El peregrinar de Arcanum: III. Ágora, el sentido de la tierra y Camino, la cera y la higuera
DISQUISICIONES CON HERR RAINER
EL PEREGRINAR DE ARCANUM
III. Ágora — El sentido de la tierra
Camino — La cera y la higuera
(el primer planteamiento de Arcanum, y su corrección)
― ★ ―
Auto sacramental
28.08.2026 · 15 Elul, 5786 · LV
Universo y Cultura. Revista de Vocación Cultural.
Nota preliminar
Esta entrega
consta de dos escenas y debe leerse y representarse como una sola pieza. La
primera, Ágora, contiene el primer planteamiento doctrinal de Arcanum:
la adaptación del tercer discurso del prólogo de Also sprach Zarathustra
al régimen de la docta ignorancia, y la tesis de que la trascendencia y la
inmanencia no son esferas enemigas sino dimensiones que se actualizan a la vez
en el instante. La segunda, Camino, ocurre media hora después y a
doscientos pasos de allí, y su asunto es la corrección de la primera.
Van juntas
por una razón de método. La serie sostiene que una ignorancia que se estrecha
se distingue de una que solo se ahonda por la conducta de quien la sostiene,
porque quien determina lo que ignora queda expuesto a ser corregido. Esa tesis
no vale mientras el protagonista no sea corregido de veras, y separar las dos
escenas habría permitido leer la primera como lo que no es: una posición
sostenida.
La corrección
no la trae un argumento mejor ni un adversario más hábil. La trae un criterio
externo —el de los frutos, en la formulación del Sermón del Monte— aplicado por
alguien que no discute; y recae, deliberadamente, sobre lo único que la primera
escena había apuntado como ganancia.
La serie
observa aquí una regla que la gobierna en su conjunto: quien alega que su
propia ignorancia progresa no puede ser, a la vez, quien lo certifica. Por eso
Arcanum declara en la primera escena, antes del hecho y no después, qué
resultado observable mostraría que su método no produce nada; dice qué le
cuesta a él la tesis que sostiene; convierte en pregunta, dirigida y respondida
primero sobre sí, la sentencia que retira; y pone el juicio en manos de quien
no le debe nada. Ninguna de estas cuatro cosas resuelve el litigio de fondo
—eso está expresamente vedado, porque demostrar que el entendimiento finito
acierta sería la prueba que la propia obra se prohíbe darse—; lo que hacen es
trasladar la carga desde lo que el texto declara hacia lo que el texto muestra,
de modo que su cumplimiento pueda comprobarse desde fuera.
–*–
Primera escena
III. Ágora — El sentido de la tierra
–*–
Reparto y límite funcional de las figuras
ARCANUM.
Ánima intelectual en transición; no es figura alegórica y por eso puede cambiar
dentro de la escena. Viste gabardina color tierra y sombrero de peregrino.
Lleva el bastón de olivo, el compás de hierro forjado y una lámpara de aceite
con poca mecha. Límite funcional: no puede vencer, solo conjeturar;
ningún parlamento suyo tiene valor probatorio y la escena no debe presentarlo
como si lo tuviera. Pero tampoco puede quedar meramente refutado, y esto es de
igual cumplimiento: su régimen no es la duda sino la docta ignorancia, que
avanza. Sale de la escena sabiendo menos cosas y sabiéndolas mejor: donde no
responde, debe poder decir con precisión qué es lo que no responde, y esa
determinación es la ganancia del panel. A ello se añade, y es de igual
cumplimiento, que la determinación no vale mientras la sostenga él solo: debe
declarar en escena, antes del hecho, qué resultado observable mostraría que su
método no produce nada, y debe dejar ese juicio en manos de alguien que no le
deba nada. Un peregrino que solo pudiera ser corregido por sí mismo no se
distingue del que cava.
TEODORO
VELA, ciudadano del llano. Encarna a la Razón Ilustrada y no se agota en
ella. Tiene oficio: maestro de escuela y agrimensor del cabildo. Tiene objetos:
una cinta de agrimensor enrollada al cinto, un cuaderno de observaciones
barométricas, un reloj de bolsillo heredado de su padre. Tiene biografía:
viudo, enterró hace dos años a su hija Elena, de nueve años. Límite
funcional: sus razones son suyas y no están puestas en la escena para ser
refutadas. En dos pasajes la escena le concede la última palabra, y en uno de
ellos la música tiene prohibido cubrirla.
LA DUDA
CARTESIANA. Figura alegórica en sentido estricto: no evoluciona, no tiene
biografía y no puede ser persuadida. Aparece brevemente al final con un espejo
de mano y un trozo de cera. Límite funcional: su litigio con Arcanum se
abre en la segunda escena de esta misma entrega y no se cierra en ella; nada de
lo que aquí ocurra debe leerse como su derrota ni como su victoria.
EL
VOLATINERO. Mudo. Cruza sobre la plaza por una maroma tendida entre la
torre del reloj y el campanario sin campana. No representa nada, y esa es su
función: es lo que la plaza prefiere.
CORO I —
LOS QUE ESCUCHAN. Ocho a diez voces, al fondo del escenario. CORO II —
LA PLAZA. Coro hablado, situado entre el público y la orquesta.
VOZ DE LA
MADRE. No aparece, no es personaje y no dice palabra. Se oye una sola vez,
cuatro notas, desde un lugar del teatro que el espectador no puede localizar.
–*–
Acotación inicial
El
ágora del pueblo del llano, al filo de la tarde. Niebla plomiza que no llega a
lluvia. La plaza es de piedra irregular y desciende levemente hacia el fondo,
de modo que toda la multitud está por debajo de quien hable desde la
escalinata. A los costados, toldos de mercaderes que empiezan a recogerse.
Faroles de aceite distantes, encendidos temprano por la niebla, dan una luz
mortecina que no calienta.
En
el centro exacto de la plaza, un pedestal de piedra sin estatua. La dedicatoria
fue picada a cincel hace años; de la inscripción antigua solo resisten cuatro
letras y media, y quien se acerca lee IGNOTO. Nadie se acerca. Los niños lo
usan para dejar cántaros.
Tendida
en lo alto, de la torre del reloj al campanario sin campana, una maroma. Sobre
ella, todavía inmóvil, EL VOLATINERO espera su hora con la pértiga cruzada
sobre los hombros. La multitud mira hacia arriba de cuando en cuando, y ese es
el único gesto que la reúne.
De
la penumbra del sendero de bajada emerge ARCANUM. No trae séquito ni anuncio.
Se detiene al borde de la plaza y mira largamente antes de avanzar: no es la
mirada del que va a hablar, sino la del que calcula si debe. Lleva la lámpara
en la mano izquierda, y la lleva baja, junto a la rodilla, como quien no quiere
alumbrarse la cara.
El último tramo del sendero, minutos antes de llegar a la plaza. Todavía es el hombre de la montaña; el de abajo lo espera unos versos más adelante.
Sube
tres peldaños de la escalinata de piedra labrada — no los siete que hay hasta
el rellano, y esa reserva debe verse. Apoya el bastón de olivo; no lo golpea.
Saca el compás de hierro y traza en el aire un arco que no cierra. Cuando la
primera fila advierte que va a hablar, el murmullo baja pero no cesa: nunca
cesará del todo en toda la escena.
–*–
Diálogo
ARCANUM
(Sin levantar la voz. La primera frase debe llegar
apenas a las tres primeras filas de la plaza, de modo que la multitud tenga que
callarse para oírlo, o no oírlo.)
Ciudadanos del llano: no traigo doctrina. Traigo una pregunta que no he
sabido resolver en diez años de montaña, y he bajado por si aquí se resolviera
mejor entre muchos de lo que allá arriba se resolvía a solas. Podéis no
escucharme; hasta donde alcanzo a ver, estáis en vuestro derecho, y la hora del
volatinero es tan vuestra como mía la del silencio.
Veo muchachos entre vosotros, y mujeres que vienen del mercado, y
hombres que están en pie desde antes de que amaneciera. No traigo latines para
lucirlos. Hablaré con las cosas que tenéis en la mano; y si se me escapa una
palabra de las que se usan allá arriba, la bajaré yo mismo antes de seguir. Si
no consigo bajarla, tomadlo por señal de que tampoco yo la entiendo.
He oído que en esta plaza se enseña que el hombre es algo que debe ser
superado1. No vengo a desmentirlo. Vengo a preguntar qué se entiende
por superar, porque me parece —y no puedo demostrarlo— que en esa
palabra caben dos cosas muy distintas, y que de cuál de las dos se elija
depende todo lo demás.
Todos los seres, se dice, han creado hasta ahora algo por encima de sí
mismos. Concedo el hecho, y lo concedo entero: el que niegue que el hombre ha
subido desde el gusano no ha mirado la historia, y el que desprecie ese ascenso
desprecia el trabajo de veinte siglos de manos. Pero permitidme una imagen de
geómetra, que aquí entre agrimensores no será impertinente. Un polígono
inscrito en un círculo puede multiplicar sus lados sin término, y cada lado
nuevo lo acerca de verdad a la circunferencia: el acercamiento no es ilusorio y
no lo llamo vanidad. Y sin embargo, entre el polígono y la curva la diferencia
no es de cantidad sino de género, y por eso ningún número de lados la alcanza2.
