La experiencia redentora de un ciego


Disquisiciones con Herr Rainer: La experiencia redentora de un ciego (Saulo de Tarso y la ceguera de los envidiosos, a propósito de las confesiones de Sapia, en Purgatorio XIII)

 -Al considerar el canto XIII de Purgatorio durante nuestra lectura comentada del viernes 29 de abril, leía yo, señor Rainer, en las palabras de la viuda de Saracini, Sapia Salvani, el mismo sentimiento que percibí en el tormento que experimentó durante tres largos días el arrepentido perseguidor de cristianos, ciego ahora, y suplicante del perdón divino. Aquel otrora perseguidor de cristianos se hallaba en algún lugar de la ciudad de Damasco, ciego, perplejo y muy constreñido, dentro de una habitación hacia donde fue conducido. ¿Quién diría que más tarde se convertiría en el más pequeño de todos los apóstoles…?

 

-Saulo de Tarso, el celoso fariseo joven, discípulo de Gamaliel, ¿no es quien fue cegado camino a Damasco con cartas del sanedrín para arrestar a cuanto individuo fuera hallado en “el camino”?

 

-El mismo que aguardaba contrito porque escuchó desde el cielo la voz que lo había cegado, a quien había estado persiguiendo con vehemencia, aquel que dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”, según lo registra Mateo 25:40.

 

-Advierto aquí que su analogía no deja de ser precisa. Hallada en la segunda grada, la terraza de los envidiosos en el Purgatorio, Sapia, después de narrar su historia a Dante, expresa un remordimiento similar.

 

-Déjeme recordar, ella se alegró cuando sus compatriotas sieneses, liderados por su sobrino Provenzano Salvani, a quien no menciona, perdieron ante los guelfos florentinos en la batalla de Colle Val d'Elsa.

 

-Así es, Herr Luis. Ella cita para esto un cuento popular italiano acerca de un “tonto mirlo” que celebra la primavera prematuramente como ejemplo de su propia tontedad, una autocrítica que la hace merecedora de padecer la purga divina en aquella grada donde moran los envidiosos. Pier Pettinaio, antes de morir en el año 1289, oró por el tránsito de su alma a través del Purgatorio, según Dante. Haga usted el favor de leer este episodio en Purgatorio XIII, 109-129.

 

Me indicaba con el índice derecho, en una ruma de libros sobre un estante, el lomo sobresaliente de un empaste de cuero que decía: “Dante Commedia”. La versión castellana que tenía al costado era la traducción en prosa de Manuel Aranda y Sanjuan.

Me ubiqué en la silla junto a la mesa donde nos alumbraba una vela sobre un candelero de bronce, la misma que formaba parte del recinto de la Villa Filomena al que el señor Rainer me había acostumbrado. Buscando con solemnidad aquel pulcro libro, llegué a Purgatorio XIII. Leí con cuidado acomodándome los marcos de mis lentes en un italiano forzado:

 

 

Savia non fui, avvegna che Sapìa

fossi chiamata, e fui de li altrui danni

più lieta assai che di ventura mia.                  111

 

E perché tu non creda ch'io t'inganni,

odi s'i' fui, com'io ti dico, folle,

già discendendo l'arco d'i miei anni.                 114

 

Eran li cittadin miei presso a Colle

in campo giunti co' loro avversari,

e io pregava Iddio di quel ch'e' volle.                117

 

Rotti fuor quivi e vòlti ne li amari

passi di fuga; e veggendo la caccia,

letizia presi a tutte altre dispari,                       120

 

tanto ch'io volsi in sù l'ardita faccia,

gridando a Dio: "Omai più non ti temo!",

come fé 'l merlo per poca bonaccia.                  123

 

Pace volli con Dio in su lo stremo

de la mia vita; e ancor non sarebbe

lo mio dover per penitenza scemo,                    126

 

se ciò non fosse, ch'a memoria m'ebbe

Pier Pettinaio in sue sante orazioni,

a cui di me per caritate increbbe.                      129

 

A continuación leí los versos 109 al 129 de la traducción en prosa de Manuel Aranda y Sanjuan:

 

No fui sabia, por más que me llamaran Sapia y me alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño, oye si fui tan necia como te digo. Descendía ya por la pendiente de mis años, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que Él quería. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento, que ningún otro puede igualársele. Mientras tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: Ahora ya no temo, como hizo el mirlo engañado en invierno por algunos días apacibles. Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó de mí, movido de su caridad.

