VIII. Con el cadáver a cuestas

 

VIII. Con el cadáver a cuestas

Con el cadáver a cuestas susurróle al oído el bufón de la torre, quien festejaba la cosecha del arcano.


"Vete Zaratustra. Muchos aquí te odian, sobretodo los justos y buenos. Para ellos despreciador y enemigos eres.

"Buenos y justos, creyentes ortodoxos... Para todos ellos eres un peligro colectivo.

"Afortunado eres porque de tí las masas se burlaron desde que, como bufo inteligente, hablaste.

"El perro muerto te salvó: te humillaste para ellos en tu compasión por él.

"Vete Zaratustra, vete. Hazlo porque mañana saltaré sobre tus hombros, ¡como uno vivo sobre un muerto!”.


El arcano avanzaba sordo por las oscuras calles, inmutable, mientras el bufón, cual demonio juguetón, desaparecía en la oscuridad.


"Es Zaratustra, y se está llevando al perro muerto", le dijeron a la puerta de la ciudad los sepultureros alumbrando su rostro con una tea, mientras desataban risas burlonas sobre él.

"¡Nos ahorras el tener que ensuciarnos las manos, Zaratustra sepulturero! ¿Pretendes robarle al mismísimo diablo su bocado? ¡Ea, avanza pues! No sea que el diablo sea mejor ladrón que Zaratustra antes que, robándose a vosotros dos os trague". Decían así y se reían incontenidamente burlones.

El arcano avanzaba sordo por las oscuras calles, inmutable, mientras dejaba atrás a los sepultureros.

Se apoderó de él el hambre ante el aullido de un lobo.

"¿En qué me entretuve? Durante todo el día no tuve hambre”.

"¿Quién toca? ¿Quién viene a mi y a mi mal dormir?" Dijo un viejo al escuchar su puerta tocar. El arcano tocó aquella puerta al avizorar una casa en la oscuridad.

"Somos un vivo y un muerto. Dame de comer y beber porque dejé de hacerlo por olvido durante todo el día. Dice la sabiduría: 'dad de comer al hambriento para que reconfortes tu propia alma’ ".

Dicho esto le ofreció pan y vino. "Mal sitio para hambrientos habéis escogido", le dijo. “A mi vienen animales y hombres. Vivo por ello aquí como eremita. Dale de comer primero a tu compañero porque famélico se le ve".

"Mi compañero está muerto", le dijo. “Difícilmente agradecerá tu gentileza"

"Comed y regocijaos ambos. Ese no es problema mío. Quién toca a mi puerta debe comer lo que ofrezco".

Alejándose de la cabaña del viejo, prosiguió el arcano su camino guiado por las estrellas. Era su costumbre regocijarse al verle el rostro a todas las cosas que duermen.

Al alba, despuntada la mañana, se halló en medio de la espesura del bosque. Escogió un árbol hueco y puso allí al muerto, a cierta altura para resguardarlo de los lobos.

Cansado y con la cabeza recostada en el musgo, buscó en el sueño el descanso del cuerpo y la inmovilidad de su alma.

19.08.25
LV

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