Sobre igualdad y semejanza en los constructos obviados de la convivencia
-"Igualdad"... ¿es
posible concebir en sociedad condiciones de igualdad? Pienso que la "igualdad" proclamada desde la Revolución francesa es utópica, ya que para mí es imposible hablar en términos de igualdad donde nadie es igual aunque los derechos sean los mismos. Quizás
lo correcto sea hablar en términos de “parecido” o “semejanza”, porque somos "semejantes". El cosmos
diverso, sin embargo, armónico, a diferencia de la diversidad de opiniones y
pensamientos humanos, casi todos discordantes, aunque pretenden ser armónicos
sin conseguirlo. Me parece todo un reto conseguir la armonía desde el caos de
las diferencias, salvo se tomen en cuenta los puntos en común.
–Interesante
vuestra inquietud por la “concordia”, si a eso a lo que usted se refiere. Al hablar de
“igualdad” y “semejanza”, ¿hablamos de términos estrictamente iguales?
–Entiendo que no,
porque “igualdad” implica identidad estricta. Bajo un criterio definido dos
cosas son lo mismo.
–¿Podría
ilustrarlo?
–Claro que sí: 2+2=4.
En esta ecuación ambos miembros son equivalentes. Cuatro es la suma de dos y
dos, como dos y dos es 4: viene a ser lo mismo.
–Excelente. En
geometría constructiva, ¿cuándo dos segmentos son iguales?
–Lo son si ambos
coinciden punto por punto al superponerse.
–Muy bien. Por
tanto, la igualdad excluye toda diferencia relevante. ¿Es así?
–Tal cual.
–Desde
Aristóteles esta distinción resulta fundamental, Herr Luis. ¿No diría usted que
la igualdad pertenece al orden de lo cuantitativo? Y la semejanza, ¿no
pertenece acaso al orden de lo cualitativo o formal? Mientras que una se
comprueba por medida y comparación, la otra por las características, unas
evocativas de la otra. ¿Es así?
–Es correcto. Lo
recuerdo con este ejemplo: dos seres pueden ser semejantes en forma o función
sin ser iguales en esencia o existencia, como dos hojas de un árbol son
semejantes, pero ninguna es igual a otra.
–Acertado.
Leibniz expresó algo parecido en su llamado “principio de los indiscernibles”:
si dos cosas son absolutamente iguales en todos sus predicados, no son dos,
sino una sola.
–Vaya que sí.
–¿Qué es entonces
“semejanza”?
–La semejanza,
creo, indica proporción o correspondencia, no identidad estricta. Dos
triángulos son semejantes porque conservan los mismos ángulos, las mismas
relaciones de lados, pero no necesariamente el mismo tamaño. Un triángulo
equilátero de lado 4 es semejante a otro mayor de lado 8.
–Interesante. Por
tanto, ¿será correcto afirmar que igualdad es igual a “coincidencia”, mientras
que “semejanza” equivale a una relación estructural?
–Me parece correcto que así sea. Podríamos decir que la semejanza es, justamente, diferencia ordenada.
–Por tanto, la
semejanza presupone diferencia; la igualdad, en su sentido fuerte, la niega. De
allí la confusión, Herr Luis. Al homogeneizar lo distinto, borrar la
singularidad, suponer identidad donde solo hay analogía, la confusión de
“semejanza” con “igualdad”, ¿no deviene falsas equivalencias, extrapolaciones
indebidas, analogías abusivas?
–Sin duda.
–Por eso suele
decirse que la semejanza es el terreno propio del pensamiento analógico,
mientras que la igualdad es el ámbito del pensamiento demostrativo.
–Por tanto, es
razonable que no sean iguales, precisamente porque la semejanza necesita la
diferencia que la igualdad elimina, es decir, “todo lo igual es semejante, pero
no todo lo semejante es igual”.
–Pregunta usted
si es posible concebir en sociedad una especie de “igualdad de criterio”.
¿Habla realmente de igualdad estricta, o más bien de semejanza?
–Semejanza, sin
duda, porque cada individuo es particular e inimitable.
–Usted utilizó el
término “parecido”. Me pareció acertado.
–Gracias.
–Y la diversidad,
¿cómo es posible que armonice? ¿Es posible la armonía de dos cosas iguales?
–Entiendo que no.
La armonía es una relación ordenada entre elementos distintos que, sin perder
su diferencia, concurren en una unidad inteligible. No implica identidad ni
simple suma, sino proporción, ajuste y correspondencia.
–Intente decirlo
de un modo más sencillo, bitte.
Entregándome el
viejo diccionario etimológico de palabras castellanas, busqué bajo “armonía”.