Y para los que no medís tierras, lo mismo dicho con otra cosa. El que
hace ruedas junta pinas, que son piezas rectas, y de piezas rectas le sale una
llanta que rueda. Puede afinarlas cuanto quiera: serán más y más cortas, y la
rueda irá cada vez mejor, y eso no es engaño ni pérdida de tiempo. Pero ninguna
pina, por corta que la deje, es la curva. Y no es que al carretero le falte
oficio: es que la curva es de otra clase de cosa.
(Alza el compás y lo abre despacio, como si midiera el
aire.)
Si esto es así —y solo puedo conjeturarlo—, un hombre superior sería un
polígono de más lados. Sería mucho. Sería, me parece, todo lo que un hombre
puede hacer por otro hombre. No sería otra cosa. Y quien os prometa lo otro con
las herramientas de esto, según mi limitado juicio, os está midiendo el aire.
Un poeta que bajó más hondo que yo y subió más alto lo dijo en tres
versos que aquí valen más que mi arco en el aire: contentaos, humana gente, con
el quia, con el saber que las cosas son; que si hubierais podido
verlo todo, no habría sido menester que pariera María3. No os lo
traigo como amenaza. Os lo traigo porque el que lo escribió estaba subiendo, no
bajando, y aun así se detuvo ahí.
Y para que no se diga que escojo mis testigos: en ese mismo poema, la
exhortación más noble que se haya hecho al hombre para que se exceda a sí mismo
—«no fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir virtud y
conocimiento»— no está en boca de un santo. Está en boca de un condenado, y el
poeta se la deja entera, sin quitarle una sílaba de su belleza4. Yo
no sé resolver eso, y quien lo resuelva de prisa no lo ha leído. Lo dejo aquí,
a la intemperie, porque es una razón que juega contra mí tanto como a mi favor.
¿Qué es el mono para el hombre?, preguntáis: una irrisión o una
vergüenza dolorosa. No sabría responder por el mono. Del gusano sí puedo
hablar, porque mucho hay en mí que sigue siéndolo, y diez años de piedra no me
lo han quitado; acaso solo me lo hayan escondido mejor, que es peor.
Del más sabio de vosotros decís que es un ser escindido, híbrido de
planta y de fantasma5. La descripción me parece exacta, y no conozco
ninguna que lo sea más. Disiento —si es que disiento— no en el retrato sino en
la causa. Vosotros leéis la escisión como una avería de la que hay que salir
hacia adelante. A mí se me hace plausible, aunque no demostrable, que sea la
forma misma de una criatura que no cabe entera en el instante que ocupa. Inquietum
est cor nostrum6: no lo traigo como prueba, que no lo es, sino
como una descripción que compite con la vuestra y que os pido que consideréis
por un momento antes de descartarla.
(Levanta la lámpara a la altura del pecho. La llama es
baja y no ilumina más que su mano.)
Y llego a la palabra que me trajo aquí. Se ha dicho en esta plaza:
permaneced fieles a la tierra, y no creáis a quienes os hablan de esperanzas
sobreterrenales, que son envenenadores, lo sepan o no7.
Hasta donde alcanzo a ver, eso es verdad, y quien lo dijo tenía razón
contra mí. No contra un adversario abstracto: contra mí. Yo subí a la montaña
despreciando el valle y llamé pureza a mi asco. Yo fui esa alma que quería el
cuerpo flaco, feo, famélico8, y sospecho ahora que no lo quise por
amor de Dios, sino por miedo a los hombres, que es más barato. Si hay un
envenenador en esta plaza, es plausible que sea el que os habla y no vosotros,
y he bajado en parte por eso.
Pero decidme —y esta es toda mi propuesta, y la traigo en forma de
pregunta porque no he sabido darle otra—: ¿qué es la tierra a la que hay que
ser fiel? ¿Dónde está?
Aquí, decís, y tenéis razón: esta piedra, este humo de los toldos, este
frío en las manos, esto que veo. Es lo único que se me da de modo inmediato.
Concedo que sea lo único, y no pienso retirarlo después a escondidas.
Y no penséis que os disputo la tierra con un libro ajeno a ella. El
primer libro que aquí se leía dice al hombre, sin consuelo y sin rodeo, que es
polvo y que al polvo ha de volver9. No lo dice un enemigo de la tierra:
lo dice quien le atribuye a la tierra el cuerpo entero del hombre, incluida la
parte con que discute. En esto, hasta donde alcanzo a ver, vuestro maestro de
la fidelidad y este versículo no se contradicen; y me he pasado media vida sin
advertirlo.
Y sin embargo, mirad. Cuando decís esta plaza, ya estáis
diciendo más de lo que la vista os entrega. La vista os entrega un instante sin
espesor, y un instante sin espesor no es una plaza: es un destello. Para que
este ahora sea este, hace falta que retengáis el que acaba de irse y que
aguardéis el que viene. El hombre que solo tuviera el punto, sin lo retenido y
sin lo aguardado, no tendría siquiera una plaza; y lo que es más grave, ni
siquiera sabría que no la tiene10.
Si esto os suena a cosa de escuela, probadlo con lo que hacéis los
domingos. Cuando cantáis una copla, ¿qué es lo que oís? Si solo tuvierais la
nota que está sonando, no oiríais copla ninguna: oiríais golpes, uno detrás de
otro, y ninguno querría decir nada. Para que haya copla hace falta que lo que
acaba de sonar os dure todavía y que lo que viene os esté ya tirando. Eso que
hacéis sin pensarlo cada vez que cantáis es lo que yo estoy tratando de
deciros; y lo hacéis mejor de lo que yo lo digo.
Llamo trascender —y quizá la palabra sea desdichada, y si tenéis
otra la tomo de buen grado— a esa operación mínima que ninguno de vosotros ha
decidido hacer y que todos estáis haciendo mientras me oís: exceder el dato, ir
más allá de lo que en este punto se entrega. No es huida del mundo. Se me hace
plausible que sea la condición de que haya mundo.
Dicho más llano, para que no quede duda de qué estoy pidiendo y qué no:
trascender no es irse. No os estoy convidando a marcharos de aquí. Os estoy
señalando lo que ya hacéis sin permiso de nadie cada vez que os acordáis de
algo o esperáis a alguien.
Y si esto fuera así, entonces la trascendencia y la inmanencia no
serían dos casas enemigas entre las cuales hubiese que escoger, sino dos
dimensiones co-implicadas que se actualizan a la vez, en el mismo instante y no
en dos. No habitamos un presente puro y autosuficiente: habitamos un presente
continuo donde confluyen la retención de lo que fue y la espera de lo que
viene.
Y hay una tercera cosa que la plaza conoce mejor que la celda: que la
tierra misma aguarda. Que toda criatura gime y está de parto hasta ahora11,
lo escribió un hombre que no era poeta y que sin embargo dio con la única
imagen exacta: el parto no es huida del cuerpo, es el cuerpo trabajando hacia
lo que todavía no está. Si la espera fuese ajena a la tierra, la tierra no
estaría de parto: estaría quieta. Y quieta, hasta donde yo alcanzo, no la ha
visto nadie.
(Baja la lámpara. Habla más bajo, y este pasaje debe
sonar como si se le hubiera escapado.)
Diré por qué me importa, y perdonad que lo diga con lo mío, que es lo
único que tengo a mano. Yo tuve madre. Murió hace veintitrés años, un martes,
mientras yo estaba en otra ciudad discutiendo de teología con hombres que ya no
recuerdo. Si el ahora fuese un punto cerrado sobre sí, yo no podría recordarla:
tendría, cuando mucho, una imagen presente, un residuo, una figura pintada en
la cabeza. Y una imagen no es una persona. Que yo pueda recordarla a ella,
y no a su retrato, es que algo en mí excede lo que ahora se me da12.
(Aquí, y solo aquí, se oye la VOZ DE LA MADRE: cuatro
notas, sin palabra, desde un lugar que el espectador no puede localizar.
Arcanum no reacciona; no la oye. La oye la sala.)
Y por la otra punta lo mismo: que yo pueda esperar hallar en un
semejante el consuelo, el consejo y el amor que ella encarnó, es esa misma
operación vuelta hacia el otro lado. Quien no pudiera exceder el dato inmediato
no podría recordar a su madre ni esperar a un amigo, y me parece —según se me
alcanza a ver— que le quedaría muy poca tierra a la que ser fiel.
No digo que esto pruebe a Dios. Sería un salto, y sé que sería un
salto, y quien esté aquí para cazarme en ese salto puede descansar: no lo daré.
Lo que a mi juicio se sigue es menos, y es bastante: que el aquí y el ahora,
que es lo único inmediato, tiene más densidad si se lo piensa como puente que
si se lo piensa como punto. El presente no se empobrece por estar habitado de
memoria y de espera; se intensifica. El gozo de esta hora no mengua porque se
le sume la esperanza de mañana, y crece cuando en él se actualiza un ayer que
valió la pena13. Si esto es cierto, la fidelidad a la tierra no
exige cerrar el instante: exige ensancharlo. Otro conjeturó que cuanto por el
universo se desencuaderna está allá dentro ligado con amor en un solo volumen14;
yo no he visto ese volumen y no os pido que lo veáis. Solo os digo que quien
recuerda y quien espera está pasando las hojas de algo, aunque no sepa de qué
libro. Y entonces —pero esto ya es conjetura sobre conjetura— los que os hablan
de esperanzas sobreterrenales serían envenenadores no por hablar de esperanza,
sino por ponerla fuera de la tierra en vez de ponerla dentro del instante.
