Sobre nostalgias y penas sin consuelo



18. Sobre nostalgias y penas sin consuelo

 

Leí en una pared: “¿Qué dejo de legado? ¿Qué espero para los míos? ¡Tiernas vidas que sólo conocen del bien por el atento recibir!”

Las emociones agónicas, esas nostalgias oscuras y esas penas que a menudo pretendemos vestir de gala, ¿serán el frío estéril que antecede a la cosecha?


Aunque el invierno tiene su propia e innegable belleza, su naturaleza ¿no es acaso una pausa, y nunca un destino?

Cuantos hombres eligen habitar el páramo helado, olvidando que la existencia, en su magnífica y aterradora brevedad, no es un territorio para el vagabundeo estéril, ¿qué pasan por alto?

No se nos ha concedido el tiempo para convertir el dolor en monumento; ¿no es acaso oportunidad para transformarlo en abono?

¿Qué esperar ante la pregunta, la única que justificaría el peso de los años: ”¿Qué dejo de legado? ¿Qué espero para los míos, tiernas vidas que sólo conocen del bien por el atento recibir?”

Contemple usted a los que vienen detrás, a esas criaturas cuya inocencia depende enteramente de vuestra fortaleza, antídoto definitivo contra la autocompasión. Ellos reciben el bien porque usted decide ser guardián de ese bien.

¿Será el verdadero legado material? Será la atmósfera de dignidad y templanza que les heredamos. Si se entrega a la queja, ¿no le está acaso enseñando a claudicar? Si, en cambio, purifica vuestra pena, le construirá un refugio.

El espíritu sabio, aquel que ha mirado al abismo de frente y ha decidido no pertenecerle, comprende que el propósito noble exige una disciplina del gozo. No hay tiempo para el lujo de la desesperanza. La desesperación es, en el fondo, una pereza del alma, un abandonarse a la corriente más fácil.

El hombre activo, el espíritu despierto, no espera que la alegría le sea dada: la discierne. Busca y halla el tesoro escondido en lo cotidiano, en el milagro imperceptible de estar vivos aquí y ahora. Convierte cada instante en un acto de resistencia dorada contra la muerte.

Así,
“¿Qué dejo de legado? Lo mejor de mis ilusiones y hechos para los míos… ¡vidas que aprendieron a conocer del bien por el atento dar!” (Hech 20:35)

Dichoso, infinitamente dichoso aquel que no guarda este fuego para sí mismo. La alegría que no se comparte se deprecia y vuelve amarga. Al final del camino, cuando evaluemos el espacio que nos fue concedido, la única moneda de valor, ¿no será acaso el destello de belleza que logrará encender en los ojos de quienes ama?

¡Que vuestra pluma y vuestra vida sigan siendo ese testimonio activo!

El legado y el tren

Miro al infante que en la nieve juega,
tierna vida que vive del recibir,
mientras mi alma, que no quiere sufrir,
a la dulce memoria se entrega.

Sobre la mesa, el viejo tren navega,
madera limpia que ayuda a vivir;
es la herencia sutil por venir
que el ciclo del amor jamás niega.

Ya no hace falta el testamento escrito,
el verdadero bien es este dar,
el destello de gracia en el niñito.

Dichoso el que ha aprendido a descifrar
el milagro diario e infinito,
y en otros ojos sabe la luz hallar.

21.11.18
13 Kislev, 5779
HR

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