la cima de la montaña, aquella descripción panorámica está inscrita en algo? De acuerdo al confín de vuestra visión, ¿Dónde la inscribiría?

-Dentro de una esfera, sin duda. La percepción de mi visión es panorámicamente esférica.

-Va usted por buen camino. Por tanto, el conjunto panorámico inscrito en una aparente e imaginaria esfera, ¿será el mismo desde la inscripción esférica a orillas del río?

-Claro que no, porque desde el río percibo detalles. En cambio, desde la cima de la montaña tengo el concepto de todo.

-¿Desde dónde le sería a usted más acertada la comprensión de la singularidad de las personas en aquel pueblo?

-Desde la montaña podría deducir porqué aquellas personas son lo que son en conjunto. Hay algo que las hace semejantes: el entorno bello. Mientras que, desde el pueblo, desde las orillas del río y la plaza, puedo percibir la singularidad de cada una, desde la ropa colorida hasta la forma de hablar de cada una. ¡Vaya que así me es más fácil el comprender este asunto de singularidad y semejanza, Herr Rainer!

-Vayamos un poco más allá. Ambas percepciones suyas se dieron en dos diferentes instantes, en dos lugares. ¿Cuál inscribe a cuál?

-La percepción panorámica inscribe a la percepción a orillas del río.

-Gut. Un conjunto de singularidades se hayan entonces inscritas en una mayor. ¿Diría usted que un conjunto inscribe a otro?

-Sin duda.

-Si los elementos fueran sólidos armónicos, como los sólidos platónicos, ¿cuál sería la sucesión inscrita? No se apresure a una respuesta. Tómese tiempo antes de hacer un comentario. Respire despacio, bitte.

Vino a mi memoria el diálogo de Timaeo, aquel discípulo de Sócrates describiendo el cosmos en forma armónica a través de las esferas celestiales. Si los elementos naturales se consideraran “sólidos armónicos”, basándome en el modelo histórico de Johannes Kepler y su obra Mysterium Cosmographicum de 1596, la sucesión de los sólidos platónicos inscritos, anidados entre las esferas de los planetas conocidos hasta entonces, sería mi mejor respuesta

-Entiendo, Herr Rainer, que la sucesión serían los sólidos vistos desde fuera hacia adentro. Es lo que recuerdo del Timaeo de Platón.

-Válida vuestra observación. Describa usted a estos sólidos en dicha sucesión, si puede recordarlos.

-Lo que recuerdo es lo siguiente.

Sobre una hoja blanca tomada sobre la mesa que nos separaba, y con auxilio de un lápiz, escribí lo siguiente:
Elementos (Tradición Platónica): 
-Tetraedro: Fuego (la forma más aguda y móvil).
-Octaedro: Aire.
-Icosaedro: Agua.
-Cubo (Hexaedro): Tierra (la forma más estable).
-Dodecaedro: El Universo o el Éter (la "quintaesencia"). 

-Maravilloso. Trace usted la correspondencia planetaria, según Kepler.

Escribí lo siguiente:
Desde el límite exterior del sistema (Saturno) hasta el centro (Mercurio), los sólidos se inscriben en este orden específico: 
-Cubo (Hexaedro): Entre Saturno y Júpiter.
-Tetraedro: Entre Júpiter y Marte.
-Dodecaedro: Entre Marte y la Tierra.
-Icosaedro: Entre la Tierra y Venus.
-Octaedro: Entre Venus y Mercurio. 

-Muchas gracias, Herr Luis. Kepler, quien propuso que este orden geométrico dictaba las distancias relativas de las órbitas planetarias, ¿qué pretendía demostrar?

-Que el universo fue diseñado bajo una "armonía geométrica" divina.

-Note usted: diseño. Pero hay algo que está obviando. Esta sucesión de sólidos imaginariamente hablando, ¿Están inscritas?

-Claro que sí, inscritas en una esfera.

-Por tanto, los elementos de vuestra percepción en el valle y en la cima de la montaña ¿en qué figura estarían inscritas? Haga usted la sucesión.

-Mi percepción desde el río está inscrita dentro de una esfera mayor: la percibida desde la cima de la montaña. ¡Una esfera mayor percibe una menor “de fuera para dentro”! Ya lo veo.

-Dígame, ¿eso es todo?

Guardando un silencio meditativo, dije con resolución:

-No. Si pudiera elevarme, la montaña y el pueblo serían elementos de otra esfera de percepción.

-Maravilloso. Siga usted, bitte. Elévese.