Y hay algo que me debo decir aquí, delante de vosotros, y no después en
el camino de vuelta. Todo esto os lo traigo en conjetura, y sé muy bien lo
cómodo que resulta. El que dice se me hace plausible no arriesga nada:
puede hablar una tarde entera sin que quede en prenda una sola cosa suya, y si
le derriban la mitad se queda con la otra y con la buena conciencia de no
haberla afirmado. Así que dejo la mía, que es la única que tengo. Si esto que
os digo fuera verdad —si el ahora es puente y no punto, y hacen falta las dos
orillas—, entonces mis diez años de montaña fueron un error, porque yo corté
una de las dos orillas y llamé pureza a haberla cortado. Mi propia conjetura me
condena la vida. No os la traigo porque me convenga: os la traigo porque no me
conviene, y porque si resultara falsa yo saldría mejor parado de lo que salgo.
(Silencio. Alguien tose. Un mercader arría su toldo
con estrépito y no pide disculpas.)
Del gran desprecio habláis también: de la hora en que la propia
felicidad da náusea, y con ella la propia razón, y la propia virtud, y la
propia justicia15. Conozco esa hora. La conocí un invierno, y no la
recomiendo ni la desprecio: vino sola y se fue sola. Y aquí se me acaba el
camino y lo digo donde se me acaba: el desprecio dice bien lo que uno no es.
Nunca he sabido cómo dice lo que uno debe ser. De la náusea sale una dirección
o no sale ninguna; si sale, no sé por qué vía; y si no sale, la hora del gran
desprecio no es la máxima vivencia, sino una hora perdida con muy buena prosa.
Esta pregunta os la hago de veras y no como figura: si alguno de vosotros ha
ido de la náusea a un camino, que me lo diga después, aunque yo no le guste.
Y hay algo que traía preparado y que no voy a decir. Traía en la boca
aquello de que no es vuestro pecado sino vuestra moderación lo que clama al
cielo16. Lo he repetido durante años en una celda. Lo dejo en el
camino de bajada. Quien llama tibieza desde fuera a la vida de un hombre que se
levanta a las cinco, sostiene a los suyos, entierra a sus muertos y no hace
daño, no ha vivido esa vida y no tiene el dato. Yo no lo tengo. Tal vez lo que
desde la montaña parece moderación sea, visto de cerca, una forma de valor que
no hace ruido; y si alguien ha de responder por no haber salido de aquí, no
seré yo quien redacte el cargo.
Pero no lo dejo del todo, porque retirar un cargo no es lo mismo que
retirar una pregunta, y la pregunta sigue en pie y os la hago de veras. La hago
primero contra mí, para que no parezca sentencia con otra ropa: ¿hay algo que
quisierais y no hacéis? Respondo yo el primero, y respondo corto. Quise
escribir lo que pensaba y no lo escribí. Cortaba piedra para un muro y no lo
terminé. Nadie me lo estorbaba, que allá arriba no hay nadie. No sé si a eso se
le llama moderación o se le llama otra cosa; sé que no lo sé, y por eso pregunto
en lugar de sentenciar. Quien tenga la respuesta que me la diga, aunque sea
para decirme que la pregunta está mal hecha.
Preguntáis, en fin, por el rayo y por la demencia: dónde está el rayo
que os lama con su lengua, dónde la demencia que habría que inocularos17.
Solo puedo deciros lo que no soy. Yo no soy ese rayo. No lo llevo en el zurrón,
no lo vendo, no lo administro, y no me atrevo a decir dónde cae ni sobre quién.
Sé de una locura que a los hombres pareció necedad y que fue tenida por más
sabia que los hombres18; pero eso lo sé de oídas y de lectura, no de
haberlo visto caer. Quien os diga en qué plaza y a qué hora cae el rayo, o sabe
más de lo que a un hombre le es dado saber, o está vendiendo algo.
(Baja la mano. El murmullo, que no había cesado, sube.
De la segunda fila se adelanta TEODORO VELA, con el cuaderno cerrado bajo el
brazo. No sube ningún peldaño: habla desde la plaza, y esa diferencia de altura
debe incomodar al espectador durante todo el intercambio.)
Teodoro Vela se adelanta desde la plaza. El compás y el
cuaderno, frente a frente; la diferencia de altura, intacta.
TEODORO VELA
(Sin hostilidad. Habla como quien corrige un examen
que le ha gustado.)
Peregrino: has hecho una cosa hábil y quiero nombrarla antes de que
pase, porque si no la nombro se te habrá concedido sin pelea. Has empezado
concediéndolo casi todo. Que el ascenso es real, que el gusano queda en ti, que
fuiste tú el envenenador, que tu sentencia sobre nuestra tibieza la dejas en el
camino. Yo te agradezco la cortesía y desconfío del método. Concediendo también
se conquista, y una razón mencionada con elogio no es una razón discutida. Así
que voy a discutirte la única que no concediste.
Dices que retenemos y aguardamos, y que en eso excedemos el dato. Es
verdad y no es tuyo: cualquiera que haya mirado un reloj lo sabe, y a mí me
pagan por medir tierras que no caben en una mirada. Pero mira lo que has hecho
con esa verdad. Del hecho de que la cabeza exceda el instante has
pasado, en tres frases y sin avisar, a que el hombre exceda la naturaleza.
Y no es lo mismo. Que yo no quepa en este segundo no dice absolutamente nada
sobre si hay algo fuera del mundo: dice que mi cabeza trabaja con dos manos,
una en lo que fue y otra en lo que viene. Es un dato de la carne, no una
puerta. Has llamado trascender a dos cosas distintas y luego has usado
la palabra una sola vez, que es como pesar en dos balanzas y anotar un solo
peso.
ARCANUM
(Después de un momento. Sin defenderse.)
Tienes razón en las dos cosas, y en la primera más que en la segunda.
La concesión que no discute es una figura retórica y no un argumento, y he
abusado de ella; te doy las gracias, aunque no te resulte cómodo dármelas. En
cuanto a la palabra: es verdad que la uso en dos sentidos, y no lo advertí
porque no lo tenía claro hasta oírtelo. Puedo decirte cuál es la diferencia, no
puedo decirte que la salvo. Lo que se me alcanza a ver es esto: que en el
recuerdo no se me da una imagen sino una persona, y que la persona no está en
la imagen. Si eso fuera solo carne trabajando, la carne estaría haciendo algo
que no se parece a lo demás que hace. No digo más, porque más no sé, y porque
el paso que tú denuncias no queda dado por decirlo con voz grave.
TEODORO VELA
(Abre el cuaderno, no lo mira, lo vuelve a cerrar.)
Entonces te queda una y es la que me interesa. Has dicho, y lo dijiste
bien, que toda razón cerrada sobre sí se vuelve ídolo, y que un concepto de
Dios fabricado por la cabeza es un ídolo también. De ahí sacas que nuestra
incredulidad no os refuta, sino que os limpia los altares, y que más allá del
ídolo quedaría el Dios vivo. Peregrino: eso es exactamente lo que tu propio
relato preveía que dirías. Vuestra fe cultivó durante siglos la voluntad de no
mentirse, y esa voluntad terminó volviéndose contra quien la crió; no se detuvo
en los dioses de piedra ni en los de argumento, y no veo por qué habría de
detenerse ante un dios depurado que ya no puede ser refutado porque ya no
afirma nada19. Un dios al que ninguna objeción alcanza porque
siempre está detrás del último concepto no es un dios: es un resto.
Y te lo digo en mi oficio, que es medir. Conozco a ese hombre: es el
que cada vez que le señalan un error en el plano contesta que el plano bueno
está en otra hoja, la que todavía no ha dibujado. Con esa hoja no se puede
discutir, porque no existe. Tampoco se puede vender. Lo que llamas docta
ignorancia, visto desde aquí, es el único lugar donde todavía cabe algo, y lo
que cabe en el único lugar que queda cabe porque no ocupa sitio.
ARCANUM
(Largo. Después habla más despacio que antes, y esto
no debe interpretarse como derrota: es un hombre midiendo. Sin ninguna
inflexión de dignidad herida, que sería otra forma de ganar.)
No tengo con qué responderte hoy. Y quiero decir con exactitud qué es
lo que no tengo, porque no saber y saber qué se ignora son dos estados
distintos, y solo el primero es una desgracia.
Y lo pongo en cosa de camino, que aquí se entenderá mejor. El que se
pierde de noche en el monte y no sabe ni por dónde anda está perdido, y además
está quieto, porque cualquier paso que dé puede ser el peor. El que se pierde y
ha llegado a saber que el río le queda al norte sigue perdido, y no te diré lo
contrario; pero ya puede andar, y si se equivoca podrá saber en qué se
equivocó. Yo no he bajado a deciros que encontré el camino. He bajado a
averiguar de qué lado me queda el río.
