Sobre el agua lustral
“El dolor es agua lustral: fecunda la experiencia del sabio.
Obra la tribulación como instrumento de refinamiento y develo de cualidades innatas, enpañadas por el egoísmo y la tendencia carnal.
Las lágrimas son el agua lustral del espíritu que medra solitario hasta que la Razón le ilumina: la zaranda escogerá al espíritu de integridad.
Procesado el sentido y terminada la prueba, aquel espíritu siente poseer dominio y estímulo para rectificar en Justicia. En gratitud anhela más instrucción para retribuir experiencia.
El egoísmo tornó en empatía: le enseñó a escuchar. Al comprender, se enternece para asistir en lealtad abnegada.
La mezquindad tornó en liberalidad: le enseñó la felicidad del dar. Hace el bien por su duro trabajo.
El odio, tornado en amor, labró fundamentos de bien: es consuelo y bálsamo en el tiempo de angustia. Frente al prejuicio ajeno, obra sereno y apartado. Lo juzgan en sabiduría sus hechos.
Este espíritu peregrina en empatía, liberalidad y amor como fortaleza y socorro para la tempestad ajena.
“Ciertamente enseñaré a los transgresores tus caminos, para que ellos mismos se vuelvan directamente a ti”, lloró David a su Refinador, después de recibida la censura de Natan, el profeta. (Salmo 51:13)
Cuando el instructor ve terminada la prueba, el instruido toma la posta. Ambos peregrinarán en la reflexión y en la inquietud de dejar la herencia del bien en los hombros de un nuevo discípulo...”
29.11.18
HR
HR

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