 

Imaginé que recordaba, con esta experiencia de lectura paralela en la distancia del tiempo, el siglo de Dante. A medida que leía hacían eco en mí la ceguera de ese otro envidioso arrepentido que se lamentaba de haber actuado con impiedad contra sus adversarios de la fe en el Mesías redentor de Nazaret.

 

-Saulo, en cada una de sus conquistas sobre estos desdichados devotos, ¿no se regocijaba por su victoria y la derrota de la naciente congregación cristiana?

 

-Saulo creía sinceramente que obraba la voluntad divina. Vio nacer a la congregación cristiana del primer siglo en Jerusalén. Las referencias sobre él están a partir del capítulo 7 del libro bíblico de Hechos de los Apóstoles, escrito por Lucas, el evangelista, Hechos 7:58, específicamente.

 

-Por esta referencia sabemos que participó en la lapidación de uno de los primeros mártires del cristianismo, Esteban, y fomentó posteriormente la persecución despiadada contra todo aquel que se identificara con la iglesia de Jesucristo. Este erudito en la Ley, ciudadano romano y discípulo de Gamaliel, Saulo de Tarso.

 

-El mismo.

 

-Camino a arrestar a los miembros de la congregación de Damasco, Saulo, por gracia divina, es escogido mediante una condición redentora y purgatorial. Al parecer el designio lo señalaba desde la posición de este enemigo que ahora concentra su mirada de halcón en el espíritu y ya no en las formas ni las apariencias infundidas por el odio y el prejuicio carnal. La ceguera fue pertinente, ¿no lo cree usted?

 

-Estoy convencido de que sí. Se había ganado el temor y repudio de la naciente congregación. Era paradójico que el mejor enemigo fuera ahora un aliado por gracia.

 

-¿Quién había intermediado por él? El propio Esteban, su propia víctima, antes de morir clamó al cielo. Por favor.

 

Me indicó leer Hechos 7:60 y 8:1 en Torres Amat, la que tenía a mano esta vez.

 

Y poniéndose de rodillas, clamó en alta voz: ¡Señor, no les hagas cargo de este pecado! Y dicho esto durmió en el Señor. Saulo había consentido como los otros a la muerte de Esteban.

 

-La oración había llegado al cielo, y la expiación de Saulo se llevaba a cabo mediante una ceguera temporal, causada por aquel “Sol” que había amanecido sobre Damasco, el resucitado Jesucristo (la Luz del mundo).

 

-Asistí así en mis lecturas, Herr Rainer, al tránsito de un hombre dominado por el celo y la envidia, que fue redimido, humillado y transformado en un humilde apóstol que decidía ponerse al servicio de los goyim, como llaman los judíos a la gente de las naciones.

 

-Muy temida era en aquellos días la gran persecución que los fariseos, saduceos y escribas desataron contra los seguidores de Jesús de Nazaret. Estos líderes de opinión tenían fama de ser arrogantes y envidiosos debido a las obras de bien que Jesucristo y sus discípulos obsequiaban a las multitudes, hasta en día sábado. Dicha actitud inicua, ¿no la habían revelado también los sacerdotes principales?

 

-Ante Poncio Pilato, durante el juicio contra el Hijo del Hombre, claro que sí.

 

-Véalo usted en Juan 8:12 y Marcos 15:9,10.

 

Leí atento: “Y volviendo Jesús a hablar al pueblo, dijo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida.”

 

Pilatos les respondió, diciendo: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Porque sabía que los príncipes de los sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

 

Quedé asombrado por la actitud que descubrí en estos principales de Israel: envidia.