Hay dos salidas a mano y las dos son malas. Te las nombro yo, para que
no me creas si más adelante las tomo. La primera es contestarte que tu propia
voluntad de verdad tiene también una historia, y que la genealogía termina
alcanzándose a sí misma. Es cierto, y es un empate; un empate no restituye nada
y yo no he venido a empatar. La segunda es recordarte que de dónde procede una
creencia no se sigue si es verdadera. También es cierto, y aquí no sirve,
porque tú no has dicho que mi fe sea falsa por su origen: has dicho que la
exigencia de no mentirse, criada dentro de ella, no se detiene ante nada que
consuele. Eso no es un vicio de razonamiento que yo pueda señalarte: es la
descripción de un movimiento, y contra una descripción no vale una regla de
lógica.
De modo que lo que me llevo de tu plaza no es una respuesta. Es una
pregunta mejor que la que traje, y no diré que sea poco, porque con la que
traía no se podía trabajar. Bajé de la montaña creyendo que aquí se discutía si
Dios existe. Me voy sabiendo que lo que aquí se discute es si un hombre que se
ha prohibido consolarse puede todavía recibir algo sin llamarlo en el acto
debilidad suya. Esa pregunta no la tenía formulada antes de oírte, ni siquiera
para mí solo. La ignorancia con que subiré es más estrecha que la que traje, y
de eso te soy deudor.
TEODORO VELA
(Sin ceder un punto.)
Una pregunta mejor no es una respuesta, peregrino. Y estrechar la
ignorancia también lo hace el que cava un pozo.
TEODORO VELA
(Da un paso. Por primera vez le tiembla la voz, y debe
temblarle poco, casi nada.)
Te voy a decir la que de verdad me importa, y no es de argumento. Has
hecho un elogio hermoso del presente ensanchado: la memoria por un lado, la espera
por el otro, y en medio el hombre, más denso. Yo tengo memoria. Se llamaba
Elena y tenía nueve años, y llevaba las cuentas del cuaderno mejor que yo.
Espera no tengo ninguna. Tu puente tiene un pilar caído de este lado, y por lo
tanto no es un puente: es una tabla sobre un pozo. Y mira lo que hace conmigo
tu doctrina, peregrino, si es verdadera. Si el presente se intensifica cuando
se actualiza en él un ayer que valió la pena, entonces cuanto más valió, más
pesa. Tú me ofreces densidad. A mí la densidad me está costando levantarme por
las mañanas. Yo no vine aquí a que me quitaran a Dios; vine a que me
devolvieran la mañana del jueves, y nadie de los tuyos ni de los míos tiene eso
en la bolsa.
Arcanum
abre la boca y no dice nada. Empieza a alzar el compás —el gesto con que ha
abierto todos sus parlamentos— y se detiene a media altura; lo cierra y se lo
guarda en el bolsillo del pecho, donde no volverá a aparecer en toda la escena.
Después baja los tres peldaños y queda de pie sobre las piedras de la plaza, a
la altura de Vela y no por encima. Es la primera vez en el panel que los dos
hombres se miran al mismo nivel, y ese descenso de tres peldaños es el
movimiento entero de la escena: no debe suprimirse en ninguna puesta ni
adornarse en ninguna.
LA
ORQUESTA NO ENTRA. Instrucción expresa al director: este silencio no se cubre,
no se subraya y no se acorta. Dura lo que dure la incomodidad de la sala, y el
compás siguiente no empieza hasta que el público ha dejado de esperar que
empiece. El bando del protagonista está aquí silenciado en escena, y esa es la
medida de honestidad de este panel.
ARCANUM
(Ya abajo, cerca. No hay consuelo en la voz, y tampoco
hay derrota: hay exactitud.)
No voy a decirte nada de tu hija. Y no es que me falten las palabras:
sé cuáles serían y sé para qué servirían, que es para que yo saliera entero de
esta plaza. Hay una ignorancia que se padece y hay otra que se elige, y esta la
elijo, y la elijo sabiendo lo que elijo.
De lo que sí puedo hablarte con alguna certeza es de mí, que es de lo
único que me queda. Bajé de la montaña creyendo que traía algo. Lo que traía no
toca este lugar. No sé si hay algo que lo toque; sé, desde hace un momento y no
antes, que si lo hay no tendrá forma de argumento, y que yo he pasado diez años
buscándolo en la única forma en que no estaba. Eso me lo has enseñado tú, y no
me lo agradezcas: no era tu intención y me ha costado el viaje entero.
(Pausa breve. Después, sin cambiar de tono, como quien
pregunta la hora.)
¿Llevaba las cuentas mejor que tú de verdad, o lo dices como padre?
TEODORO VELA
(Lo mira por primera vez a la cara.)
De verdad. Restaba de memoria.
ARCANUM
(Asiente una sola vez. Es todo lo que ha ganado hoy y
debe verse que lo sabe.)
Entonces sé una cosa más que hace un momento, y no es doctrina. Solo te
pido algo que tampoco lo es: no me creas por cortesía.
TEODORO VELA
(Se guarda el cuaderno. Casi amable, y sin conceder
nada.)
Descuida. Y no vuelvas con respuestas.
Rumor
creciente. En lo alto, EL VOLATINERO ha empezado a moverse, y la plaza lo
advierte antes que los dos hombres. Las cabezas se vuelven hacia arriba en una
sola ola.
CORO II — LA PLAZA
(Hablado, en canon irregular, sin altura definida.)
¡Basta de parábolas, caminante! — ¡Ya te oiremos otra vez sobre esto!20
— ¡El volatinero! ¡Que suba el volatinero!
La
multitud se cierra hacia el centro de la plaza dando la espalda a la
escalinata. Arcanum queda solo en los tres peldaños, que ahora no son una
altura sino un sobrante. Guarda el compás. Aprieta el bastón de olivo.
Desciende los tres peldaños que subió, ni uno más.
Al
pie de la escalinata, junto al pedestal sin estatua, hay una figura de mujer
que no estaba antes y que nadie ha visto llegar: LA DUDA CARTESIANA, con un
espejo de mano y un trozo de cera entre los dedos. No mira a Arcanum: mira la
cera, y la va ablandando con el pulgar mientras habla.
LA DUDA CARTESIANA
(Sin levantar los ojos. Tono de trámite.)
Puedes irte. Yo no discuto en plazas, y con este señor no tengo nada
que tratar: él ya es mío y no lo sabe. A ti te espero en el camino, donde no
hay nadie que aplauda. Y no te preguntaré por Dios, peregrino, que esa pregunta
es tardía y os entretiene mucho. Te preguntaré por ti.
Arcanum
se detiene ante el pedestal mutilado. Acerca la lámpara a la piedra picada y
lee lo que queda de la inscripción antigua: IGNOTO. Lee dos veces. Pasa la mano
por el corte del cincel.
El pedestal sin estatua, con lo único que el cincel no
alcanzó a borrar. Arriba, el volatinero cruza la maroma y la plaza mira hacia
él.
ARCANUM
(Para sí, sin énfasis. No es un hallazgo triunfal y no
debe sonar como tal: es un hombre que reconoce una letra.)
Ignoto Deo. «Al Dios no conocido»21. También en
Atenas había uno, y quien lo leyó allí no dijo que lo conocía él: dijo que
ellos lo adoraban sin conocerlo, y le rieron igual. No sé si esta piedra la
picó el odio o el olvido, y sospecho que el olvido pica más hondo. Pero alguien
la escribió, y la escribió así, y en esa palabra —no conocido— cabe más
verdad de la que yo he traído hoy en toda mi bolsa.
(Levanta la lámpara. La llama está muy baja. No la
apaga: recorta la mecha con dos dedos, para que dure.)
Tempus tacendi, et tempus loquendi22. Hablé mal, y
ahora callo un poco mejor, que es toda la ganancia del día y no la desprecio.
Queda una sospecha y la dejo dicha aquí, junto a la piedra, por si alguien
viene detrás: que un hombre puede aprender a callar por paciencia y puede
aprenderlo por comodidad, y que desde fuera los dos silencios suenan igual. El
mío no lo juzgo yo, que soy parte. Y para que esto no se quede en palabra
bonita, digo aquí en qué se conocerá, y lo digo antes y no después, que es la
única manera de que valga algo: si de aquí a que yo vuelva a esta plaza no hay
nadie que coma de lo que yo haga —nadie, y no me vale un discípulo que me
admire ni un renglón que me alabe—, entonces el silencio fue comodidad, la
ignorancia que traigo es un pozo y lo que os he dicho esta tarde no valía el
rato que me habéis dado. No lo declararé yo. Que lo diga el hombre del
cuaderno, que no me debe nada y no tiene por qué ser amable.
Estalla
la música del volatinero. La plaza entera mira hacia arriba y ruge. Sobre la
maroma, el hombre avanza con la pértiga y no hay en él ninguna alegoría:
solamente un oficio peligroso hecho bien, que es lo que la gente ha venido a
ver, y que acaso lo merezca.
Arcanum
sale por donde entró, sin volverse. La niebla lo toma antes de que llegue al
final de la plaza. Queda encendido el pedestal por la luz de un farol, y la
palabra IGNOTO se lee durante cuatro segundos más que el resto de la escena.
TELÓN.
La luz no baja del todo: se queda en el nivel de los faroles, y el último foco
en apagarse es el del pedestal.
