I. De lo particular a lo general: el ser contracto y expandido



I. De lo particular a lo general: el ser contracto y expandido

- “En la multiplicidad de ideas se halla el conocimiento”. Estoy convencido, Herr Rainer, que, de la abundancia del consejo, cribado y cuidadosamente seleccionado, es posible concebir una idea aproximada del mundo y los fenómenos que hay en el mundo de un modo más acertado, advirtiendo que no todos los pensadores en el tiempo se han puesto de acuerdo, porque cada quien “tiró para su molino”. El problema es la posterior confusión cuando no se tiene un método de estudio.

- ¿Me habla usted, Herr Luis del océano “ad infinitum” que recoge la humanidad en bibliotecas y sendos tratados sapiensales?

- Así es. La vida quedará corta para aprovechar siquiera el uno por ciento de tanta vastedad.

- ¿Y por qué vivir para perder de esta forma el tiempo? Cuando usted se alimenta, vive la experiencia de aquellos sabores y se hace un juicio personal de aquel preparado, ¿no es verdad?

- Por supuesto.

- Y se hace un juicio de vuestro anfitrión, ¿no es verdad?

- Tal cual.

- ¿Qué me podría usted decir de su anfitrión si usted quedó satisfecho y encantado por aquellos ricos sabores en vuestro paladar?

- Que es un magnifico cocinero y un buen amigo, porque le dedicó tiempo, esfuerzo, y porqué no: cariño a toda su intención de ser feliz por compartir con lo mejor que tenía a mano.

- Gut. Dígame usted, ¿cómo es posible que usted haya llegado a esta conclusión por haber experimentado la degustación de tan solo un plato?

- Es el conjunto de toda aquella experiencia, Herr Rainer. Si quedo satisfecho por provenir aquella invitación de un buen amigo o amiga, o por la recomendación de un buen restaurante, mi felicidad se hará evidente al punto de querer recomendarla a otros.

- Entonces, ¿haría usted todo eso por el degustar de un solo plato? Muy interesante el resultado.

- Una muestra me bastaría para llegar a esa conclusión. Claro que en el tiempo mi juicio podría ser otro si descubro que no es el caso de todos los platos que aquella persona prepara. Creo que la experiencia  no sería la misma. Quizás descubra que tiene cierta especialidad por uno y no por todos.

- Magnifica conclusión. Por tanto, ¿será suficiente una sola recomendación para tener una certeza temporal por una sola experiencia ajena?

- Por supuesto que no. Pero mi entusiasmo por ese solo me llevará al querer probar, a degustar de otros, es decir a la experiencia variada para poder a quien yo quiera recomendar con algo de autoridad.

- Sin lugar a dudas. El poder del entusiasmo calará hondo en la curiosidad y fantasía de quien lo escuche cuando algo a usted lo ha impactado. Dígame, bitte, y cuando una insólita y curiosa idea, como aquellas que usted descubre entre los anaqueles de las polvorientas y amadas bibliotecas, cala hondo en usted, ¿sucederá lo mismo con vuestra experiencia de querer con entusiasmo recomendar?

- Ya lo creo. Eso me suele ocurrir con frecuencia. Por ejemplo, cuando descubrí la fenomenología de Brentano en la metafísica de Aristóteles, había asuntos que ya estaban en mí mucho antes que los leyera en los libros referenciales. Hubo felices coincidencias que me llevaron a querer ahondar más en biografía y síntesis de pensamiento…

- Sin desacreditar a los antecesores del pensamiento ordenado y propuesto, ¿qué me dice usted de cómo se concibieron esos eslabones que usted mismo descubrió en vuestras lecturas?

- Sin duda alguna, los métodos que se suceden en el tiempo van perfeccionándose sobre la base del anterior, hasta alcanzar niveles incomprensibles porque las contradicciones e ideas en oposición tienden en mi caso a la confusión.

- Entonces hablamos de una gran multitud de "charlas sobre culinaria" con platillos ajenos a vuestro paladar. ¿Es eso, Herr Luis?

- Vaya que si, algo por el estilo.