-En ascenso continuo, el pueblo aquel sería elemento con otros pueblos, otros valles. Luego, el territorio que los abarca serían elementos con otros territorios de diferenciada geografía. Veo ahora accidentes geográficos, relieves, ríos, mares, todos ellos conjunto de un gran continente. Después percibo continentes y océanos, formación de nubes, todo ellos conjuntos de un hermoso planeta azul que no está solo: lo circunnavega un satélite plateado, un espejo que le da sentido a la noche. Y estos, hacen conjunto con otros planetas distantes, todos circunnavegando alrededor de una estrella gigante llamada sol…

-Y aquel sistema solar, conjunto de otros sistemas, ¿cómo se denomina?

-Galaxias, y este conjunto de infinitas galaxias en apariencias, porque no alcanzo a contarlas, conjunto de tantas otras…

-Esferas que contienen esferas, Herr Luis. ¿Hay límite para esta sucesión de elementos inscritos?

Me tomó tiempo despertar para dar una respuesta al señor Rainer, porque mi “levitación” continuaba en ascenso al instante que escuché algo de mi instructor sin prestarle atención.

-Por favor, repítame la pregunta.

-Kein Problem. ¿Qué límite le pone usted a esta sucesión de elementos inscritos?

-Imposible saberlo. El infinito.

-Muy bien. Ha sido evidente que, por sí mismo, no hay proporción de lo infinito a lo finito, ¿verdad? Medimos y contamos los elementos, mas no así con el conjunto omniabarcante que por error denominamos “universo”.

-Lo infinito no puede ser proporcional. Si lo son sus elementos.

-Buen. Nos resulta sumamente claro también, “por lo mismo, que donde se encuentra algo que excede y algo que es excedido, no se llega al máximo absoluto, siendo como son, tanto las cosas que exceden como las que son excedidas, finitas, y el máximo, en cuanto tal, necesariamente infinito”. ¿Le resulta familiar esta cita?

-Cusa: De Docta Ignorancia.

-Muy bien. ¿Cómo la comprende?

-El concepto de infinito es percibido desde sus elementos finitos.

-Ejemplifíquelo, bitte.

-Me elevé a pedido suyo hasta el conjunto de las galaxias desde mi piedra a orillas del río. Durante cada ascenso percibí una sucesión de esferas de singularidad y semejanzas. Cuando mi visión limitada no me lo permitió, deduje que existe algo que todo lo abarca, porque la estrechez de mi mirada imaginó aquella espera omniabarcante de la que no puedo imaginar nada más que la idea de plenitud absoluta.

-Buen viaje el suyo, Herr Luis. Sin duda, usted ha realizado el mismo viaje que Johannes Kepler hiciera de seguro desde su gabinete de observatorio celestial. Antes que un recinto y un telescopio, como el de Ticho Brae, un gabinete “mental”, ¿no lo cree?

-Sin duda alguna. La mente no tiene límites en el corsé de la imaginación.

-Dice usted bien: corsé que limita y delimita. Dada, pues, cualquier cosa, que no sea el mismo máximo absoluto, es evidente que es dable que existirá siempre una mayor. Piense ahora en esto: 
“Y puesto que hallamos una igualdad gradual, de tal modo que una cosa es más igual a una determinada que a otra, según conveniencia y diferencia genérica, específica, influyente según el lugar y el tiempo y otras semejantes, es manifiesto que no pueden hallarse dos o varias cosas tan semejantes e iguales que no sea posible hallar posteriormente un número infinito de otras más semejantes”.

-La singularidad tiene su razón de ser en esa sentencia cusaniana, Herr Rainer.

-“De ahí que siempre permanecerán diferentes, por muy iguales que sean, la medida y lo medido”.

Me asombraba la manera cómo el señor Rainer demostraba una gran memoria al citar a Cusa en la versión castellana que me era familiar. Desde el ejemplo de las esferas que se suceden hasta el hilo conductor con la obra de Nicolás de Cusa, todo era armonía inteligible. Dicho esto, me alcanzó el viejo diccionario etimológico de palabras castellanas. Era de adivinar que en ese instante me solicitara una nueva búsqueda.