 

-Saulo, véalo usted, perseguía a la congregación cristiana ciego a la justicia divina, creyendo que defendía la ortodoxia cuando en realidad alimentaba el celo de una estructura decadente.

 

Concluyó Herr Rainer, acomodándose en su silla. Prosiguió:

 

-La envidia de los príncipes de los sacerdotes y el fanatismo de Saulo compartían la misma raíz: el pánico a perder el monopolio de la verdad y el control social ante una luz emergente que no lograban asimilar. Lea usted ahora Hechos 9:1,2.

 

Mas Saulo, que todavía no respiraba sino amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al príncipe de los sacerdotes, y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de esta profesión o escuela de Jesús.

 

-Corroboraba este proceder una advertencia dada por el propio Jesucristo, según leerá usted en Juan 16:2 y 3.

 

Os echarán de las sinagogas; y aun va a venir tiempo en que quien os matare, creerá hacer un obsequio a Dios. Y os tratarán de esta suerte, porque no conocen al Padre, ni a mí.

 

-Asombroso el cumplimiento.

 

-¿Cuál considera usted que era el designio de este cazador de cristianos?

 

-Al parecer, el plan divino consistía en cegar para un propósito a este vaso escogido al servicio de las naciones.

 

-Danke. Lea usted Hechos 9:2-9.

 

2 y le pidió cartas para Damasco, dirigidas a las sinagogas, para traer presos a Jerusalén a cuantos hombres y mujeres hallase de esta profesión o escuela de Jesús.

 

3 Caminando, pues, a Damasco, ya se acercaba a esta ciudad, cuando de repente le cercó de resplandor una luz del cielo.

 

4 Y cayendo en tierra asombrado oyó una voz que le decía: ¡Saulo, Saulo!, ¿por qué me persigues?

 

5 Y él respondió: ¿Quién eres tú, Señor? Y el Señor le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues: dura cosa es para ti el dar coces contra el aguijón.

 

6 El entonces, temblando y despavorido, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga?

 

7 Y el Señor le respondió: Levántate y entra en la ciudad, donde se te dirá lo que debes hacer. Los que venían acompañándole estaban asombrados, oyendo sonidos de voz, pero sin ver a nadie.

 

8 Se levantó Saulo de la tierra, y aunque tenía abiertos los ojos, nada veía. Por lo cual llevándole de la mano le metieron en Damasco.

 

9 Aquí se mantuvo tres días privado de la vista, y sin comer ni beber.

 

-El discípulo de Jesucristo, un tal Ananías, fue comisionado para hallarlo en su refugio de tormento.

 

-¡Como Dante halló a Sapia para contarle el esperanzador plan de Dios sobre su destino!

 

-Saulo, al recobrar la vista por causa del ruego de Ananías, transformó su mirada de perseguidor.

 

-Si usted no me lo indica no lo vería así.

 

-Poseía ahora Saulo la mirada del último de todos los apóstoles del Cristo. El discípulo de Gamaliel había muerto a los ojos de Ananías. Rogaba ahora con piedad. Sorprendido, el enviado le habló al desdichado fariseo sobre una misión que requería de su parte humildad y aprecio basados en el amor divino ágape (caritas).

 

-Después de aquella ceguera inducida, era imposible que no se doblegara.

 

-Como siervo humilde, sin rastros de soberbia, aceptó Saulo hacerse seguidor de quien lo hubo cegado y adoptó para sus nuevos hermanos en la fe un nombre que lo definía renovado: Pablo, que en latín denota "pequeño", el menor de los apóstoles en Cristo. Bitte, Hechos 9:17-19.

 

Leí con emoción:

17 Marchó, pues, Ananías, y entró en la casa, e imponiéndole las manos, le dijo: ¡Saulo, hermano mío!, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino que traías, me ha enviado para que recobres la vista, y quedes lleno del Espíritu Santo.

