Sobre la trascendencia del amor propio






Sobre la trascendencia del amor propio


“El amor propio es principio y experiencia que ayuda a comprender el propósito y sustento de vida.
Por amor propio el ser vivo genera sensaciones de hambre, sed, la necesidad de mantenerse activo, el descanso para recuperar energías. La sensación de ser aceptado le enseña a convivir para lograr objetivos colectivos. Todos estos son procesos para el sostenimiento de vida.
Al observar la naturaleza de otros seres subordinados surge la pregunta: ¿Por qué inspiran aprecio y cariño las mascotas? Ellas se procuran alimento y el calor de sus dueños, inspiran en ellos acciones para su propia subsistencia. A cambio, ¿qué regalan? gracia y compañía. Silenciosos, viven y mueren leales al lado de sus amados cuidadores. En consecuencia se les quiere y se les corresponde de buena gana con lo que ellos necesitan, todos sus medios de supervivencia motivados por lo que son: objetos de amor a cambio de vida.
Del mismo modo, ¿por qué nos atraen la belleza, el perfume y el color de las flores en un jardín? Por su sencilla naturaleza y atributos que inspiran cuidados. Sus raíces requieren disolver nutrientes, luz solar y presencia humana para crecer y preservar otras vidas. En el tiempo galardonan a sus atentos cuidadores con belleza, perfume y alimentos: frutos en cantidades plenas. También sombra para el tiempo del estío cuando llegan a ser árboles. Y qué decir de la bondad de su madera, o del "perfume que el sándalo deja en el hacha que lo parte en dos", según observó un sabio del oriente.
Sin una necesidad de amor propio no se da la supervivencia. Pero el amor propio en el ser humano es inicio y rol trascendente, un reflejo de Quien los creó: el acto de corresponder el amor con sentido de gratitud y hechos generosos. Estas virtudes lo capacitan como administrador eficaz sobre la creación subordinada: el principio del “oikonomos”, del mayordomo, el amo de casa, del administrador, de donde deriva el verdadero sentido de la palabra “economía”.
Cuando los niños lloran por alimento o sueño, motivan en sus progenitores el deseo de sustentarlos sin escatimar sacrificios. Satisfacerlos es su misión. El trabajo de crianza es una forma de enseñanza gratuita de generosidad.
Siendo así la vida el mejor ejemplo de don adquirido, la supervivencia no es más que toda acción motivada para mantener vigente ese regalo. La misión consiste en sostener la vida sin afectar a otros procesos naturales que engendran vida y en especial a los congéneres. Así el dar se hace don porque cumple un noble objetivo. Quien recibe experimenta ese goce y aprende por el ejemplo y por un consecuente deseo de retribución.
Sin amor propio, por tanto, es imposible entender plenamente el propósito del amor que engendra y sostiene cuidadoso la vida. Quien recibe está motivado a dar, aprende la generosidad y así trasciende el propósito de vida. Si el dar tiene ese fin puede decirse que se ha cultivado en terreno excelente.
El fruto del dar garantizada además la supervivencia de la familia, que procura la subsistencia colectiva alrededor de esa hoguera que los cobija en unidad, llamada hogar. En el mutuo dar se corresponden afectos y fruto de ello son los hijos.
Alimentar, cobijar, enseñar, corregir son actos del dar. Quien recibe asimila para después aprender a dar.
Amor es la fuente del dar. La ausencia de este valor es la razón del infortunio y del drama humano. Quizás el desmedido dar, el dar egoísta o el no dar contribuyen a esta desgracia llamada enemistad, enfermedad y guerra. 
Aún así, mientras exista el correcto y educado sentido del dar, comprendiendo la razón y el sentido del amor propio, se alcanzará la armonía y la plena satisfacción del espíritu, que discernirá una razón de valía durante el tránsito breve o prolongado de su paso por la experiencia grata de vida”.
15.11.18
HR

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