–*–
Segunda escena
Camino — La cera y la higuera
–*–
Reparto y límite funcional de las figuras
ARCANUM.
Ánima intelectual en transición. Régimen cognitivo: docta ignorancia progresiva
y no duda. Límite funcional: en esta segunda escena es corregido y debe
aceptarlo sin elegancia; la puesta no le concederá el consuelo de encajar bien
el golpe. Lleva el bastón de olivo, la lámpara con la mecha recortada y, en el
bolsillo del pecho, el compás que guardó en el ágora y que aquí no vuelve a
sacar.
LA DUDA
CARTESIANA. Figura alegórica en sentido estricto: no evoluciona, no tiene
biografía, no puede ser persuadida y su derrota no probaría nada. Viste de gris
ceniza, sin insignias. Objetos: un espejo de mano y un trozo de cera que
ablanda con el pulgar mientras habla. Límite funcional: sale de esta
escena exactamente igual que entró, y la escena declara que no la ha refutado.
SABINA
RIQUELME, farolera del cabildo. No es figura alegórica, no encarna a la
sabiduría popular y no debe interpretarse con dulzura. Enciende, limpia y
despabila los cuarenta faroles de la plaza y de las tres calles que salen de
ella, dos veces al día. Objetos: una escalerilla de mano, una aceitera de
cobre, tijeras de despabilar y un trapo sucio. Biografía: cuarenta y un años,
no sabe leer, sostiene a un hermano impedido. Límite funcional: no
argumenta y no debe hacérsele argumentar; corrige por lo que hace y por dos o
tres preguntas prácticas. Tiene prohibido convertirse en ejemplo, y la escena
le concede rechazar ese papel expresamente.
VOZ DEL
MONJE BENEDICTINO. Memoria, no aparición. Se oye una vez, en latín, y dice
una sola línea de la Regla. No dialoga.
CORO — LA
PLAZA, A LO LEJOS. La música del volatinero se oye desde el otro lado del
muro durante toda la escena, apagándose por grados.
–*–
Acotación inicial
El
camino de salida del pueblo, media hora después. La niebla ha bajado y ahora es
un frío húmedo que se ve contra la luz. A la izquierda, el muro trasero del
ágora, y en él el último farol del cabildo, apagado. A la derecha, una higuera
silvestre de tronco grueso y ramas secas, sin una hoja: lleva años sin dar y
nadie la ha cortado porque no estorba. Al fondo, difusa, la música de la plaza,
que celebra al volatinero y que irá apagándose hasta desaparecer en el último
tercio de la escena.
ARCANUM
avanza por el camino con la lámpara baja. Camina como quien ha decidido subir y
todavía no ha empezado a subir. Al llegar al mojón de piedra que marca el
término del pueblo se detiene, porque en el mojón hay alguien sentado.
LA
DUDA CARTESIANA no se levanta. Tiene el espejo boca abajo sobre la rodilla y va
ablandando con el pulgar el trozo de cera. Cuando habla no mira al peregrino:
mira la cera.
El camino de salida: el mojón, la higuera seca y el
último farol apagado. Al fondo, la plaza sigue en lo suyo.
–*–
Diálogo
LA DUDA CARTESIANA
(Sin saludo. Continúa una conversación que para ella
no se había interrumpido.)
Mira esto. Es cera de la colmena; conserva el sabor de la miel y el
olor de las flores, y está fría, y suena si la golpeo. Ahora la acerco a la
lámpara. Se va el sabor, se va el olor, cambia el color, cambia la figura,
crece, se hace líquida, arde, y ya no suena si la golpeo23. Ninguna
de las cosas por las que yo la conocía sigue ahí. Y sin embargo dirás que es la
misma cera. ¿Con qué la conociste, peregrino, si no fue con los sentidos, que
se han ido todos?
ARCANUM
(Sin recelo. Este intercambio empieza como una
conversación entre técnicos y así debe interpretarse.)
Con el entendimiento solo, y lo concedo sin regatear: es tuya la
observación y es exacta. También la haría mía Agustín, y antes que él Platón, y
no es ahí donde tú y yo diferimos.
LA DUDA CARTESIANA
(Ahora sí levanta la vista.)
No he venido a hablar de cera. He venido a hacerte a ti lo que le hice
a ella. Quítate el hábito, que ya no llevas. Quítate la montaña; son diez años,
pero son un lugar, y los lugares se dejan. Quítate al maestro benedictino, que
está muerto y que además, si vivo estuviera, podría equivocarse. Quítate a la
madre: es un recuerdo, y ya has admitido en la plaza que del recuerdo no se
sigue nada. Quítate la palabra Ignoto de una piedra picada, que es una
piedra picada. Quítate las citas, que son de otros. Y dime qué queda.
ARCANUM
(Después de un momento.)
Queda el que va quitando.
LA DUDA CARTESIANA
(Sin triunfo. Con la satisfacción neutra del que
reconoce su propia mercancía.)
Exactamente. Eso es mío y lo has dicho tú. Y ahora considera lo que has
dicho, que es menos de lo que crees: eso que queda no tiene madre, ni oficio,
ni deuda, ni plaza, ni hija muerta que llevara las cuentas. Tiene una sola
propiedad, y es que está pensando. De ahí no se sale con otro argumento,
peregrino, porque fue con un argumento como entraste. Puedes pasarte la vida
afinando lo que ignoras; te felicito por el método, es limpio. Pero afinar
dentro de una habitación cerrada es amueblarla.
(Arcanum abre la boca para responder. Ha encontrado la
respuesta: se le nota en la cara que la tiene y que es buena. Y entonces —)
SABINA RIQUELME
(Desde detrás de él, con la escalerilla al hombro y la
aceitera en la mano. Tono de quien lo dice quince veces por noche.)
Señor. El farol.
Instrucción
expresa al director y al actor: la frase de Sabina cae encima de la primera sílaba de Arcanum, no después.
La orquesta corta el número del peregrino a mitad de compás y entra el número
de la escalerilla, que es breve, diatónico y sin ninguna solemnidad. Este es el
pasaje prescrito por R14: el bando del protagonista no queda silenciado por una
objeción grave, sino por una mujer que necesita llegar a un farol. Debe
resultar cómico durante dos segundos y dejar de serlo al tercero.
Arcanum
se aparta. Sabina apoya la escalerilla contra el muro, sube tres peldaños —los
mismos tres que él bajó en la plaza—, abre el vidrio, limpia el tubo con el
trapo, despabila la mecha con las tijeras, echa aceite de la aceitera y prende.
El farol da luz. Todo esto se hace despacio y sin música, y dura lo que dura.
Los mismos tres peldaños, subidos por otra persona y
para otra cosa. Él sujeta; ella trabaja.
ARCANUM
(Cuando ella baja. Con torpeza; es la primera vez en
cuatro escenas que no sabe cómo empezar a hablar.)
Estabais detrás de mí. En la plaza. Todo el tiempo.
SABINA RIQUELME
Sí.
ARCANUM
¿Esperando qué?
SABINA RIQUELME
(Enrollando el trapo.)
A que se moviera. El farol de la escalinata es el tercero de la ronda y
usted estaba encima. Lo dejé para el final y por eso llego tarde a estas tres
calles, y por eso mi hermano cena tarde. No se lo digo para ofenderlo. Se lo
digo porque me lo ha preguntado.
(Silencio. La música de la plaza suena más lejos.)
SABINA RIQUELME
(Sin curiosidad particular, como quien pregunta por un
oficio ajeno.)
¿Y usted qué hace?
ARCANUM
(Empieza tres veces.)
Estuve diez años en la montaña.
SABINA RIQUELME
Eso es dónde. Le he preguntado qué.
ARCANUM
Rezaba. Leía. Cortaba piedra para un muro que no llegué a terminar.
Pensaba, y creo que pensé bien; algunas cosas que pensé allí son verdaderas y
podría defenderlas.
SABINA RIQUELME
¿Y quién comía de eso?
Arcanum
no responde. Debe verse que no está buscando una respuesta ingeniosa: está
haciendo la cuenta, y la cuenta es corta. Levanta la lámpara sin darse cuenta
de que la levanta, y la llama sigue baja.
ARCANUM
(Al fin, y esto no debe decirse con amargura sino con
la exactitud de un inventario.)
Nadie. El muro no se terminó, la piedra sigue en el suelo, y lo que
pensé no lo ha leído nadie porque no lo escribí. Un hermano lego me subía el
pan dos veces por mes y yo no supe nunca de dónde venía la harina.
(Se vuelve hacia la higuera seca del otro lado del
camino y la mira un momento largo.)
Hay una sentencia del Sermón del Monte que he citado toda mi vida
contra otros. A fructibus eorum cognoscetis eos: «Por sus frutos los
conoceréis». Y sigue: Numquid colligunt de spinis uvas, aut de tribulis
ficus? — «¿Por ventura cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?»24.
La usé contra predicadores, contra príncipes y contra un obispo, y nunca se me
ocurrió que fuese una regla y no un arma; y una regla, si vale, vale también
contra quien la esgrime. Traigo en la mano un bastón de olivo. Es madera de un
árbol que da fruto, cortada de modo que no dé ninguno. Me ha servido diez años
para apoyarme y he predicado con él en alto.
