Sobre el error que inquieta



Sobre el error que inquieta 


Leí en una pared: “¡Malaya mi suerte por todos aquellos que quieren para mis días un augurio de mal, una maldición desbocada, la razón de mi despropósito y confusión, el error encarnado en mi ilusión frustrada!”


¿Es el augurio de error la consecuencia de un “día maldito”?

La ilusión frustrada ¿es experiencia ajena o propia?


¿Sobre quién echa raíces un “augurio de mal”?

¿A quien predispone a error una maldición proclamada?

Quien se siente maldecido ¿no recarga en aquel que maldice el poder y control de su futura experiencia?

Si la experiencia es el vivir del conocimiento

Y el conocimiento es cosecha de lo asimilado, ¿quién sino uno mismo sería el responsable de aquellos verbos y consecuentes predicados adjetivados en el devenir?

La experiencia de error apunta a un conocimiento incompleto 

El conocimiento incompleto ¿no es fruto de incomprensión y por tanto de mala asimilación?

Si la palabra "predicado" (latín praedicatum, ("lo que se afirma") deriva del verbo praedicare, ¿no acusa lo que "dice" o "indica" una acción propia y no ajena al sujeto?

¿Es sensato entonces “predicar” al hablar en primera persona con verbos atribuidos a otro sujeto?

Todo error queda develado porque inquieta.

El error se evidenció porque se cuestionó una afirmación que inquieta.

Y el cuestionamiento ¿no tiene acaso la intención de encontrar certezas en afirmaciones inquietantes?

Si el error inquieta, ¿obra con bondad?

Así, “esto es cierto” es una afirmación convincente de una prueba irrefutable.

Así, “esto no es cierto” es también afirmación convincente de una prueba irrefutable.

Si la ingesta de hongos venenosos afectó la salud, a quien actuó comiendo ¿no se le calificara de “ingenuo”?

Si la negación de comer hongos venenosos evitó la afectación de la salud, a quien actuó rechazando ¿no se le calificará de “precavido”?

¿Cómo entonces se llega a la certeza?

La experiencia sin el conocimiento ¿no es “ceguera”?

El conocimiento sin la experiencia ¿no es “cojera”?

En ausencia,

¿No es toda idea predecesora una “cátedra inspéctore”?

Aunque muerto o ausente el autor de una idea, quien lee y aprende de aquellos ausentes, ¿no se considera “discípulos inspéctore”?

Así, la inquietud por detectar error  en aquellas lecturas lo llevará a un juicio de comparación, afirmación y negación que será fruto de investigar, leer y releer tanto a detractores como a discípulos defensores.

En presencia,

¿No es también en ese sentido la idea de quien dicta cátedra o afirma supuestas certezas una enseñanza “de facto”?

Presente el expositor de una idea, quien escucha y cuestiona sus predicamentos, ¿no se considera “discípulo de facto”?

Así, la inquietud por detectar error lo llevará a un juicio de comparación, afirmación y negación que será fruto de atender, comparar y replicar después de investigar a detractores o discípulos defensores.

La ciega obediencia ¿no es el obrar que caracteriza una decisión cuyo móvil fue la fe?

La decepción ¿no es entonces fruto de un obrar errado?

Si el error develado fue fruto de inquietud, ¿no es entonces ese prurito persistente el fruto de pausa meditada, inspeccionada y asimilada?

La bondadosa “desconfianza” evitará atribuirle el poder de la “fe” (no se fia) a toda afirmación que no tiene el aval de la certeza.

Por tanto, ¿podría considerarse en ese sentido un error como principio de bondad experimentada?

¿Sobre quién entonces echaría raíces aquella decisión desacertada o acertada?


Así,

“Bendito el día en que te me cruzaste, experiencia de mal, condición de paz hallada, razón de mi despertar y certeza, “eureka” encarnado en ilusión materializada”


11.08.25

15 de Av, 5785

HR

Comentarios

Entradas más populares de este blog

I. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre apetitos y deseos insaciables

Rosa de mi sueño

Acerca del convivio del excéntrico egoísta y el sensato perspicaz