Sobre la autopercepción
Sobre la autopercepción
Leí en una pared: “¿Quién soy? ¿Soy lo que veo o lo que creo ser?” Me pregunté si la percepción es la realidad o solo una interpretación de ella. ¿Qué es la realidad, entonces?”
La introspección y la autoconciencia, complicadas de por sí, y el intento de comprenderlas, ¿pueden llevar a una sucesión de espejos superpuestos, en apariencia interminable?
Dice así quien lo testimonia: “Me veo en el espejo. Al verme, veo a alguien que se ve en un espejo y digo: ‘soy yo’. En ese instante, veo a alguien que se autodetermina mirándose en el espejo porque vio a alguien que se mira en el espejo. Y ambos ¿son mi reflejo cuando me autodetermino? Y sigo viéndome tres veces, cuatro y muchas veces más en una cadena de autodeterminación infinita de apariencia.
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Pauso y me veo al frente, mirando y pensando… Luego, ¿soy la realidad que piensa o la imagen reflejada? ¿Soy solo un pasivo veedor de lo que pienso?
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Apartando la vista, pregúntese entonces ¿quién es usted o quién cree ser? La pausa, ¿no permitirá descubrir cuál es el fin de algo? Al conocer el propósito, ¿tiene sentido aquel “algo”?
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El diseño ¿revela un propósito? Más allá de su funcionalidad, ¿cuál sería la razón trascendente de su naturaleza? Si un niño descubre un reloj de precisión abierto, exponiendo sus pequeñas piezas componentes, y viendo que cada una está diferenciada, ¿cabría preguntar para qué sirve el todo?
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La autodeterminación ¿no es un tema que cada quien deberá resolver para satisfacer algo llamado “sentido”? Al convencerse de que nuestras percepciones siempre están conectadas corporalmente hacia afuera, porque los sentidos sensoriales necesitan captar el entorno, ¿no revela una arquitectura diseñada para capturar información y procesarla en el cerebro?
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¿Será el darle un sentido al entorno el fin trascendente? Como suma de lo aprehendido desde la infancia o como nueva información que se pretende analizar, olvidando el todo de lo asimilado, ¿cuál es el mecanismo del proceso?
El desafío socrático propuesto: “Conócete a ti mismo” (en griego γνῶθι σεαυτόν, gnôthi seautón), aunque atribuida a Sócrates, quizás provenga de una inscripción en el templo de Delfos, en Grecia, inscrita en el frontón dedicado a Apolo, de posible autoría de Heráclito o Píndaro.
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Sócrates adoptó esta frase como una de sus máximas y la utilizó como punto de partida para su forma de interpretar al mundo. La nuestra ¿estará por ser descubierta? La tarea ¿no es acaso nuestra y de nadie más?
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Si el ser se auto percibe y pausa, ¿no sigue siendo el ser que piensa en sí mismo cuando pausa? ¿No es su mundo percibido producto de su razonar? Pero su razonar, ¿no es producto de actividad independiente denominada “vida”? ¿Cómo es que se sostiene esa vida que le permite auto percibirse?
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En el reloj de precisión, la cuerda activa resortes que impulsan movimiento sincronizado. Diseño, fabricación y experimentación al instante de dar cuerda, ¿no deviene en emular el pulso universal que lo ayudará a percibir la idea de “tiempo”? ¿Con qué propósito? La razón del reloj de precisión ¿no indica una tácita intencionalidad trascendente?
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Si el fin es dar la hora, ¿no es acaso aquel fin consecuente con el propósito? Luego, la consciencia de temporalidad revela una actividad humana particular en el breve lapso del arco solar denominado “día”: verse en el tiempo para organizar actividades.
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Pero esa actividad, ¿no es posible gracias a la energía impulsada que le permite aquello que entiende por “vida”? ¿Cuál es esa energía? ¿No es acaso el espíritu dentro de él quien permite su autónoma funcionalidad orgánica?
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En un ordenador programado, el “software” activa instrucciones electromagnéticas que impulsan respuestas lógicas sincronizadas en lenguaje binario. Diseño, fabricación y experimentación al instante de solicitar instrucciones, ¿no deviene en emular el raciocinio que lo ayudará a percibir la idea de “inteligencia”? ¿Con qué propósito? La razón del ordenador programado ¿no indica una tácita intencionalidad trascendente?
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Si el fin es obtener información, ¿no es acaso aquel fin consecuente con el propósito? Luego, la consciencia de obtener información revela una actividad humana particular en el breve lapso del arco solar denominado “día”: verse informado para organizar actividades basadas en decisiones.
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Pero dicha actividad, ¿no es posible gracias a la energía impulsada que le permite aquello que entiende por “vida”? ¿Cuál es esa energía? ¿No es acaso el espíritu dentro de él quien permite su autónoma funcionalidad orgánica?
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Del hebreo, la palabra para "espíritu" Rúaj (רוּחַ), significa “viento, aliento o aire”.
Del griego, la palabra Pnéuma (πνεῦμα), significa “soplo, viento o espíritu”.
Ambas, ¿no implican algo invisible y en movimiento?
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¿Es posible la actividad humana sin este natural impulso innato de todo ser vivo, emulado por los resortes del reloj de precisión y la energía eléctrica que hace funcional al ordenador?
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Si el cerebro como soporte orgánico del pensamiento cumple una función para un fin trascendente, ¿no será aquella la consciencia del vivir con sentido productivo el por qué de su diseño impulsado por “espíritu”? Al no verse solo sino en sociedad, ¿no será el propósito el vivir con sentido productivo colectivamente?
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Así,
“¿Quién soy? ¿Soy lo que veo o lo que creo ser? Al verme con sentido, creo ser quien vive con propósito, en el sentido de vivir para darle forma al entorno, lo que le dará sentido a mi vivir y al de otros. Por tanto, comprendo vivir el presente porque mañana he de vivir”.
12.01.26
23 Tevet, 5786
HR

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