Los muchachos que me oyeron esta tarde no necesitan más explicación que
esta, y me avergüenza no habérsela dado allí: el palo con que predico fue un
árbol que daba aceitunas, y desde que lo cortaron no ha dado ninguna. Sirve
para andar. No sirve para comer. Yo he sido el palo.
LA DUDA CARTESIANA
(Desde el mojón, sin moverse. Tono de quien señala un
defecto de procedimiento.)
Adviértele que tu criterio no me alcanza. Frutos supone otros que los
coman; otros supone un mundo; y el mundo es precisamente lo que yo no te he
concedido. Puedes juzgarte por tus obras cuando hayas probado que hay a quién
dárselas.
ARCANUM
(Y aquí, por primera vez en la escena, con firmeza;
pero es una firmeza que renuncia y no una que vence.)
No lo he probado y no voy a probarlo esta noche, y sé que quedas
intacta. Solo digo esto, y es menos de lo que pareces temer: que llevo veinte
años dentro de tu habitación afinando la descripción de sus paredes y llamando
a eso progreso, y que esta señora, que no ha entrado nunca en ella, ha
encendido cuarenta faroles mientras yo la describía. No te he refutado. Me voy
sin refutarte, que es distinto de vencerte y distinto también de darte la
razón.
(Desde el muro, muy quedo, la VOZ DEL MONJE
BENEDICTINO, en latín, una sola línea, sin traducción en escena.)
VOZ DEL MONJE BENEDICTINO
Otiositas inimica est animae25.
ARCANUM
(A nadie. Reconociendo una frase que creía saber.)
Cuarenta años leyendo esa Regla y siempre entendí que hablaba del ocio
de los otros.
(Se vuelve a Sabina. Y aquí llega la corrección
propiamente dicha, que no versa sobre la montaña sino sobre la tarde de hoy.)
Hay algo peor y quiero decirlo antes de que se me pase el valor. Esta
tarde, en la plaza, un hombre me habló de su hija muerta. Y yo, al final, le
pregunté si de verdad restaba de memoria. Salí de allí contento con esa
pregunta; me pareció que era lo único honrado que había hecho en todo el día,
porque no era doctrina. Y era doctrina. Le pedí un dato sobre la niña y no le
pregunté cómo se llamaba. Me llevé una prueba de que mi tesis no le servía, que
es una manera fina de llevarse una prueba. La niña, para mí, sirvió.
SABINA RIQUELME
(Sin ninguna solemnidad, mientras recoge la
escalerilla.)
Elena. Se llamaba Elena. Yo le encendía el farol de su calle y ella
salía a mirar cómo lo hacía. Le tenía prohibido tocar las tijeras.
Arcanum
recibe el nombre de pie y sin decir nada. Aquí el violonchelo cita el incipit
de la línea de Elena de la primera escena y se interrumpe antes de completarlo.
No hay ampliación de la luz ni de la dinámica.
ARCANUM
(Después. Práctico, que es la única forma en que puede
seguir hablando.)
La escalerilla pesa. Se apoya mal en ese muro, que está combado. Si la
sujeto por abajo subís con las dos manos libres y no tenéis que agarraros al
vidrio, que quema.
SABINA RIQUELME
(Lo mira. Se encoge de hombros.)
Sujétela.
Van
juntos al farol siguiente. Ella sube, él sujeta la escalerilla. No hablan. Esta
es toda la acción de la escena y debe durar más de lo que el espectador espera:
dos faroles enteros, con sus tiempos reales de limpiar, despabilar, echar
aceite y prender. No hay música. Al segundo farol, alguien de una ventana da
las buenas noches y ella contesta por su nombre.
ARCANUM
(Al terminar el segundo farol, todavía sujetando la
escalerilla, y sin mirarla.)
Podría hacer esto. No lo digo por decir: tengo brazos y no tengo nada
que hacer mañana.
SABINA RIQUELME
(Bajando. Cortante, y esto es de cumplimiento
obligatorio: no puede sonar tierno.)
No. Y no me ponga de ejemplo, que le veo la cara y ya me está poniendo.
Yo no enciendo faroles por bondad. Los enciendo porque el cabildo me paga
catorce reales al mes y porque mi hermano come de eso, y en invierno el aceite
lo pongo yo y me lo descuentan, y cuando llueve no me levanto contenta. Si
mañana me pagaran por barrer, barrería. Usted haga lo suyo, sea lo que sea,
pero hágalo; y si no sabe cuál es lo suyo, eso no lo arregla cargando mi
escalera.
(Arcanum tarda en contestar. Cuando lo hace, no es
para replicarle.)
ARCANUM
Esta tarde pregunté una cosa en la plaza y no me contestó nadie. Si
había algo que quisieran y no hacen.
SABINA RIQUELME
(Sin dejar de enrollar la cuerda de la escalerilla.)
Cobrar el aceite. Lo pongo yo en invierno y me lo descuentan, y llevo
cuatro años pidiéndolo. No es que no me atreva: es que no me reciben, porque
hay que llevarlo por escrito y firmado y yo no sé hacer la letra. ¿Usted sabe
escribir?
ARCANUM
Sé.
SABINA RIQUELME
(Se echa la escalerilla al hombro. No es un favor lo
que pide y no debe sonar como tal.)
Entonces el jueves, cuando acabe con los colchones, me escribe el
pedido. Las cuentas se las digo yo de memoria, que las llevo desde hace cuatro
inviernos y no me falla una. Y lo escribe como se escriben esas cosas, no como
habla usted en las plazas.
(Arcanum asiente. No dice nada, y la escena tiene
prohibido concederle aquí una frase. Lo que acaba de recibir no es una lección
ni un perdón: es un encargo, y es el primero que recibe en toda la serie.)
(Larga pausa. Arcanum asiente una vez.)
ARCANUM
¿Dónde vive el hombre del cuaderno? El agrimensor.
SABINA RIQUELME
Calle de los Tintes, la casa del portón verde. Y no vaya esta noche,
que no le abrirá. Vaya el jueves por la mañana, que es cuando saca a orear los
colchones y necesita quien le sostenga el otro extremo.
Sabina
se echa la escalerilla al hombro y se va hacia las tres calles sin despedirse.
Arcanum se queda en el camino, entre el mojón y la higuera. Mira hacia arriba,
hacia el sendero de la montaña, que está oscuro. Después mira hacia atrás,
hacia la plaza, donde la música del volatinero ya se ha apagado del todo y
quedan encendidos los faroles.
LA DUDA CARTESIANA
(Se levanta por fin. Guarda la cera, no el espejo.)
Ve, si quieres. Sostén el colchón. No has resuelto nada de lo mío y lo
sabes: podrías estar soñando el jueves, el portón verde y los cuarenta faroles,
y sostener un colchón que no existe con unos brazos que tampoco. Yo no me voy a
ninguna parte, peregrino; estaré en el camino de vuelta, y estaré también
dentro de la casa. Solo te advierto una cosa, y te la digo sin malicia porque
no la necesito: si vas el jueves y sirves de algo, no será porque me hayas
contestado.
ARCANUM
(Ya de espaldas, empezando a bajar hacia el pueblo.)
Lo sé. Y no sé si eso es una derrota. Tampoco lo sabré el jueves por mí
mismo, y eso es lo único que he aprendido hoy: lo sabrá quien reciba el pedido,
o quien no lo reciba. He dejado dicho en la plaza en qué se me conoce, y lo
dejé dicho antes de que ocurriera, que es la única manera. Es todo lo que un
hombre puede hacer con una conjetura suya: ponerla donde otro pueda tumbarla, y
no quedarse él con la vara.
Arcanum
baja por el camino hacia el pueblo. Al pasar junto a la higuera seca se detiene
un instante, apoya la mano en el tronco —no la bendice, no la corta: la apoya,
como quien comprueba si está muerta del todo— y sigue.
Queda
en escena LA DUDA CARTESIANA, sola, con el espejo. Lo vuelve boca arriba y se
mira, y lo que se ve es lo único que ella admite. Los faroles siguen
encendidos. La lámpara de aceite de Arcanum, que él se ha llevado, sigue con la
llama baja: nadie la ha rellenado y la escena no debe sugerir que alguien lo
hará.
Arcanum vuelve hacia el pueblo, no hacia la montaña. La
higuera queda donde estaba y la Duda no se ha movido de su piedra.
TELÓN.
–*–
Colofón
Escena redactada el 28 de agosto de 2026 — LV
Tercera entrega de El peregrinar de Arcanum, en dos
escenas. La primera adapta el tercer discurso del prólogo de Also sprach Zarathustra, de Friedrich Nietzsche. La
segunda transcurre media hora después, en el camino de salida del pueblo, y
corrige a la primera.
Citas de la Escritura por la Vulgata Clementina, en la
traducción castellana de Felipe Scío de San Miguel (1793). Dante por la
traducción en prosa de Manuel Aranda y Sanjuan.
Revisión y actualización: 29.08.26. Villa Filomena,
permalink: [—]
Doble datación: 28.08.2026 / 15 Elul, 5786
–*–
Aparato crítico
El aparato
cubre las dos escenas: las notas I a XV corresponden a Ágora, las XVI a
XX a Camino, y las XXI a XXIII se hacen cargo de tres problemas de
procedimiento —la prenda que arriesga toda conjetura mayor, la crítica que
sobrevive a su propia retirada, y el veredicto sobre si el método sirve de
algo— que atraviesan las dos escenas y por eso se tratan juntos, al cierre.
