Sobre el conocimiento de unos y otros




Leí en una pared: “Con el tiempo aprendí que nunca se termina de conocer a las personas, unas te sorprenden, otras te decepcionan”.
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¿Es posible conocer cabalmente a alguien?

Es posible tener una remota idea de alguien, sin llegar a conocerla cabalmente, pero quizás más profundamente en estos casos: cuando fallece y cuando salva una vida. También durante la dichosa vejez.
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Cuando fallece deja un libro culminado: un epílogo de lo que fue, y en base a ese epílogo se escribe un epitafio.
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Cuando salva la vida, la deuda es impagable: el pago convenido es el favor inmerecido y el agradecimiento merecido por el acto de arriesgar vida por vida.
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Durante la dichosa vejez, el amor filial transformado en ágape hace posible comprender intenciones y actos altruistas bajo el convencimiento pleno de quiénes son ahora. Ambos ya no son dos: ahora viven como “una sola carne”.
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Para conocer a alguien, valdrá la pena preguntarse: “¿me conozco a mi mismo?” 
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La respuesta, en directa proporción, dará o no a conocer quién es mi prójimo, porque cada quien tiene una correspondencia afectiva y amical, no por la apariencia, sino por la esencia: lo que uno en realidad ES (lo que no demuestra en juventud), y lo que finalmente atrae para sí.

Aquella revelación y certeza suele suceder hacia el final del breve curso de sus vidas, en aquel otoño...

27.02.19
22 Adar, 5779
HR

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