18 Al momento cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; y levantándose fue bautizado.

19 Y habiendo tomado después alimento, recobró sus fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos que habitaban en Damasco;

 

Ahora, bitte, 1 Corintios 15:9,10

9 siendo como soy el menor de los apóstoles, que ni merezco ser llamado apóstol, pues que perseguí la Iglesia de Dios.

 

10 Mas por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí; antes he trabajado más copiosamente que todos; pero no yo sino más bien la gracia de Dios que está conmigo.

 

-Sin duda, Jesucristo resucitado había cumplido su rol de Mesías con Saulo y con todos aquellos ciegos a quienes devolvió la vista durante su ministerio terrestre. ¡Lo veo con claridad!

 

-Bitte, Isaías 61:1,2

1 A este fin ha reposado sobre mí el espíritu del Señor; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado para hablar a los mansos y humildes, para curar a los de corazón contrito, y predicar la redención a los esclavos, y la libertad a los que están encarcelados;

 

2 para publicar el año de reconciliación con el Señor, o su jubileo, y el día de la venganza de nuestro Dios; para que yo consuele a todos los que lloran;

 

-Todo encaja como en un rompecabezas sin faltar pieza alguna. Sobre este uso figurado de ceguera en la Biblia, Herr Rainer, pude notar, gracias a la concordancia bíblica, que en ella se atribuye mucha más relevancia a la vista espiritual que a la carnal. Permítame compartir con usted a continuación algunas citas de dicha concordancia. En una ocasión en que Jesús curó a un ciego de nacimiento, aprovechó para señalar lo reprensibles que eran los fariseos, ya que aseguraban tener vista espiritual, pero voluntariamente rehusaban salir de su ceguera. Eran como aquellos que amaban la oscuridad más bien que aquellos que aprecian sinceramente la luz, ¡como en la alegoría de la caverna de Platón!

 

-Interesante.

 

-Leo del texto tomado también de Torres Amat:

 

Desplegando mi cuaderno de notas leí el listado preparado por mí:

 

De Juan 9:39-41

 

39 Y añadió Jesús: Yo vine a este mundo a ejercer un justo juicio, para que los que no ven, vean, y los que ven queden ciegos.

40 Oyeron esto algunos de los fariseos, que estaban con él, y le dijeron: Pues, ¿nosotros somos también ciegos?

41 Les respondió Jesús: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero por lo mismo que decís: Nosotros vemos, y os juzgáis muy instruidos, por eso vuestro pecado persevera en vosotros.

 

De Juan 3:19,20

19 Este juicio de condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, por cuanto sus obras eran malas.

20 Pues quien obra mal, aborrece la luz, y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras.

 

Cuando se dirigió a la congregación de Éfeso, el apóstol Pablo oró para que fueran “iluminados los ojos de su corazón”:

De Efesios 1:16,18

16 no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, acordándome de vosotros en mis oraciones,

18 iluminando los ojos de vuestro corazón, a fin de que sepáis cuál es la esperanza, o lo que debéis esperar, de su vocación, y cuáles las riquezas y la gloria de su herencia destinada para los santos,

 

Jesús señaló a Juan en su Revelación que los que profesan ser cristianos, pero no tienen conciencia de su necesidad espiritual, están ciegos y desnudos y no disciernen su condición lastimosa y tambaleante, como le ocurría a la congregación de Laodicea.

 

De Apocalipsis 3:18

18 Te aconsejo que compres de mí el oro afinado en el fuego, con que te hagas rico, y te vistas de ropas blancas, y no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio para que veas.

Así como el permanecer en oscuridad por un largo período de tiempo causaría ceguera, el apóstol Juan asemeja al cristiano que odia a su hermano a alguien que anda errante en una oscuridad que le ciega.

 

De 1 Juan 2:11

11 Mas el que aborrece a su hermano, en tinieblas está, y en tinieblas anda, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado.

 

Asimismo, Pedro advierte que el que no cultiva los frutos cristianos, el mayor de los cuales es el amor, está “ciego, y anda con la mano a tientas”.