Cada nota consta de dos cuerpos: (A) identificación de la fuente y
análisis metafísico-teológico; (B) contraste con la propuesta inmanente.
Se ha procurado que al menos una nota se haga cargo de un problema y no de una
cita, y que las concesiones que las escenas no resuelven queden aquí
consignadas antes que disimuladas.
Notas a la
primera escena
Nota I. El
polígono, la circunferencia y el «hombre superior»
(A) El
argumento central del primer bloque del discurso procede de De docta
ignorantia I, 3, donde Nicolás de Cusa establece que entre lo finito y lo
infinito no hay proporción, y de I, 4 y II, 1, donde la figura del polígono
inscrito se convierte en emblema del entendimiento creado. La fuerza del lugar
cusano está en que sostiene dos tesis a la vez sin que ninguna anule a la otra:
el polígono se acerca de verdad —el progreso intelectual y moral no es
ilusorio— y el polígono no llega nunca, porque la diferencia con la curva no es
de cantidad sino de género. Arcanum no emplea la figura para desacreditar el
esfuerzo humano; la emplea para determinar qué clase de cosa puede ser su
resultado. De ahí la formulación que la escena pone en su boca: un hombre
superior sería un polígono de más lados, lo cual es mucho y no es otra cosa.
Conviene subrayar que esta conclusión no es una refutación del Übermensch:
es una traducción de la propuesta a los términos de otra metafísica, y solo
tiene fuerza probatoria para quien ya admita esos términos. La escena no debe
presentarla como victoria.
(B)
Para Nietzsche, la objeción sería un ejemplo de manual de lo que él llama la
interpretación del devenir desde el ser. El Übermensch del prólogo no es
el término de una serie ni el punto de llegada de una escala metafísica; es una
figura de la voluntad que crea valores, y preguntar si «alcanza la
circunferencia» es aplicarle una vara que él ha declarado nula. El inmanentismo
puede además invertir el argumento: si toda medida procede de la circunferencia
y la circunferencia es inaccesible, entonces la afirmación de que existe una
circunferencia es ella misma un lado del polígono, y el peregrino ha usado como
criterio lo que solo podría tener como conclusión. Arcanum no responde a esto
en escena. El presente aparato registra que la objeción es buena y que la serie
no la ha respondido.
Nota II. Pulvis
es: la fidelidad a la tierra tiene texto bíblico
(A)
Génesis 3, 19 en la Vulgata: pulvis es, et in pulverem reverteris; Scío
traduce «polvo eres, y al polvo volverás». La cita cumple en la escena una
función precisa: impedir que el litigio se organice como oposición entre una
religión enemiga de la tierra y un naturalismo amigo de ella. El versículo
atribuye al polvo el cuerpo entero del hombre y no reserva una porción exenta;
y la tradición que lo lee —desde Tertuliano hasta la doctrina de la
resurrección de la carne— fue precisamente la que combatió el desprecio
gnóstico de la materia. Puede añadirse el testimonio del Salmo 138 (139), 8, si
ascendero in caelum, tu illic es: si descendero in infernum, ades, que Scío
vierte «si subiere al cielo, tú allí estás: si bajare al infierno, allí estás
presente», y que en la economía de la serie funda la tesis de que ninguna
posición —cumbre o valle— acerca más que otra, con la consecuencia práctica que
el perfil canónico deriva: la elección del lugar solo puede decidirse por el
bien de los demás.
(B) El
contraste inmanente no niega el versículo: lo acepta y le quita la segunda
mitad. Para Nietzsche, el problema del cristianismo nunca fue que despreciara
el polvo, sino que le prometiera dejar de serlo; la promesa, no el diagnóstico,
es lo que convierte al creyente en un ser resentido contra su propia condición.
Y hay una versión más dura, que la escena no recoge y que conviene consignar:
que un texto que hace del polvo un castigo por una falta no está afirmando la
tierra, sino condenando al hombre a ella. La lectura de Arcanum —el versículo
como reconocimiento y no como sentencia— es defendible exegéticamente, pero no
es la única, y no queda demostrada por el hecho de ser más generosa.
Nota III.
Los tres presentes: la co-implicación de trascendencia e inmanencia
(A)
Esta es la nota doctrinalmente central del panel y la que incorpora la adenda
al perfil canónico. La fuente mayor es Confesiones XI, 20, 26: no hay
tres tiempos, sino tres modos del presente, praesens de praeteritis memoria,
praesens de praesentibus contuitus, praesens de futuris expectatio
—presente de lo pasado, la memoria; presente de lo presente, la atención;
presente de lo futuro, la espera—. En XI, 26, 33 Agustín llama al alma así
constituida distentio animi, extensión o distensión del ánimo. La
fenomenología del siglo XX formalizó esta estructura con los términos de
retención y protención, y de ellos se sirve el planteamiento aquí adoptado;
pero conviene advertir que se trata de una descripción de la conciencia del
tiempo y no de una prueba de la existencia de un término trascendente. La tesis
que la escena sostiene es, por tanto, la siguiente y no más: que el presente no
es un punto estático y aislado sino un puente temporal donde se articulan
memoria y expectativa, y que considerarlo así le otorga mayor densidad
ontológica al aquí y ahora, que es el único ámbito dado de modo inmediato a la
percepción. La teología clásica añade que esta densidad no compite con la
inmanencia divina sino que la supone: Deus est in omnibus rebus, et intime,
escribe Tomás en Summa Theologiae I, q. 8, a. 1, y en I, q. 10, a. 1
define la eternidad, con Boecio, como posesión entera y simultánea de una vida
interminable —lo cual sitúa la relación entre tiempo y eternidad fuera del
esquema de dos esferas rivales y dentro del de dos órdenes co-implicados. Nada
de esto autoriza a confundir la co-implicación con identidad: la inmanencia
divina es presencia del Creador en lo creado por esencia, potencia y presencia,
no participación de lo creado en la sustancia divina, y la serie debe cuidar
esa frontera cada vez que roce el vocabulario de la co-implicación.
(B)
Aquí es donde el adversario tiene razón, y la escena se la da. La objeción de
Vela es la única que un lector filosóficamente formado hará de inmediato y no
debe ser postergada: el hecho de que la conciencia exceda el instante no dice
nada acerca de si algo excede la naturaleza. Hay dos sentidos de trascender
—el horizontal, que nombra el exceso sobre el dato inmediato y es un hecho
descriptible, y el vertical, que nombra el orden infinito y no es un hecho
descriptible— y el discurso de Arcanum los recorre con una sola palabra. La
escena hace que el adversario lo denuncie y que el protagonista lo admita sin
salvarlo, porque en efecto no está salvado. Se consigna aquí, en cumplimiento
de R11: el paso del exceso temporal al exceso metafísico no queda
establecido en este panel, y la serie no debe usarlo como premisa en los
paneles siguientes mientras no lo establezca. Lo único que puede sostenerse
por ahora, y es menos, es que la conciencia del tiempo tiene una estructura que
la reducción al puro instante no describe bien; y que esa insuficiencia
descriptiva es un problema para el inmanentismo estricto, no una victoria para
nadie.
Nota IV. La
madre: Ostia y el recuerdo de la persona
(A) El
pasaje del recuerdo materno tiene su matriz en Confesiones IX, 10,
23-26, la conversación de Agustín y Mónica en la ventana de Ostia, donde madre
e hijo, hablando, ascienden por grados desde los cuerpos hasta rozar por un
instante la Sabiduría eterna, y descienden luego «al ruido de nuestra boca». La
escena de Ostia es el lugar clásico donde la memoria de una persona concreta y
la apertura a lo eterno no se estorban sino que se sostienen mutuamente, y por
eso es el respaldo natural de la adenda. Corresponde a Confesiones X, 8,
12-15 la doctrina de la memoria como los «anchos palacios» donde el alma se
encuentra a sí misma sin agotarse. El argumento fino que la escena pone en boca
de Arcanum —que en el recuerdo se me da la persona y no la imagen— tiene apoyo
en la doctrina tomista del acto intelectivo: la species no es aquello
que se conoce sino aquello por lo cual se conoce (Summa Theologiae I, q.
85, a. 2), de modo que el término del acto de recordar es la cosa recordada y
no el fantasma. Si esto es exacto, el recuerdo de la madre no es la
contemplación de un residuo psíquico, sino una relación real con quien fue,
mediada por una imagen que no es su objeto.
(B) El
inmanentismo dispone de una réplica fuerte y económica: la distinción entre species
qua y species quae es un artefacto de la teoría escolástica del
conocimiento, y una teoría más pobre —la de que recordar es reactivar un
patrón— explica los mismos hechos sin postular relación alguna con un ausente.
Que la experiencia del recuerdo se sienta como relación con la persona es
exactamente lo que cabría esperar de un mecanismo eficaz, y la fenomenología
del acto no arbitra entre las dos hipótesis. La escena no zanja esta disputa;
hace decir a Arcanum que si eso fuera solo carne trabajando, la carne estaría
haciendo algo que no se parece a lo demás que hace, lo cual es una impresión
bien formulada y no un argumento, y como tal debe leerse.
