Sobre la trascendencia del indeciso




Leí en una pared: “La indecisión es un verdugo, capaz de matar a la primera oportunidad”.
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La indecisión, ¿no es ausencia de certeza? ¿no es temor a equivocarse?
Sufre por aquel estado quien es indeciso de formación.

El origen quizás se remonte a la crianza y a los progenitores desamorados, a los intolerantes profesores o tal vez al celo de los hermanos abusadores en la carne.
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Es víctima en casi todas las circunstancias. También, los fracasos afectivos tienen raíz en esa incertidumbre, perplejidad y duda. 
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Un espíritu indeciso tiende a la soledad, porque percibe que carga heridas sin curar. Es verdad que algunas veces un indeciso busca defensa y justificación en la mentira por ese afán de aplacar la sed de autoestima y determinación ante otros.
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¿No conmueve la condición adversa de un indeciso? ¿No se conmovería un progenitor por un hijo adulto, enfermo de indecisión?
¿no merecen Luz y enmienda de otra oportunidad?
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Además de ser perjudicial, la indecisión es a la vez don por las consecuencias. Sin la perplejidad no se comprendería la verdad de las cosas, porque la luz se vislumbra al final de una larga búsqueda, gracias a un primer estado de indecisión que se resolverá en duda. Y por aquella duda, el sediento, ¿no se procurará certeza?
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El discípulo se instruirá en el marco de todas incomprensión.
Su sabio instructor trabajará paciente aquellas y las despejará como lo haría con el vidrio de una ventana empañada de rocío, mediante el recurso de la razón.
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El resultado: la benigna escuela que trasciende dudas a certezas, la indecisión en determinación: consecuencia que trae dicha, sentido de logro, satisfacción.

Paz, seguridad y sentido de gratitud para un discípulo dichoso, feliz, resuelto y valeroso ante cualquiera de sus futuras decisiones, durante el curso de una vida con propósito, coronada de gratitudes y satisfacciones.

03.02.19
28 Shevat, 5779
HR

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