Sobre la demagogia de los “obreros intelectuales”
Leí en una pared: “DESDE 1789 NOS GOBIERNAN CON LIBROS
Y NOS MATAN CON RAZÓN. QUE EL QUE TRABAJA ADMINISTRE SIN AMOS. SIN COMITÉ”.
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¿Cuál ha sido la genealogía del “obrero intelectual”?
Dicho personaje, ¿no se debe acaso a un “pueblo encantado”, sumido en el sueño y la indiferencia social, que delega su potencia en quien le ofrece la promesa de pensar por él?
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Aquella ceguera social que deposita credibilidad en falsos guías escondidos en ropajes de político sofista, ¿comparte responsabilidad con sus propios “guías”? El encantamiento, ¿no es siempre un acto de dos voluntades: la del hechicero que pronuncia el conjuro y la del oyente que renuncia a despertar?
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La figura del intelectual-dirigente, ¿nació en 1789? ¿No existía ya en el consejero del príncipe, el clérigo y el jurista?
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Lo que se funda en la Francia de 1789, ¿no es su soberanización? Dada la disolución de los cuerpos intermedios y la declaración de soberanía de la Nación, el letrado, ¿no dejó de legitimar al Rey para legitimar al “Pueblo”, ese ente abstracto que solo existe cuando es invocado en la tribuna?
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Los jacobinos, ¿no encarnan el primer caso histórico de “logócratas de la legitimidad”? Abogados y escritores pretendieron dirigir al Tercer Estado “por las vías de la razón y el progreso”. Su interés dejó de ser la tierra y el comercio para trastocarse en el discurso. Se autodefinieron como “las luminarias de La Nueva República”. No eran técnicos de la administración, sino ideólogos de la voluntad general.
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Este proyecto no colapsa accidentalmente en el Terror de 1793-1794. ¿La razón? Al pretender fundar la libertad mediante la coacción, el instrumento de la virtud se reveló como su propia negación; el Terror fue la consumación lógica de una razón que, sin mediaciones institucionales, no tolera el disenso porque lo interpreta como error o traición.
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Al concentrar el poder constituyente en el Comité de Salvación Pública, el instrumento devoró a sus propios agentes. Condorcet, Danton, Hébert y el propio Robespierre terminaron en la guillotina. El Terror, ¿no demostró el límite estructural e ineficaz de gobernar sólo con abstracciones morales, sin el lastre de la costumbre, sin el límite del cuerpo intermedio?
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Pese a la catástrofe, los jacobinos dejan una herencia que Karl Marx capitaliza críticamente medio siglo después. Primero, con la idea hegeliana de “dirección consciente de la historia”.
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Los jacobinos creían que la razón podía acelerar el progreso. Marx seculariza esa pretensión y la traslada del Estado al Partido y la funda en leyes materiales. La dialéctica marxista, ¿no deja de ser moral para volverse una técnica de lectura de la necesidad histórica?
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Veamos el ataque al privilegio. Los jacobinos, ¿no combatieron los privilegios feudales? Marx desplaza al adversario: combate los privilegios de la propiedad capitalista. Donde el jacobino veía un orden jurídico que corregir, Marx ve un sistema de producción que superar.
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Acerca del método de la Economía Política, advirtamos que Marx no inventa los rudimentos modernos de la economía. Acepta y asume la obra de Adam Smith y David Ricardo. Toma sus categorías centrales: valor-trabajo, acumulación y renta. Pero, ¿no las somete a crítica inmanente?
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Lo que para los clásicos ingleses era ley natural del mercado, para Marx ¿no es la anatomía del conflicto de clases? Das Kapital sería impensable sin La Riqueza de las Naciones y sin los Principios de Economía Política.
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En términos hegelianos, Marx realiza una Aufhebung de los jacobinos: los conserva, los niega y los eleva. Conserva la función de dirección consciente, niega su base idealista-jurídica y la sustituye por base material.
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Hay, sin embargo, una ruptura fundamental. Para los jacobinos el Estado era el fin: la República de la Virtud. Para Marx el Estado es un medio transitorio destinado a extinguirse. Esa diferencia, ¿no explica la deriva posterior, la del legislador jacobino al comisario y al planificador marxista, que administra el tránsito pero nunca entrega el poder porque la extinción se posterga indefinidamente?
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Ergo, 1789 institucionaliza al “obrero intelectual” como operador político del Tercer Estado. El Terror expone su primera crisis de legitimidad. Marx recicla esa figura quitándole el fundamento moral-racionalista y poniéndole fundamento económico-material.
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De ahí en adelante el intelectual ya no justifica a Dios o al Rey. Justifica sistemas de producción. Pero el vacío no está en la teoría, sino en una legitimidad que ya no arraiga en la experiencia inmediata del que trabaja. ¿Qué otra alternativa se erige? ¿No es acaso la tentación de huir de toda mediación conceptual, para caer en el mito inverso: el del hombre simple que, por no estar contaminado de libros, gobernaría con la sola linterna de la honradez?
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Quien así razona olvida que también el “mayordomo probo” necesita del verbo para traducir la confianza en mandato, y que su sola presencia ¿lo librará de ser capturado por los sofistas de turno, que ahora hablarán en su nombre? La salida no es negar la mediación, sino arraigarla en una sabiduría práctica que conoce el límite y desconfía de todo sistema que prometa el cielo en la tierra.
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El problema nunca fue el libro. ¿No lo fue su idolatría? Tampoco fue la razón, sino su soberbia.
Por estas razones,
“DESDE ANTAÑO, POR NUESTRA NEGLIGENCIA, PERMITIMOS QUE LAS TEORÍAS SE CONVIRTIERAN EN JAULAS. QUE LA ADMINISTRACIÓN PRUDENTE NOS DEVUELVA LA CERTEZA DE SABERNOS REPRESENTADOS SIN DEJAR DE ESTAR DESPIERTOS”.
23.07.26
09 AB, 5786
HR

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