Sobre la ausencia y lo presente en el escribir


Sobre la ausencia y lo presente en el escribir
 

Leí en una pared: “No molestar. No estoy inspirado. Estoy vacío y no sé por dónde empezar”

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La impotencia del “no estar inspirado” ¿no ha negado a muchos la oportunidad de escribir confesiones prosadas o en verso?
 
"Sin comprender es imposible escribir", sentencia la excusa. ¿Es entonces una infructífera tarea, la de intentar escribir algo propio?
La emoción espiritual encuentra en la empatía de otro espíritu generoso el símil en el sentir. Existe un deseo de comunicar. Quizás por ello muchos proverbios o textos ajenos -especialmente versados- calan hondo en la emoción sin saber por qué.
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El sentir ajeno se fraterniza, por esta razón, en el acto de compartir y así se convierte en preciado regalo.
Es imposible leer la mente y el corazón ajenos, pero si es posible percibir lo propio conocido: la experiencia.
La Palabra sola tiene el poder de contenerlo todo, de manera que el oyente recoge lo que le pertenece y lo recrea dentro de su propia experiencia emotiva y existencial. El lector sensible tiene su lectura, su propio espíritu, su única y peculiar vida, y se apropia solo con aquello que es suyo.
En el quehacer del trabajo en verso, por ejemplo, mira el autor hacia el pasado que ha muerto: resulta ser “un presente de ausencia en estado de reflexión”. El presente ha muerto...es ahora la imagen de quien se mira en ese estado inerte, como una hoja de vida, la que vive.
"Mejor es el buen nombre que el buen ungüento, y el día de la muerte que el día del nacimiento"
(Eclesiastés 7:1, Las Américas)
Y las lecciones del presente de vida serán aquella nueva hoja de vida: el epitafio de todo aquello que se supo y se hizo.
La reflexión, por ser una herramienta en estado pasivo de contemplación interior, lo permite. El lector aprende a valorar la ausencia de lo que dejó de existir: lo que dejó, lo que ya no es... La ausencia de la fuente de aquel motivador primer amor.
La primera experiencia de vida resume así las emociones todas que inspiran la viva presencia en el recuerdo presente. La ausencia contribuye entonces a trascender hacia el camino del verdadero amor... La ausencia, combustible del cariño y la añoranza, de esa necesidad de posesión...
La presencia obvia ese cariño.
La muerte permite esa reflexión,
y la consecuencia de esa reflexión…
 
Luego, escribe.
 
18.10.18
HR
Foto: Ernest Hemingway

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