- Hablar de “gotas de aguas dispersas que hacen un océano” ¿producirá en nuestro imaginario el efecto de esta otra idea: “una gota de agua”? Piénselo sin prisa, bitte.

Al cabo de un silencio profundo de mi parte, con alargada respiración silenciosa, dije:

- No lo creo. Una apunta a lo particular, a un elemento. La otra a un conjunto más amplio del mismo elemento.

- Excelente. Uniendo ambas ideas en una sola tendríamos: “Una sola gota de agua, sumada a otra y a tantas otras hacen el entero océano”. Un tercer elemento ideal se añade ahora: “Una sola gota de agua, sumada a otra y a tantas otras hacen el entero océano, impelido por los vientos del sur”. ¿Qué me dice usted ahora?

- Se está componiendo toda una idea, un cuadro mental.

- Contemplar el océano, ¿no es acaso vivir la experiencia de sentir la idea de “inmensidad”? Aquello que se extiende hacia el horizonte de la mirada, allá donde parece abrazar el océano al mismísimo cielo, allá, donde la brisa del atardecer que trae hacia nuestro olfato los típicos olores marinos de gaviotas, especies marinas varadas y secas por el sol en las playas y el verdor de palmeras que llegan al olfato como una suerte de fragancia y dátiles, allá donde los multicolores del atardecer y del ocaso “que cederá su alfombra dorada a la alfombra plateada de una luna en creciente” pasadas las horas, determinan en nuestra mirada casi infinita una experiencia que deja de ser simplemente una categoría denominada “océano”, sino eso mismo: el significado de “inmensidad”, ¿qué le dicen?

- Lo estoy viendo.

- Agréguese aquí la composición contemplada de un cielo colorido que torna en expansión tachonada de luceros y estrellas a medida que transcurren los minutos que no son cuantificados por fuerza de prioridades; agréguese también todos los olores del atardecer y el ruido perpetuo de las olas que golpean la arena costeña para retroceder, arrastrando por la playa el sonido de especies vivas o muertas, piedras y tantos otros elementos, para volver a resonar como en la orquesta imaginaria de un compositor que creyó escuchar cellos, timbales y contrabajos, una y otra vez en continuo discurso musical. A todo este conjunto sensorial, enmárquelo usted en un recuerdo rotulado así: “atardecer en la playa” o “anochecer en la playa”. Queda así sellado el conjunto de toda la experiencia vivida durante aquel atardecer como una gratísima idea encerrada en aquella poética frase...

Herr Rainer, volviendo la mirada hacia un imaginario atardecer, decía esto en tono recitativo, pausado, y con la mirada cerrada hacia la oscuridad de su propio infinito.

- Aplaudo vuestra exposición impresionista, Herr Rainer.

- ¿Aplaude usted mi entusiasmo sin haberlo experimentado, o “degustado”, Herr Luis?

Me dijo esto volviendo el rostro inquisidor hacia mí, de soslayo, y con una leve sonrisa sarcástica.

- Me entusiasma la forma cómo lo ha pintado en mi mente.

- ¿Qué queda por hacer entonces para que mi relato sea en usted certeza temporal?

- Claro que sí, ¡vivir la experiencia!

- Dígame ahora usted, bitte, ¿quién piensa, en aquel instante de éxtasis contemplativo, en “una gota”, en el “soplo del sur”, en el “olor a dátil”, en el “ruido de golpe marina sobre la playa”? ¿Usted o alguien que lo haya escuchado?

- En aquel instante nadie. No pensé en eso cuando usted lo relataba. Yo veo un cuadro impresionista, un conjunto de experiencias sensoriales...

- Quizás sólo un niño inquisidor, Herr Luis, quizás y tan sólo un pequeñuelo curioso, cuyo padre inquietó al llegar a la orilla marina con esta idea: “Una sola gota de agua, sumada a otra y a tantas otras hacen el entero océano”. El niño no pensó en la inmensidad que el padre contempla y pretende recordar en poema o fotografía. El niño está prendido en una sola idea: en la de “una gota”. Y es desde estos orígenes desapercibidos y despreciados por adultos distraídos, cómo el hombre precoz y perspicaz aprende a tomar consciencia de un cosmos peculiar, muy suyo que lo rodea: a partir de lo particular antes que de lo general.

