Sobre las concesiones altruistas






Leí en una pared: “Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real un amor maduro exige un delicado equilibrio entre el dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo resulta ser tóxico”
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En los cuentos de hadas, ¿no se deja libertad de fantasía a lectores y cuentistas?

Cuando alguien es obsequiado sorpresivamente, sin nada a cambio, aquel mundo fantástico se difumina y deja ver por fin una sensible realidad (cuentistas y lectores despiertan anonadados durante esta experiencia).
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La madre amorosa y sensata, cuando da de lactar, obsequia ternura y cariño sin esperar de su cría nada a cambio. 
Se regocija cuando lo alimenta en caluroso abrazo: así, desde temprano está resuelta a inculcar cariño y atención permanente durante la larga empresa de veinte años, quizás, sin esperar de su retoño nada a cambio.
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Cualquier hijo agradecido espera retribuir con amor cuando medita en la vidas envejecidas que le obsequiaron vida sus limitados, queridos padres. 
Sin esperar nada a cambio ofrecen lo mejor de ellos, conscientes de que poco o mucho jamás igualará toda una vida que estuvo dedicada a su crianza: ellos, la obra de sus alfareros...
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Los complementos afectivos, ¿no buscan egoístas agradarse mutuamente porque esperan algo a cambio? 
Viven su propia fantasía: retribución, correspondencia, fidelidad, halago, honra... hasta que la edad y la vida les permiten cruzar la delgada línea entre el amor filial (que espera del amigo algo a cambio) y el amor agápico (que no espera nada a cambio).
En el umbral de esa dichosa unión se obsequian unos a otros respeto, actitud jovial, cariño... ¡y sin esperar nada a cambio!
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Quien comparte liberalmente su propia vida, ¿no es acaso feliz? ¡Y cómo no! no espera retribución.
El pago que recibe es don inesperado: sorpresa y gratitud para un espíritu de bien en la realidad 

y no en la fantasía del reinado de las hadas donde todo lo que se hace espera algo a cambio...

20.02.2019
15 Adar, 5779
HR

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