El diccionario etimológico que hojeamos decía, en síntesis, algo como lo
siguiente:
“El término
griego harmonía (ἁρμονία) significa originalmente “ensamblaje”, “articulación”,
“unión bien ajustada”. No designa primero un estado emocional ni estético, sino
un modo de conexión. En Heráclito aparece una idea decisiva: “La armonía
invisible es superior a la visible”. Aquí la armonía no es ausencia de
conflicto, sino tensión equilibrada entre opuestos. La lira produce sonido
armónico no pese a la tensión de las cuerdas, sino gracias a ella. Armonía como
proporción. En la tradición pitagórica, la armonía se define como proporción
numérica: intervalos musicales, relaciones geométricas, orden del cosmos
(kósmos). No es casual que armonía, número y medida aparezcan unidos: la
armonía surge cuando las diferencias guardan una relación conmensurable. Aquí
la armonía no elimina la diversidad; la vuelve comprensible. Distinción clave:
armonía no es lo mismo que igualdad. La armonía no exige igualdad, sino
adecuación. Lo igual puede ser monótono. Lo armónico requiere: diferencia,
jerarquía, ritmo. Por eso, una armonía perfecta entre elementos idénticos sería
imposible: sin diferencia no hay relación, y sin relación no hay armonía.
Armonía en sentido ontológico y ético.- En Aristóteles, la armonía se aproxima
al concepto de justo medio (mesótes), no como promedio aritmético, sino como
proporción adecuada a la naturaleza de lo que es. En este plano: la armonía es
acuerdo entre partes y fin, coherencia entre forma, función y medida. En ética,
la vida armónica no es la vida sin tensiones, sino aquella donde las tensiones
no se destruyen entre sí, sino que se ordenan. Definición sintética.- Se podría definir la armonía como la unidad proporcional de lo diverso, en la
que las diferencias se conservan y se ordenan sin anularse. En una
formulación aún más condensada: armonía es diferencia reconciliada por la
medida”.
–Entonces, ¿no
será que lo diverso es condición para la armonía?
–Sin duda.
–La igualdad
excluye toda diferencia relevante. ¿Qué implica, por lo tanto, la conciliación
de los desacuerdos?
–Armonía. Esa
reconciliación por su justa medida.
–¿Por su justa
medida o por los puntos en común?
–¿No sería por
ambas?
–Véalo así.
¿Recuerda la Proposición I.1 de los Elementos de Euclides, la que vimos en
nuestra última conversación? ¿Cómo llegamos al triángulo equilátero?
–Por la
intersección de dos circunferencias cuyos respectivos centros eran los extremos
de una recta finita.
–Excelente. La
acción circular que las generó, ¿desde dónde fue concebida?
–Del centro de
cada circunferencia cuyos orígenes son los extremos de una recta definida.
–¿Qué importancia
considera usted que tiene aquí el “origen y centro generatriz" en cada punto de
la recta?
–Sin ellos, sin
partir de ellos, es imposible concebir una figura equilátera como lo es el
triángulo equilátero.
–Perfecto. Vea
usted. En la Proposición I.2 del Libro I de los Elementos, Euclides se
propuso demostrar algo que, a primera vista, parece simple pero que es
metodológicamente decisivo para toda la geometría constructiva. Euclides lo
enuncia, más o menos, de este modo:
“Dado un punto,
construir desde él un segmento rectilíneo igual a un segmento rectilíneo dado”.
–Lo recuerdo: una
construcción bastante elaborada para definir a la vez igualdad y semejanza.
–¿Qué considera
que está en juego en esta proposición?
–Euclides,
entiendo, no intentaba “medir” ni comparar longitudes numéricamente. Lo que
buscaba era mostrar que la igualdad de segmentos puede establecerse por pura
construcción geométrica.
–¿Y por qué cree
usted que Euclides se limita a esos recursos, regla sin graduar y compás,
dentro de su sistema, y a las nociones comunes previamente aceptadas?
–Para no reducir
la igualdad a un número, sino determinarla sin recurrir a una medición numérica
explícita.
–En otras
palabras, demostrar que una longitud puede ser trasladada de un lugar a otro
sin recurrir a números, preservando así el carácter estrictamente geométrico de
su método. ¿Es correcto?
–Así es.
–Bien, veamos
esto con un pequeño ejercicio. Tenga la bondad de graficar en una hoja lo que
le indico en este instante. Haga uso de aquella regleta de madera sin escalas y
el compás que tiene usted al frente. Vamos.
Preparando la hoja blanca y los instrumentos señalados, graficaba mientras el señor Rainer dictaba las “nociones comunes previamente aceptadas”:
1. Sea A el punto
dado y BR el segmento rectilíneo dado.
2. Colocar en el
punto A una recta igual a la recta BR.
3. Trazar la
recta AB y, a partir de allí, construir un triángulo equilátero (△AB),
haciendo de A y B centros de circunferencia.
4. Prolongar las
rectas del triángulo equilátero con puntos de inicio en A y B. El resultado serán las
rectas AE y BZ.
5. Con centro en
B y radio BR, trazar una circunferencia pequeña.
6. Llamar H al
punto de intersección adecuado en esa circunferencia y, con centro en △
(Delta) y radio △H, trazar una circunferencia mayor y
semejante a la primera.
Sustente ahora usted, bitte.
–Correcto. La
lectura del gráfico es la siguiente:
1. Tracé la recta
AB.
2. A partir de
allí construí un triángulo equilátero, siguiendo el procedimiento euclidiano de
hacer en A y B centros de circunferencias. La intersección de las
circunferencias se dio en el punto denominado Delta (△).
