Sobre la privación del amor propio



Sobre la privación del amor propio

Leí en una pared: "El corazón ciego condena... ¡maldita infancia sin amor! Críalos sin amor y cosecharás caos".

 

¿Cuánto daño causa en los niños la falta de un afecto sincero? Privar a un hijo de un entorno seguro y cariñoso, ¿no tiene acaso consecuencias graves e impredecibles en su forma de relacionarse con la sociedad?

¿No es necesario, en la delicada tarea de sanar, el poder guiar a los padres para que bajo ningún motivo dejen de expresar afecto a sus hijos? ¿O ayudarles a aprender cómo darlo para devolverles el amor propio que les fue arrebatado? ¿Acaso no es indispensable ofrecer motivos poderosos a la voluntad cansada de esos padres para que decidan cambiar su actitud?

Sin un sentido equilibrado del valor personal, que es donde nace el amor propio, la dirección de nuestras emociones ¿no queda en manos de un impulso ciego a la hora de tomar las decisiones más importantes de la vida? ¿Y no es esto lo que provoca tantas rupturas y dolor en los hogares heridos?

Esta educación de la mente y del espíritu, ¿no podría ser el remedio más acertado para corregir actitudes y llenar de sabiduría a cualquier adulto que cargue con un pasado doloroso? Cuando se logra esto, la emoción que antes estaba herida y confusa, ¿no empieza a ser guiada por un pensamiento más claro y educado hacia el camino del amor propio?

Este proceso no se limita a ganar habilidades para el día a día. La capacidad de pensar de forma profunda, ¿no le otorgaría a la persona la facultad de entender y ver más allá de los hechos pasados y de las palabras que un día le dolieron? ¿No le ayudaría a comprender el porqué de los comportamientos, los gestos de los demás, y a controlar esos traumas de la infancia para que sean asimilados y dominados?

¿No contribuiría este cambio a construir una vida con un verdadero propósito? Quizás sea la llave para alcanzar una madurez y una felicidad duraderas.

Devolver el amor propio es el camino. Como fruto de ello, la persona que aprende a valorarse, ¿no elegirá mejor, apoyada en una razón saludable, el rumbo y el proyecto de su propia vida?

Así,

“La razón consciente libera... ¡bendita infancia con amor! Nútrelos con afecto y cosecharás felicidad y satisfacción”

Construido así el amor propio —es decir, el corazón guiado y protegido por un pensamiento maduro—, el encuentro con una pareja o un amigo con el que se comparta una verdadera afinidad, ¿no sería mucho más probable, consciente y acertado?


18.11.18
10 Kislev, 5779
HR

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