De 2 Pedro 1:6-10

6 con la ciencia la templanza, con la templanza la paciencia, con la paciencia la piedad,

7 con la piedad el amor fraternal, y con el amor fraternal la caridad, o amor de Dios.

8 Porque si estas virtudes se hallan en vosotros, y van creciendo más y más, no quedará estéril y sin fruto el conocimiento que tenéis de nuestro Señor Jesucristo.

9 Mas quien no las tiene, está ciego, y anda con la mano a tientas, olvidando de qué manera fue lavado de sus antiguos delitos.

10 Por tanto, hermanos míos, esforzaos más y más y haced cuanto podáis para asegurar, o afirmar, vuestra vocación y elección por medio de las buenas obras; porque haciendo esto, no pecaréis jamás.

 

-La fuente de tal oscuridad y ceguera espiritual es revelada como aquel que se transforma en “ángel de luz”, “el dios de este siglo” y de la oscuridad, que ha cegado la mente de los incrédulos para que no disciernan las buenas nuevas acerca del Cristo:

 

De Lucas 22:53

53 Aunque cada día estaba con vosotros en el templo, nunca me habéis echado la mano; mas ésta es la hora vuestra y el poder de las tinieblas.

 

De 2 Corintios 4:4

4 para esos incrédulos cuyos entendimientos ha cegado el dios de este siglo, para que no les alumbre la luz de la buena nueva de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

 

De 2 Corintios 11:14,15

14 Y no es de extrañar, pues el mismo Satanás se transforma en ángel de luz.

15 Así no es mucho que sus ministros se transfiguren en ministros de justicia o de santidad; mas su paradero será conforme a sus obras.

***

-Comparta ahora sus conclusiones, Herr Luis.

 

-Tenía para mí sentido, por esta razón, que en la mente alegórica de Dante narrada en Purgatorio XIII, a propósito de la confesión de Sapia, había una relación de ceguera carnal con la envidia como proceso lustral.

 

-Y ¿cuál podría ser el efecto en el lector?

 

-La inevitable empatía dolorosa que motive a cualquier lector identificado en el espejo de este canto. La envidia es tan humana como divina la capacidad de poder reconocerla en nosotros mismos.

 

-Y lo comprende usted así por empatía gracias a la experiencia dolorosa de la sufriente Sapia, quien miraba con el espíritu dentro de aquellos ojos cosidos con alambres de hierro. ¿Es así?

 

-Exacto. Para mi lectura, es la ceguera espiritual que puede limpiar a toda alma poderosa e influyente del pecado de la envidia, como fueron las vidas soberbias de Sapia y Saulo, redimidos ambos por gracia y mediación para su propia salvación eterna.

 

-¿Podría también ser una propia ceguera transformadora? ¿Podría tratarse de la redención por ceguera de aquella actitud de mal que impide ver la virtud en el prójimo? ¿Es curable la tendencia de no soportar que otros posean lo que uno mismo no posee?

 

-Sin esta condición de “tormento purgatorial”, materializada en todo tipo de disciplina que experimentamos desde niños, se nos haría imposible el poder recibir la visión de una suerte de “halcón entrenado”.

 

-O la visión trascendente del águila, la mirada del hombre espiritual que está mejor identificado con una personalidad generosa que fundamenta esencia e identidad con el Ser infinito en el ágape, (en latín caritas): la personalidad descrita aquí en 1 Juan 4:8,9. Bitte.

 

Leí inmediatamente, siempre de Torres Amat:

 

8 Quien no tiene este amor, no conoce a Dios, puesto que Dios es todo caridad, o amor.

9 En esto se demostró la caridad de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que por él tengamos la vida.

 

-El apóstol Pablo, otrora Saulo de Tarso, aconseja con renovada mirada lo que usted leerá en Efesios 5:1,2.

 

1 Sed, pues, imitadores de Dios, como sois sus hijos muy queridos,

 

2 y proceded con amor hacia vuestros hermanos, a ejemplo de lo que Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a Dios en oblación y hostia de olor suavísimo.

