Sobre la felicidad
Sobre la felicidad
Leí en una pared: "No te engañes. Ser feliz es ser utópico".
Quien lo afirma, ¿es feliz?
¿O acaso esa sentencia brota de una desesperación concreta -la de quien no encuentra trabajo, no llega a fin de mes, no tiene un techo donde resguardarse- y no solo de una melancolía filosófica? Porque la utopía, ¿no duele acaso de manera muy distinta cuando el cuerpo duele?
...
Aquella sensación grata y primera, descubierta en la infancia temprana, ¿no suele estar vinculada -en muchos casos- al cuidado y la sintonía afectiva que se recibe de los progenitores o figuras de apego? Cuando estos logran sostener con calidez, no solo aseguran la supervivencia, sino que ofrecen un primer espejo donde dirigir la mirada.
…
Sin embargo, no todas las infancias transcurren así; y aun así, la búsqueda de bienestar --aunque sea a trompicones- ¿no sigue siendo un motor humano universal, incluso en condiciones materiales adversas?
...
Esa experiencia de ser objeto de cuidado, cuando ocurre, puede constituir una de las primeras escuelas informales de generosidad. No es la única, ni siempre es perfecta, pero ¿no deja acaso una huella que resuena durante el despertar de la conciencia?
...
En la juventud, esa etapa de exploración de identidad donde aún se necesita sostén, también se inicia el ensayo de los propios modos de vincularse y de dar. Pero ¿qué ocurre cuando el entorno material es hostil? La generosidad no siempre florece; a veces se vuelve supervivencia, y eso no es un fracaso moral, sino una respuesta lógica a la escasez.
...
Si el entorno lo propicia y la madurez emocional acompaña, muchos adultos logran trascender el mero intercambio y cultivar el arte de compartir desde la convicción interna, antes que la obligación y el sacrificio impuesto. La generosidad, entendida así, no se gana como un título ni se ejerce para obtener un apelativo; ¿no es más bien una expresión espontánea de quien ha podido reconciliarse, hasta donde es posible, con sus propias carencias y abundancias? Pero esa reconciliación no ocurre en el vacío, porque requiere un piso material mínimo, un margen de seguridad que permita mirar más allá del siguiente sustento de alimento.
...
Sin embargo, la mirada humana no se agota en la seguridad material. Habita también el asombro y la pregunta por lo que no alcanza a medir.
…
Junto a la satisfacción de las necesidades -y a veces incluso en su ausencia- existe una búsqueda de otro calibre: la del significado profundo, la que se enciende al explorar los límites del conocimiento.
…
El cálculo que roza lo infinito en asíntota, la geometría que traza lo inabarcable, el silencio que sigue a las grandes cuestiones: todos ellos, ¿no nos ofrecen acaso un tipo de certidumbre movediza pero fecunda?
…
Aquella sensación de plenitud no siempre nace de la abundancia recibida; a veces germina en la aceptación humilde de que somos parte de un todo que nos supera, y al aproximarnos a ese infinito inalcanzable -el Todo inalcanzable, el cosmos, orden incognoscible o simple vastedad- hallamos una forma de felicidad más austera y serena: la del que busca y, al buscar, se trasciende.
…
¿Se trata de evadir lo concreto? Se trata de complementarlo; porque el cuerpo que sufre también alberga una conciencia que interroga al universo, y en esa interrogación encuentra un sentido que no depende del próximo salario, aunque sin el pan dicha interrogación se volverá grito.
...
A partir de ahí, la sensación de ser feliz “felix” en latín, que alude a la fertilidad y la plenitud- puede vivirse como una experiencia activa y dinámica, un estar siendo dador antes que receptor. Sin tratarse de una meta fija o de un estado perpetuo, ¿no es esta una cualidad que fluye y se contagia, como bien notaba Spinoza, en el encuentro con otras almas?
...
Pero ese contagio no ocurre solo entre afines; la pregunta controvertida es: ¿puede la felicidad expandirse hacia el extraño, aquel que no comparte la costumbre, la historia, la lengua? ¿el futuro o la futura pretendiente? ¿O la alegría se vuelve círculo cerrado, hermandad de semejantes que excluye al que está fuera?
...
Quizás la verdadera prueba de una felicidad madura no esté en compartirla únicamente con los afectuosos y conocidos, sino en mantener abierta la puerta a quien no es parecido a uno, aunque eso exija un esfuerzo que no siempre es posible dar en tiempos de desconfianza.
...
Hombres y mujeres en el tramo final de sus vidas suelen dar fe de que el gozo alcanza matices más profundos cuando se desprende alguien de la acumulación, no porque se despojen de todo lo recibido por una obligación moral, sino porque, al integrar sus experiencias, descubren que el valor del legado no está solamente en los bienes, sino en la conexión genuina con los demás —incluidos aquellos que en su momento fueron extraños— y en la huella emocional que han dejado, como deja la crisálida aquella que fue rastrera, porque necesita aprender a volar.
...