- Vaya que sí…

- Desde lo particular hasta lo general, la imaginación cargada de fantasía asimilada por sus propias y escasas vivencias, sumadas a los relatos de sus progenitores y abuelos, ya crearon un cosmos en su ideal, desde el germen de sus primeras concepciones apoyadas en experiencia empírica que se cierran a las largas explicaciones didácticas de sus progenitores por tan sólo un solo factor: incomprensión.

- Muy cierto. ¡La incomprensión es el final desgraciado de aquella carretera!

- Aquel mundo que gravita alrededor de “una gota” tendrá en él la más poderosa idea que lo acompañará por siempre si sus instructores no alanzan a desterrarla de su mente infante por el ejercicio y fuerza de adoctrinamiento. Es difícil que un niño renuncie a sus certezas primitivas porque tiene el mérito de ser suyas, amén la interpretación posterior que le den sobre la “realidad de las cosas” adultos cultivados con sus certezas ajenas a su experiencia sensorial y cognitivas, ¿no lo cree?

- Muy cierto. El niño es por naturaleza escéptico pero crédulo a la vez.

- Así es. Aquel pequeño descubrirá en sociedad con otros niños que, durante el juego de sus vidas coincidentes por circunstancia escolar o de barrio, conocerá alguna que otra afinidad de aptitudes e ideas en otros como el mismo Así es como surgen los primeros amigos, desde el juego, desde los primeros intercambios, desde la suma de fantasías y certezas primitivas que ambos exponen mientras juegan.

- Suscribo esto. Mis primeros amigos fueron los que quería unirse a mí porque deseaban jugar “a mi juego”...

Dije esto con profunda nostalgia.

- Sin duda. Uno le dice al otro, de pronto: “Una sola gota de agua, sumada a otra y a tantas otras hacen el entero océano”. El otro lo escucha con perplejidad, pero vivo interés, y no lo comprende, porque ha repetido una idea adulta que exige ser descifrada. Le dice con mirada interrogante: “¿Qué?” El otro le explica: “Mi papá me ha dicho que las gotas juntas se llaman océano” … el otro, impertérrito, apuntando “a lo particular” le pregunta: “¿qué es una gota?”. Llevándolo a un grifo y abriendo la llave un poco, recoge en la palma derecha de su mano algo de aquella agua que derramará con suavidad al piso: “estas son gotitas y esto es una gota”. Instintivamente su amiguito hará lo mismo sobre su palma derecha para vivir la misma experiencia, antes de derramarle en la cara lo que le queda en la mano y echarse a reír y correr con su amigo sorprendido y en persecución detrás de él.

- Muy cierto. Aprendemos jugando Herr Rainer… muy cierto.

- Al anochecer, el niño que aprendió a definir empíricamente el significado de “gota” le pregunta su padre en tono inquisidor: “papá, ¿qué es una gota?”. Impaciente y sin desprender la mirada del periódico, le dice: “vete a jugar”. El niño le obedece y se va al baño a jugar a las gotas sobre su mano, sin dejar la mirada en esa sucesión divertida.

-No tiene perdón la impaciencia. ¡No tiene perdón se impaciente!

- Evite juzgar, Herr Luis. Usted mismo es impaciente. Pero vea: el germen de aquella idea, sembrada en una mente precoz y fecunda, viaja en el espacio-tiempo desde un niño intuitivo hacia otro niño intuitivo; rebota en la incomprensión de padres y maestros intolerantes a medida que la idea crece con el niño donde la tierra es más fecunda. El juego se torna en conocimiento, en estudio gradual, en investigación durante la edad madura. La ciencia resulta ser un apoyo valioso para descomponer por el método aristotélico o cualesquier otro aquel elemento básico y particular que dará explicación fehaciente a lo general comprendido “in extenso”: tratados de física o proposiciones filosóficas acerca del origen del pensamiento. El viaje continuo hacia el infinito ¿no tuvo acaso un origen en la precocidad de una perspectiva infantil que creció con la perpetua inquietud germinal: “qué es una gota”?