 

-Un noble recorrido asistido por la razón en esta segunda terraza que lo induce a meditar en aquel proceso y en aquella generosa invitación que lo alejará para siempre de la envidia, Herr Luis.

 

-Saulo, los sacerdotes de Jerusalén y la desdichada Sapia —prosiguió Herr Rainer, apagando con los dedos la pavesa de la vela que empezaba a parpadear— padecieron la misma enfermedad del espíritu: la incapacidad de tolerar que el bienestar o la virtud florezcan fuera de sus propios feudos ideológicos o de su estatus social. La envidia, Herr Luis, mirada desde la tierra y despojada de sus vestiduras teológicas, no es otra cosa que el síntoma más perverso del individualismo enconado. Es el odio al progreso del otro, el deseo irracional de que el vecino caiga en el fango para que nuestra propia medianía parezca una cumbre.

 

Se reclinó en su silla de madera y fijó su mirada en el lomo del Paraíso que descansaba sobre la mesa.

 

-Usted se asombra de esa ceguera antigua, pero si traslada esta lección a nuestra realidad civil y a la política social contemporánea, verá que el diagnóstico sigue vigente. ¿Qué es una sociedad corroída por la envidia colectiva y el sectarismo sino un cuerpo social que prefiere el naufragio común antes que el éxito del adversario? Cuando las instituciones públicas o las facciones políticas actúan movidas por el rencor hacia el logro ajeno, las políticas de bienestar se destruyen. Se legisla desde la mezquindad, se boicotean los proyectos que benefician a las mayorías solo porque los propone el rival, y los ciudadanos terminan como los sieneses en Colle, o como Sapia, celebrando la ruina propia disfrazada de derrota enemiga. El castigo de esa ceguera civil es el aislamiento y el atraso material.

 

El señor Rainer golpeó suavemente la mesa con el índice, enfatizando cada palabra:

 

-Por eso, la verdadera experiencia redentora en el plano secular no requiere de un milagro en el camino a Damasco, Herr Luis, sino de una profunda transformación cultural y ciudadana. La política social más elevada, ¿no es aquella que logra curar la ceguera del prejuicio y de la competencia destructiva? Es pasar del celo que divide a la cooperación que construye; comprender que el bienestar del desfavorecido o el avance del conciudadano no resta valor a la existencia, sino que expande el horizonte común.

 

El viejo maestro sonrió de medio lado, uniendo las palmas de sus manos en un gesto de absoluta lucidez secular.

 

-Al final de esta comedia humana que llamamos historia, la madurez de una sociedad se medirá por su capacidad de superar la mezquindad del orden individual. Dante lo entendió al culminar su viaje en el último verso del Paraíso, cuando comprendió la fuerza máxima que rige el orden universal. Traslade usted esa visión mística al ordenamiento de las ciudades y leyes terrenales, y verá que la conclusión es idéntica, amigo mío: no habrá justicia, ni equidad, ni verdaderas polis, hasta que nuestras estructuras sociales dejen de ser movidas por el odio o la envidia del mercado y el poder, y comiencen a ser impulsadas por la solidaridad laica y el bien común... es decir, por ese amor cívico que moverá al sol y a las demás estrellas.

 

-Ciegos en ese sentido de negación y certeza de purgarnos de la envidia, como Sapia y Saulo, alcanzaríamos la cualidad más poderosa, dominante y benéfica, la que ha destruido imperios y doblegado almas envidiosas, Herr Rainer. Por la Luz perpetua se nos otorga a los lectores una renovada mirada, la facultad de vislumbrar la mejor versión de nosotros mismos, mediante el cultivo de la nueva personalidad por gracia. Las palabras finales del poema de Dante perdurarán en los que amamos su gran obra: "l'amor che move il sole e l'altre stelle", "el amor que mueve el sol y las demás estrellas" (Paraíso, XXXIII, 145).

 

Viernes, 02 de mayo, 2022

 

LS

  

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