-Busque usted, bitte, “quididad”

Quididad (latín quidditas). - Término filosófico medieval, popularizado por Santo Tomás de Aquino. La esencia o naturaleza fundamental de algo, es decir, "aquello por lo que una cosa es lo que es" y no otra cosa diferente. Responde a la pregunta "¿Qué es?" (Quid est?). Ligada estrechamente al concepto de forma, que determina la materia, y contrapuesta a los accidentes (cualidades que una cosa puede tener o no tener sin dejar de ser lo que es). Conceptos Clave: Esencia. - La quididad define la esencia de un ser, lo que lo hace pertenecer a un género o especie particular, como "animal racional" para el ser humano. Distinción Esencia-Existencia. - En la filosofía tomista, la quididad (esencia) se distingue de la existencia (el acto de ser) en los seres finitos. En Dios, esencia y existencia son idénticas. Origen. - Deriva del pronombre interrogativo latino quid (qué), se usa para traducir la expresión aristotélica tó tí en einai (lo que era ser). Sinónimos. - Esencia, forma, naturaleza, "lo que es". Quididad, por tanto, es el "qué" de una cosa, su definición intrínseca y constitutiva, aquello que la hace ser aquella cosa específica y no otra, en contraste con sus características externas o accidentales.

-¿Ve usted aquí alguna razón acerca de la singularidad en los elementos del Todo?

-Claro que sí. El afán de querer conocer la esencia de las cosas. La naturaleza diferenciada de los elementos que cohabitan en armonía desde nuestra limitada percepción.

-La sempiterna pregunta de los niños, Herr Luis. Los primeros y verdaderos filósofos que encuentran satisfacción en las respuestas que el devenir les devela porque persiguen incansables aquellas respuestas.

-Sin duda. Incansables son.

-“Así, pues, el entendimiento finito no puede entender con exactitud la verdad de las cosas mediante la semejanza”

-Claro para mí ahora. Cusa afirma que la verdad no está sujeta a más o a menos, en algo que se intenta hacer indivisible, porque es imposible medir con exactitud ninguna cosa que no sea ella misma lo evidentemente verdadero.

-Como vuestra experiencia de percepción panorámica y posteriores conclusiones. ¿Qué me puede decir entonces del círculo?

-Tampoco al círculo omniabarcante porque es indivisible

-Por tanto, el entendimiento aquí ¿es la verdad absoluta?

-Imposible, porque no comprende la verdad con exactitud.

-Note usted, sin que tampoco pueda comprenderla, aunque se dirija hacia la verdad mediante un esfuerzo progresivo infinito, como ha pretendido ser en su caso de levitación imaginaria. ¿Ocurre esto con el polígono con respecto al círculo?

-Un polígono inscrito, según Cusa, “sería tanto más similar al círculo cuanto que, siendo inscrito, tuviera un mayor número de ángulos, aunque, sin embargo, nunca sería igual”

-Aun cuando los ángulos de aquel polígono se multiplicaran hasta el infinito, Herr Luis, salvo que se resuelva en una identidad con el círculo. 

-Sin duda. Un polígono inscrito en un círculo es elemento de aquel. Los arcos inscritos dentro de él en apariencia se harán círculo.

-¿Cuándo?

-En el infinito.

-¿Hay percepción de tiempo en el origen de todo?

-No. Desde mi perspectiva panorámica digo “en el infinito” para no decir “nunca” en mi condición de elemento pensante.

-Por tanto, ¿es posible deducir lo incognoscible desde la orilla de un río o desde la cima de una montaña?

-Es evidente, pues, que nosotros sabemos nada acerca de lo verdadero, solo lo que exactamente es lo incomprensible y que se relaciona de alguna forma con aquella verdad absoluta que perseguimos, con nuestro pobre entendimiento como posibilidad.

-¿Qué nos queda entonces, Herr Luis? ¿Recuerda lo leído en “quididad”?

-La quididad de las cosas, Herr Rainer, aquello que en palabras de Cusa “es la verdad de los entes”.

-Es en su pureza inalcanzable, intentado ser investigada por todos los filósofos del ayer, pero no ha sido hallada, en cuanto tal, por ninguno. 

-Sin duda alguna.

-Y cuanto más profundamente docto sea usted en esta ignorancia, tanto más estará cerca a la mismísima verdad, Herr Luis. Aquellos fenómenos únicos y específicos naturales con características propias que los distinguen de otros eventos hacen la pluralidad, la variedad, con semejanzas que guardan entre sí patrones e intereses comunes. Verá mejor usted el porqué de la variedad compleja de razas, costumbres, bajo el canon de armonía que prima en la naturaleza que debería ser los valores e intereses que persiguen los habitantes del pueblito que usted percibió desde la cima de la montaña. La singularidad y la semejanza tendrá una quididad, no para las actuales narrativas el buen convivio cuando usted mismo se haga más docto en vuestra propia ignorancia.


23.01.26
5 Shevat, 5786
LV

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