- Así es Herr Professor. Comprendo ahora el valor de iniciar el viaje desde lo particular, de lo indivisible hacia la generalidad infinita. ¿Es así?

- Lo indivisible, ¿no radica acaso en la incomprensión por limitación, Herr Luis? Todo es divisible, en realidad, aunque imperceptible al ojo imperfecto, mas no al mirar perspicaz. Entonces, ¿es posible alcanzar la generalidad ontológica de un fenómeno o de una cosa comprendiendo su origen?

. Visto hasta acá como lo presenta, diría que sí.

- Un océano visto desde su composición molecular como “oxígeno sumado a dos moléculas de hidrógeno” ayudó a comprender al otrora niño inquisidor la fenomenología del ciclo del agua, el origen de los vientos tormentosos, la teleología de las lluvias, la razón de las fragancias que se suman al entorno donde vegetan, la sonoridad transfigurada en melodías, compases y armónicos en una propuesta sinfónica...

- Asombroso.

- El germen de la idea se abrió, aunque el padre que la cultivó ya no exista, salvo en el entrañable recuerdo de aquel hombre que mira con nostalgia aquel primer atardecer revelador. La semilla murió para dar lugar a una ramita que echó profunda raíz a medida que el tallo se extendía al cielo, engrosaba, extendía ramas con multitud de hojas verdes, entre cuyo follaje brotaban frutos por centenas, albergando cada uno no menos de tres semillas, cada una con un solo germen de vida: dispuestas a ser cultivadas en cada mente propicia como aquellas infantiles que se esparcen a la velocidad de la precocidad y curiosidad humana, curiosidad que permanece gracias a la capacidad de asombro de generación en generación "ad infinitum".

- Muy cierto. La curiosidad no tiene límites cuando la inquietud la alimenta.

- Sehr gut. La curiosidad es combustible en tanto la chispa de la inquietud la active. La voluntad cultivada en esta sed por saber a partir de vuestra experiencia en lo particular, Herr Luis, ¿qué efecto tendrá en usted sobre aquellas ideas aprehendidas de vuestros amados libros, ajenas a usted mismo?

- Bien lo explicó con la analogía de los alimentos. Puedo entusiasmarme por una buena recomendación que despierta en mí el deseo de probar. Solo así hablaré por mí mismo con argumentos convincentes y razones para que sea por otros degustada, más allá de agradecer porque fue acertada la recomendación.

- Magnífico. Entones usted, ¿tendría autoridad para hablar “a partir de alguien” y no “según alguien?

- Claro, es así como tendría que ser. Un empirismo cultivado por la propia “certeza temporal” como suele usted decir, durante el proceso de la propia idea comparada con los antecesores, con sus propuestas y postulados que no significan la plenitud de la verdad, sino interesantes y novedosos puntos de partida.

- Acertada vuestra conclusión Herr Luis. Fenómenos, cosas, seres que hacen posible la fenomenología y la teleología de todo lo percibido, son mejor asimiladas desde lo contracto u origen particular hacia lo expandido y vasto a la percepción, bajo ese follaje que da sombra y apunta a la luz que ilumina, dando sombra y alimentando a quienes se refugian al abrigo de su generoso y extenso follaje. ¿Podríamos, entonces, comprender mejor la razón de todo lo percibido?

- ¡Sin lugar a dudas!

- Bien. Empecemos, por tanto, con los orígenes de las ideas, Herr Luis. Trabaje la cuestión y compárela con las cosas ya escritas. Hay nuevas cosas que en lo particular usted vislumbrará como descubrimiento en el atardecer de aquella playa, vuestra playa, hasta el último lucero que desaparecerá hacia el fin de aquella madrugada de contemplación, al alba, hacia vuestra alba.

11.11.25

20 Jeshvan, 5786

LV

De las conversaciones con Herr Rainer: “De lo particular a lo general”

 

  

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