VI. La muerte del malabarista
El malabarista que atraía todas las miradas trabajaba en piruetas sobre la tensa cuerda por sobre las cabezas elevadas que lo veían en medio del ágora: tensada entre el mercado y el pueblo.
Un bufón de
pronto le salió al encuentro detrás de él.
“¡Avanza cojitranco!” -gritóle- “¡Avanza que los talones te piso! ¡Avanza a tu encierro que será aquella torre a la que llegarás! ¡Cédele el camino a alguien mejor que tú!”
Acercándose, mientras le hablaba con sorna, le
gritó endemoniado mientras saltaba por sobre sus hombros para posesionarse delante
de él en perfecto equilibrio.
El malabarista que atraía todas las miradas perdió la cabeza por esta audacia y también el equilibrio; arrojó por desgracia su balancín y cayó antes que éste hacia la multitud de brazos y de piernas. El mercado y el pueblo, como el movedizo ponto que huye de una tempestad, se apartó del medio del punto de su caída.
El arcano, en cambio, permaneció inmóvil cuando a su lado cayó con estrépito el cuerpo, maltrecho y quebrantado, agonizante.
Recobró destrozado algo de su consciencia y vio al arcano de rodillas junto a él.
“¿Tú aquí? Desde hace mucho sabía que el diablo
me echaría la fatal zancadilla. Ahora me arrastra al infierno: ¿lo puedes impedir?”
“Por el honor que poseo, mi amigo -le dijo- debo decirte que tu idea es vana porque no existe: no habrá diablo ni infierno anfitrión. Tu alma muerta estará muerta antes que tu cuerpo tema cosa alguna”
El malabarista alzó una desconfiada
mirada. “Si la verdad está en tu boca, entonces nada pierdo perdiendo la vida. Tan
solo he sido un animalito amaestrado, al que entre palos y hambre se le enseñó
el arte de distraer y atraer miradas al bailar”
“No, no hables así -díjole
el arcano- Del peligro hiciste tu oficio y en ello no hay nada reprochable. Mueres
por la cosecha de tu oficio y por esta causa te quiero enterrar con mis propias
manos”.
Proferidas estas palabras del arcano, el moribundo mudo movió la mano como si buscase la mano del arcano amigo en señal de gratitud.
LV
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