Sobre las bondades que deja el tiempo





Leí en una pared: “Todo tiempo pasado no siempre fue bueno. ¡Vive el presente y adáptate!"
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¿Cuánto del pasado ignoto conoce quien vive entusiasmado en el presente? ¿Lo sabe por lectura o por escucha? ¿Conoció a alguien que testimonió aquellos tiempos?

Al especular sobre el ayer en el presente continuo, ¿por qué considera mejor sus días que un pasado no vivido¿A qué necesita adaptarse un testigo del ayer? ¿Garantizará felicidad renunciar a lo vivido para "encajar" en tiempos de modernidad?
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Obrar resiliente es una sabia forma de sobrevivir cuando las circunstancias cambian. Pero esta actitud, ¿implicará renunciar a un mundo consabido? ¿Qué determina entonces aceptar un cambio?
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Las nuevas generaciones conocen el pasado por el testimonio de sus ancestros y por la crónica escrita o narrada. La modernidad y la tecnología han escrito el pasado en las redes virtuales para la divulgación masiva, dando por hecho que el cronista ha sido fiel y conspicuo en temas de investigación.
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Sin embargo, cada generación ¿no edifica sus propios valores por el conocimiento de su siglo, unidos a la vivencia del inevitable presente? La nostalgia es el otro lado de la balanza cuando equilibra su sentir con el peso de la realidad cambiante.
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Su presente es así su propio siglo, sus ancestros vivos, sus constumbres junto a todas las bondades de novedad descubiertas.
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Como la escena de este mundo es cambiante, el presente suyo resultará ser el pasado inmediato en el futuro. Las próximas generaciones hurgarán curiosas sobre un pasado del que no podrán testimoniar pero sí especular, afirmando con orgullo que sus días siempre serán los mejores. ¿Es realmente el caso?
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La experiencia de vida le permite las dos caras de la moneda en el proceso de construir para sí identidad en el presente. Se queda con lo mejor de su tiempo en el presente continuo invocado por sus recuerdos, quizás la remembranza de algún episodio grato leído o testimoniado por algún hijo de otrora época.
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En el medioevo europeo, verbi gracia, la peste negra que asoló vastas poblaciones enseñó nuevos hábitos para la ingesta de alimentos como lo fue el empleo de "extensiones" para las manos, los "cubiertos" o instrumentos de madera o metal esterilizados para la boca. ¿Por qué insistir en comer con las manos bajo condiciones de dudosa salubridad? Por las bondades de aquel pasado los hábitos de la modernidad preservan la salud durante la ingesta de los alimentos.
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La peste negra dejó así escuela: enseñanza que inspiró muchos "manuales de urbanidad y buenas maneras" para relacionar al hombre educado con los modos más apropiados del vivir en sociedad.
Aquella escuela, ¿no fue al fin y al cabo buena? Por desgracia se agudizaron las diferencias sociales entre el "citadino civilizado", la "etiqueta" y el hombre rural a quien tórpemente rebajaron por no valerse de los cubiertos a la hora de comer. Caro fue el precio que agudizaron los hombres de la "Ilustración" sobre el pueblo que tomó La Bastilla a fuerza de piquetas y puñal, dando muerte súbita a un siglo de pompa y etiqueta social.
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De allí que los ancestros narren entusiastas sobre la vida que les tocó y crean expectación en los más pequeños y jóvenes por lo desconocido y novedoso para ellos.
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"Recuerda los días de la antigüedad, consideren de generación en generación los años pasados; pregunta a tu padre, y él podrá informarte; a los tuyos que han envejecido, y ellos podrán decírtelo" (Deut 32:7).
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Aquella remembranza permite ser escuchada como testimonio vivo, sin la cual las bondades del pasado no sería adoptadas por los hijos y los nietos del mañana. ¿No es por ello bondadoso concederles la oportunidad de revivirla con tan solo un instante de luz convocada? Aprender a escuchar ayudaría a quienes creen que sus tiempos de alguna forma son mejores.
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Cada generación se aferrará en libertad a lo mejor de sus días y no al pasivo de mal que resultó al fin y al cabo ser escuela. Recomiendan con entusiasmo lo mejor heredable, sin que la opinión popular ni la apologética desbocada sea la norma a la hora de habla del ayer.
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¿No son aquellos valores descubiertos en el camino, junto a los secretos ancestrales y los consejos probos los que resultan en el bienestar del presente? ¿Los que dictan por experiencia vivida si se condicionan o fortalecen nuestras propias costumbres, valoraciones y normas?
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La balanza se equilibra cuando alguien discreto disfruta el presente sin renunciar a la probidad de su propia formación, porque ya está fundamentada en sólida certeza, en masa rocosa que se deja ver por sus enseñanzas y actitud de vida, "desfazada" para un terco hijo de la ignorancia.
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La resiliencia es necesaria para sobrevivir en un mundo desbocado, y procuran por ello los que se adaptan en mantenerse ajenos a lo que denominan "seudo valores y contracultura”, sin que por ello tengan que transigir a sus tesoros.
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"¿Debería yo reemplazar mis valores por falsas baratijas, espejismos o brumas?" Se cuestiona un anciano aferrado con mano débil a su ayer.
"¡He aquí el tropiezo para los incautos!"...
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Por tanto,
Aunque no todo tiempo pasado fue siempre bueno, comprender el presente para unir las bondades del ayer, ¿no es el balance ideal?

Nada está dicho al respecto. "La sabiduría finalmente quedará probada justa según sus obras", anotó un sabio.

26.06.2019
23 Sivan, 5779
HR

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