Sobre el contrapeso del querer




Leí en una pared: “El problema es cuando al poder se le sube el querer a la cabeza”.
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El querer, ¿no es combustible para la voluntad?

La voluntad imperfecta quiere “a rienda suelta”, anhela “a flor de piel”, seducida por el entorno que la sensibiliza a través de la experiencia sensorial.
¿No son los infantes el mejor ejemplo del “¡yo quiero!”?
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El lenguaje de sus pataletas, arranques de histeria y llanto evidencian el poder del anhelo, prolongado también por infantes adultos.
Como el dulce que es seductor al paladar,
Como la carne que atrae a la carne... ¡fuerzas indomables!
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“El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa, y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo?” (Jer 17:9)
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El querer satisface al alma y por el anhelo se consigue satisfacción.
¿Qué hacer cuando el deseo lleva a desdicha?
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La razón, aquel contrapeso prudente de la voluntad, confirma o rechaza todos los deseos en perpetua criba: obra en favor del equilibrio de aquella balanza.
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De allí que la humildad sea la “herramienta de moldura” con la cual la sensatez intenta conducir al deseo por lo conveniente, por las decisiones de bien, es decir, por un estado de satisfacción de pleno provecho, personal o mutuo cuando vive acompañado.
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El deseo también lucha por sobreponerse a argumentos que le colocan rienda, freno, cuando es desbordado su galopar.
¡Es la lucha permanente por supremacía!
Y en esta pugna intentará también prevaler el sentido común, quien procurará el equilibrio de la balanza.
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Cuando el “debo” es asistido por Luz, el “quiero” comprueba la validez de aquel resplandor por los resultados finales que le otorgan certeza.
Y es así cómo el insensato se torna en prudente por experiencia, es decir por convicción.
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¡El contrapeso del deseo ejerció pleno dominio sobre una voluntad enriquecida de permanente goce inagotable!
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“Y ciertamente llegará a ser como un árbol plantado al lado de corrientes de agua, que da su propio fruto en su estación y cuyo follaje no se marchita, y todo lo que haga tendrá éxito” (Sal 1:3)
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Los años, ¿no son el mejor testimonio? ¿No es aquel abrazo prolongado juvenil el mismo sentir del beso, ahora eterno? ¿No representan la unión de dos voluntades asistidas y regocijadas en permanente amor?
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Gozan ambos en el otoño de su relación y, como valor agregado, del silente aplauso de quienes al contemplarlos, hubiesen querido para sí un “borrón y cuenta nueva”, convencidos al reflejarse en ellos con esa “luz al final del túnel” llamada esperanza.

Así,
¡El problema quedó resuelto cuando, en hora buena, al querer se le subió la sensatez al corazón!

14.06.2019
11 Sivan, 5779
HR

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