Pero el legado no se agota en lo tangible ni en los afectos inmediatos. Quien ha dedicado su vida a desentrañar un misterio, a perseguir una verdad esquiva o a construir una obra que lo desborda, sabe que la felicidad puede anidar también en la dirección de la propia existencia, en la coherencia -siempre imperfecta- con aquello que considera valioso.
…
La trascendencia, despojada de dogmas, se convierte entonces en la experiencia de haber anudado la historia personal a un horizonte que nunca se cierra del todo. Esa búsqueda del sentido, aunque no ofrezca respuestas definitivas, otorga a la vida un peso específico que la rescata de la mera contingencia, porque no se trata de alcanzar el infinito, sino de orientarse hacia él, y en esa orientación hallar una plenitud que ni el hambre ni el desamor logran borrar del todo.
...
Eso, para algunos, puede rozar lo que otros llaman trascendencia; pero también puede ser simplemente la constatación de que el afecto compartido, por frágil que sea, a veces pesa más que la soledad, y de que el pensamiento orientado a lo inabarcable nos devuelve, paradójicamente, a lo más humano. No exige creencias ni finalidades últimas, porque ¿no se sostiene acaso en la experiencia cotidiana?
...
Y ese "algo mayor" del que a veces se habla no tiene por qué ser una promesa metafísica ni la prolongación de los padres que afirman haber formado una extensión suya. O tal vez sí lo sea para algunos, pero en esencia se manifiesta como la certeza, siempre revisitada, de que la existencia humana cobra densidad cuando se la abre a lo que la desborda, como una idea, un cosmos, un enigma, un rostro aún no conocido.
…
Puede ser, llanamente, la continuidad de los gestos compartidos, que a veces incluyen al que aún no conoce, pero también la perseverancia en la pregunta que jamás encuentra reposo. Sin plenitud asegurada, sin coherencia perfecta, solo con la tolerancia a la propia incoherencia y la valentía de asomarse al abismo del no-saber.
...
Quizás por ello, y sin forzar ninguna certeza,
"No se desespere del todo. La felicidad no es una obligación ni un destino,
sino un posible instante que, cuando llega,
se sostiene con una mano que a veces tiembla,
y que, si se abre, puede encontrarse con alguien aún por conocer,
o con algo que aún no comprende, pero que intuye.
Porque la mano que tiembla también puede señalar el horizonte, hacia la constelación de Orión
y el instante que llega, por fugaz que sea,
participa de esa eternidad que tanto nos convoca sin jamás atraparnos del todo".
31.10.18
22 Jeshvan, 5779
Leí en una pared: "No te engañes. Ser feliz es ser utópico".
Quien lo afirma, ¿es feliz?
¿O acaso esa sentencia brota de una desesperación concreta -la de quien no encuentra trabajo, no llega a fin de mes, no tiene un techo donde resguardarse- y no solo de una melancolía filosófica? Porque la utopía, ¿no duele acaso de manera muy distinta cuando el cuerpo duele?
...
Aquella sensación grata y primera, descubierta en la infancia temprana, ¿no suele estar vinculada -en muchos casos- al cuidado y la sintonía afectiva que se recibe de los progenitores o figuras de apego? Cuando estos logran sostener con calidez, no solo aseguran la supervivencia, sino que ofrecen un primer espejo donde dirigir la mirada.
…
Sin embargo, no todas las infancias transcurren así; y aun así, la búsqueda de bienestar --aunque sea a trompicones- ¿no sigue siendo un motor humano universal, incluso en condiciones materiales adversas?
...
Esa experiencia de ser objeto de cuidado, cuando ocurre, puede constituir una de las primeras escuelas informales de generosidad. No es la única, ni siempre es perfecta, pero ¿no deja acaso una huella que resuena durante el despertar de la conciencia?
...
En la juventud, esa etapa de exploración de identidad donde aún se necesita sostén, también se inicia el ensayo de los propios modos de vincularse y de dar. Pero ¿qué ocurre cuando el entorno material es hostil? La generosidad no siempre florece; a veces se vuelve supervivencia, y eso no es un fracaso moral, sino una respuesta lógica a la escasez.
...
Si el entorno lo propicia y la madurez emocional acompaña, muchos adultos logran trascender el mero intercambio y cultivar el arte de compartir desde la convicción interna, antes que la obligación y el sacrificio impuesto. La generosidad, entendida así, no se gana como un título ni se ejerce para obtener un apelativo; ¿no es más bien una expresión espontánea de quien ha podido reconciliarse, hasta donde es posible, con sus propias carencias y abundancias? Pero esa reconciliación no ocurre en el vacío, porque requiere un piso material mínimo, un margen de seguridad que permita mirar más allá del siguiente sustento de alimento.
...
Sin embargo, la mirada humana no se agota en la seguridad material. Habita también el asombro y la pregunta por lo que no alcanza a medir.
…
Junto a la satisfacción de las necesidades -y a veces incluso en su ausencia- existe una búsqueda de otro calibre: la del significado profundo, la que se enciende al explorar los límites del conocimiento.