3. Prolongué las
rectas del triángulo equilátero que parten de A y B, para conseguir las rectas
AE y BZ.
4. Haciendo del
punto B centro de circunferencia de radio BR, describí un círculo.
5. Haciendo del
punto △ centro de circunferencia de radio △H, describí otro círculo, mayor y semejante al primero.
6.
Observaciones:
a. Las rectas BR y BH son
iguales por ser radios de la circunferencia pequeña de centro B.
b. Los segmentos
desde △ hasta sus puntos de intersección con la circunferencia mayor (como △H) son iguales, pues son
radios del mismo círculo.
c. Así, “las
cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí”. La acción
circular con centro en los orígenes hizo la igual.
-Acertada vuestra
demostración. ¿Qué le demuestra esta proposición?
–La demostración se apoya en la noción común de que “las cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí”, sin introducir ninguna medición externa.
–Magnífico. Diga
usted, en sentido filosófico y metodológico, la Proposición I.2, ¿por qué
considera usted que cumple una función fundacional? ¿Garantiza que la geometría
puede operar con igualdad de magnitudes sin aritmética?
–Claro que sí.
Solo utilicé los instrumentos básicos que necesariamente no son de precisión.
–Además, ¿se
percató que las longitudes no son entidades abstractas numéricas, sino
relaciones espaciales construibles? El conocimiento geométrico, en otras
palabras, ¿no se adquiere al producir figuras de manera racional, observando lo
que ya está dado?
–De acuerdo con
usted. Euclides sigue, así, el modo griego de entender el conocer: mostrar certezas de algo que puede ser replicado.
–Sin esta
proposición, ¿cree usted que sería posible copiar segmentos, comparar figuras,
avanzar hacia proposiciones más complejas como la construcción de triángulos,
paralelas o polígonos regulares?
–Imposible,
porque nuevamente se juega bajo la acción circular.
–Por tanto, la
Proposición I.2 no es un detalle técnico, sino que es una pieza estructural que
nos demuestra que la geometría aparece como un sistema muy riguroso, que puede
funcionar con sus propios principios sin apelar a nada externo.
–Sin duda
Euclides quiso demostrar que la igualdad geométrica no se presupone: se
construye. Y con ello estableció uno de los pilares del método
axiomático-deductivo que marcaría la historia del pensamiento científico
durante más de dos milenios.
–Acertada la
analogía construida. Por tanto, ¿cómo abordaría usted el problema de la discordia
humana? ¿En términos de “igualdad” o “semejanza”?
–Sin duda por
semejanza, porque somos diferentes unos con otros, pero nos asemejamos en
características y cualidades. Es imposible medirnos con una regla. Los seres humanos somos algo más que estadísticas y números reduccionistas.
–Y ¿qué papel
juega aquí el origen? ¿Hablaría usted de “puntos en común”?
–Ya veo, somos
especie pensante con semejantes necesidades y aspiraciones. Si la semejanza puede ser construida por acción circular, considerando este procedimiento como origen de
las figuras visibles y reales, ¿por qué no considerar nuestros orígenes comunes
para aspirar ideales semejantes?
–Muy acertada su
conclusión. Si una longitud pudo trazarse sin necesidad de números, el
conocimiento de unos para con otros demuestra que algo es posible si se
construyen principios considerando la semejanza de lo particular a través de la
igualdad de ciertos fundamentos que solemos dar por sentados, como esa figura
omni-abarcante que representa la acción circular en nuestras construcciones
geométricas. Pero conviene no olvidar sus límites: trasladar estas estructuras
geométricas al plano social corre el riesgo de naturalizar relaciones que son
históricas y conflictivas. La armonía en la polis no se produce con la misma
necesidad que un triángulo en Euclides; en la vida de las comunidades
intervienen poder, historia, instituciones, heridas y disputas que este pequeño
ejercicio no tematiza. La idea misma de “constructos obviados” —origen común,
valores intrínsecos, principios compartidos— requeriría un examen más crítico:
¿son realmente compartidos? ¿Quién define su contenido? ¿Qué ocurre cuando
hay desacuerdos profundos sobre esos valores?
–Replanteando, en
conclusión, mi duda, diría ahora que, si la igualdad y semejanza pueden ser concebidas en
figuras construidas por acción circular, -es decir, considerando sus orígenes-,
en sociedad la semejanza de unos para con otros nos permite practicar la
armonía a partir de aquellos constructos obviados que deben ser examinados con
cuidado: nuestros intrínsecos valores como la justicia, que no reclama igualdad
lisa y llana, sino equidad de condición. Convivir con el semejante no es una
utopía vacía, sino cuestión de intención y de acción concreta; pero sé también
que esa armonía no se dibuja con la misma facilidad que un triángulo, porque
atraviesa conflictos, poderes y desacuerdos sobre lo que cada uno de nosotros consideramos justo dentro de un concepto universal que todos aceptemos. ¡Muchas gracias Herr Rainer!
–Duerma
tranquilo, Herr Luis; no me debe nada.
06.01.26
17 Tevet,
5786
HR
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