…
El cálculo que roza lo infinito en asíntota, la geometría que traza lo inabarcable, el silencio que sigue a las grandes cuestiones: todos ellos, ¿no nos ofrecen acaso un tipo de certidumbre movediza pero fecunda?
…
Aquella sensación de plenitud no siempre nace de la abundancia recibida; a veces germina en la aceptación humilde de que somos parte de un todo que nos supera, y al aproximarnos a ese infinito inalcanzable -el Todo inalcanzable, el cosmos, orden incognoscible o simple vastedad- hallamos una forma de felicidad más austera y serena: la del que busca y, al buscar, se trasciende.
…
¿Se trata de evadir lo concreto? Se trata de complementarlo; porque el cuerpo que sufre también alberga una conciencia que interroga al universo, y en esa interrogación encuentra un sentido que no depende del próximo salario, aunque sin el pan dicha interrogación se volverá grito.
...
A partir de ahí, la sensación de ser feliz “felix” en latín, que alude a la fertilidad y la plenitud- puede vivirse como una experiencia activa y dinámica, un estar siendo dador antes que receptor. Sin tratarse de una meta fija o de un estado perpetuo, ¿no es esta una cualidad que fluye y se contagia, como bien notaba Spinoza, en el encuentro con otras almas?
...
Pero ese contagio no ocurre solo entre afines; la pregunta controvertida es: ¿puede la felicidad expandirse hacia el extraño, aquel que no comparte la costumbre, la historia, la lengua? ¿el futuro o la futura pretendiente? ¿O la alegría se vuelve círculo cerrado, hermandad de semejantes que excluye al que está fuera?
...
Quizás la verdadera prueba de una felicidad madura no esté en compartirla únicamente con los afectuosos y conocidos, sino en mantener abierta la puerta a quien no es parecido a uno, aunque eso exija un esfuerzo que no siempre es posible dar en tiempos de desconfianza.
...
Hombres y mujeres en el tramo final de sus vidas suelen dar fe de que el gozo alcanza matices más profundos cuando se desprende alguien de la acumulación, no porque se despojen de todo lo recibido por una obligación moral, sino porque, al integrar sus experiencias, descubren que el valor del legado no está solamente en los bienes, sino en la conexión genuina con los demás —incluidos aquellos que en su momento fueron extraños— y en la huella emocional que han dejado, como deja la crisálida aquella que fue rastrera, porque necesita aprender a volar.
...
Pero el legado no se agota en lo tangible ni en los afectos inmediatos. Quien ha dedicado su vida a desentrañar un misterio, a perseguir una verdad esquiva o a construir una obra que lo desborda, sabe que la felicidad puede anidar también en la dirección de la propia existencia, en la coherencia -siempre imperfecta- con aquello que considera valioso.
…
La trascendencia, despojada de dogmas, se convierte entonces en la experiencia de haber anudado la historia personal a un horizonte que nunca se cierra del todo. Esa búsqueda del sentido, aunque no ofrezca respuestas definitivas, otorga a la vida un peso específico que la rescata de la mera contingencia, porque no se trata de alcanzar el infinito, sino de orientarse hacia él, y en esa orientación hallar una plenitud que ni el hambre ni el desamor logran borrar del todo.
...
Eso, para algunos, puede rozar lo que otros llaman trascendencia; pero también puede ser simplemente la constatación de que el afecto compartido, por frágil que sea, a veces pesa más que la soledad, y de que el pensamiento orientado a lo inabarcable nos devuelve, paradójicamente, a lo más humano. No exige creencias ni finalidades últimas, porque ¿no se sostiene acaso en la experiencia cotidiana?
...
Y ese "algo mayor" del que a veces se habla no tiene por qué ser una promesa metafísica ni la prolongación de los padres que afirman haber formado una extensión suya. O tal vez sí lo sea para algunos, pero en esencia se manifiesta como la certeza, siempre revisitada, de que la existencia humana cobra densidad cuando se la abre a lo que la desborda, como una idea, un cosmos, un enigma, un rostro aún no conocido.
…
Puede ser, llanamente, la continuidad de los gestos compartidos, que a veces incluyen al que aún no conoce, pero también la perseverancia en la pregunta que jamás encuentra reposo. Sin plenitud asegurada, sin coherencia perfecta, solo con la tolerancia a la propia incoherencia y la valentía de asomarse al abismo del no-saber.
...
Quizás por ello, y sin forzar ninguna certeza,
"No se desespere del todo. La felicidad no es una obligación ni un destino,
sino un posible instante que, cuando llega,
se sostiene con una mano que a veces tiembla,
y que, si se abre, puede encontrarse con alguien aún por conocer,
o con algo que aún no comprende, pero que intuye.
Porque la mano que tiembla también puede señalar el horizonte, hacia la constelación de Orión
y el instante que llega, por fugaz que sea,
participa de esa eternidad que tanto nos convoca sin jamás atraparnos del todo".
31.10.18
22 Jeshvan, 5779
HR

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