Nota V. La
esperanza: pasión, virtud y el gemido de la creatura
(A)
Romanos 8, 22: scimus enim quod omnis creatura ingemiscit, et parturit usque
adhuc; Scío: «porque sabemos que todas las criaturas gimen, y están de
parto hasta ahora». La imagen paulina es la que permite a Arcanum sostener que
la espera no es un añadido extraño a la tierra sino un modo de su actividad. En
el orden especulativo, la esperanza recibe su tratamiento clásico en Summa
Theologiae II-II, q. 17, a. 1: su objeto es un bien futuro, arduo y posible
de alcanzar; la esperanza no es certeza y no puede serlo sin dejar de ser
esperanza. Esto importa para la coherencia de la serie: si el presente se
ensancha por la protención, lo que lo ensancha no es una garantía sino una
tensión hacia algo no poseído, y por eso la densidad que la adenda reclama para
el ahora es una densidad conjetural. El verso del Paraíso XXXIII, 85-87
—cuanto por el universo se desencuaderna, allá dentro ligado con amor en un
solo volumen— se cita en la escena como conjetura declarada y no como
descripción, y así debe representarse: sin ampliación de la luz ni refuerzo de
la orquesta.
(B)
Para el nihilismo consecuente, la esperanza así definida es la más eficaz de
las anestesias, precisamente por no ser certeza: nada la refuta, porque nada
prometió con exactitud. Y el eterno retorno, tal como se formula en La gaya
ciencia § 341, está construido justamente para suprimir la protención como
fuente de sentido: si cada instante ha de volver innumerables veces idéntico,
entonces el peso del ahora no puede provenir de lo que vendrá, sino que debe
bastarse. Es una alternativa seria a la tesis del puente y no una caricatura:
propone otra manera de densificar el instante, por saturación en lugar de por
extensión. Este panel no la discute, y esa omisión es una deuda con el panel
siguiente.
Nota VI. El
Ulises de Dante: la exhortación noble en boca del condenado
(A)
Infierno XXVI, 118-120: considerate la vostra semenza: fatti non foste a
viver come bruti, ma per seguir virtute e canoscenza. La cita es
deliberadamente incómoda y la escena la deja sin resolver. Dante pone la más
noble incitación a exceder la propia condición animal en boca de un consejero
fraudulento, y no le rebaja la belleza ni le añade una refutación; la condena
de Ulises no está en lo que dice, sino en el folle volo que emprende sin
mandato y sin compañía. La lectura teológica clásica distingue entre el deseo
natural de saber, que es bueno y que Tomás afirma sin reservas (Summa
Theologiae I-II, q. 3, a. 8), y la curiositas que Agustín describe
en Confesiones X, 35 como concupiscencia de los ojos: no la diferencia
el objeto, sino el orden. Arcanum se niega expresamente a usar el pasaje como
arma —el perfil proscribe el léxico bélico aplicado a las ideas— y lo entrega
como una razón que juega en ambas direcciones.
(B) La
lectura inmanente del canto es antigua y respetable: Ulises es el primer
moderno, condenado por un poeta que no podía sino condenarlo, y su discurso
sobrevive a la condena precisamente porque el poema no consigue hacerlo odioso.
Desde esa lectura, la ambivalencia que Arcanum confiesa no es un misterio sino
un síntoma: el orden que castiga el vuelo es el mismo que no logra
desacreditarlo, y el lector moderno tiene derecho a preferir al navegante sobre
su juez. La escena concede que no sabe resolverlo. Debe concederse además que
la distinción entre deseo ordenado y curiositas solo funciona si se
dispone del orden respecto del cual medir, que es justamente lo que está en
disputa.
Nota VII. State
contenti al quia
(A)
Purgatorio III, 34-45. Virgilio, ante la imposibilidad de explicar cómo un
cuerpo puede sufrir lo que no comprende, formula la advertencia: State
contenti, umana gente, al quia; ché, se potuto aveste veder tutto, mestier non
era parturir Maria. El lugar es la formulación poética más exacta de la
docta ignorancia anterior a Cusa: si el entendimiento pudiera abarcar el porqué
y no solo el que, la Encarnación habría sido superflua. Su función en la
escena es doble. Primero, respalda la modalización del protagonista con una
autoridad que no es la suya. Segundo —y esto importa más— quien pronuncia la
advertencia es Virgilio, es decir, la razón natural, en el momento mismo en que
reconoce su límite, y no una instancia superior que se lo imponga desde fuera.
La serie sostiene que ese es el modo correcto de plantear el litigio: el límite
de la razón lo enuncia la razón.
(B) La
objeción inmanente es directa: el pasaje no argumenta, ordena. «Contentaos» no
es una conclusión sino una prescripción, y su justificación —que si viéramos
todo, María no habría tenido que parir— presupone exactamente lo que la
incredulidad discute. Como pieza retórica es magnífica y como argumento es
circular, y quien la cita ante un auditorio que no comparte la premisa está
pidiendo obediencia y no asentimiento. Arcanum lo atenúa al presentarla como
testimonio de alguien que subía y aun así se detuvo, pero la atenuación no
cancela la circularidad.
Nota VIII.
La hora del gran desprecio y la compunctio
(A) El
bloque procede del tercer discurso del prólogo de Zarathustra, donde la
hora del gran desprecio se propone como la máxima vivencia posible. La
tradición conoce un fenómeno estructuralmente semejante y lo llama compunctio:
el desasosiego del alma ante su propia mediocridad, que Agustín describe desde
la primera página de las Confesiones —inquietum est cor nostrum,
donec requiescat in te— y que Gregorio Magno distingue en compunción de
temor y compunción de amor. La objeción que Arcanum formula no es contra el
fenómeno sino contra su suficiencia: el desprecio de sí determina lo que uno no
es y no determina por sí mismo hacia dónde ir. En términos escolásticos, es un
juicio negativo del apetito y no un fin; y sin fin propuesto no hay movimiento,
sino agitación. La pregunta queda planteada en escena como pregunta real y sin
respuesta: es de las que el perfil canónico manda no cerrar por decreto.
(B)
Nietzsche no ignora la objeción: la hora del gran desprecio no está propuesta
como fin sino como umbral, y el paso siguiente no es un fin recibido sino la
creación de valores, que por definición no puede venir dada de antemano sin
dejar de ser creación. Exigirle una dirección previa es exigirle que sea lo que
niega. Desde esta perspectiva, la pregunta de Arcanum revela más sobre quien la
formula —alguien que necesita que la dirección esté antes que el movimiento—
que sobre el texto interrogado. La escena, que hace preguntar a Arcanum de
veras, deja al espectador en condiciones de advertirlo.
Nota IX. La
sentencia retirada: por qué no se aplica el vestíbulo dantesco
(A)
Arcanum retira dentro de la escena, y en su propia boca, el reproche del
prólogo nietzscheano —no vuestro pecado, vuestra moderación es lo que clama al
cielo— junto con el lugar dantesco que suele acompañarlo: el vestíbulo del Infierno
III, 34-51, donde quienes vivieron sin infamia y sin loa son rechazados a la
vez por el cielo y por el abismo. Los motivos de la retirada son tres. Primero,
canónico: el perfil proscribe la retórica de la pureza y las declaraciones
apodícticas sobre el valor de vidas ajenas. Segundo, exegético: los ignavi
de Dante son quienes rehusaron elegir, no quienes eligieron una vida modesta, y
aplicar el pasaje a la segunda cosa es un abuso del texto. Tercero, sustantivo:
está por escribir la vida del que se queda —la mayoría de las personas no
desciende ninguna montaña—, y quien no la ha escrito no está en condiciones de
juzgarla. El texto de Arcanum lo dice del único modo en que puede decirse sin
condescendencia: que no tiene el dato.
(B) La
retirada de la sentencia tiene un costo y no solo una ganancia, y debe
consignarse. Nietzsche no reprocha la modestia de la vida, sino la ausencia de
aspiración; su blanco es el último hombre, que ha inventado la felicidad y
parpadea, y ese blanco no queda alcanzado por la observación de que hay hombres
decentes que se levantan a las cinco. Al retirar la sentencia, Arcanum evita
una injusticia y renuncia a una crítica que podría ser justa en otro nivel. La
escena elige la injusticia menor. No pretende haber refutado nada.
Nota X. El
rayo, la demencia y la stultitia crucis
(A) 1
Corintios 1, 25: quia quod stultum est Dei, sapientius est hominibus;
Scío: «Porque lo que parece necio de Dios, es más sabio que los hombres». El
texto paulino es el correlato exacto de la demencia que el prólogo nietzscheano
reclama: ambos sostienen que hace falta una ruptura que la razón no puede
producir con sus propios medios. La diferencia está en la procedencia: para
Pablo, la necedad viene de fuera y no se administra; para Zaratustra, el rayo
es el propio superhombre. La regla R2 del perfil canónico prohíbe toda
declaración apodíctica sobre dónde opera la Gracia, y la escena la cumple de la
única manera coherente: Arcanum declara qué no es él, no dónde está el rayo, y
advierte que quien señale el lugar o sabe demasiado o está vendiendo algo. Debe
notarse que esa advertencia lo alcanza también a él si en algún panel futuro
cediera a señalarlo.
(B) El
nihilista replicará que la stultitia paulina es la operación retórica
más eficaz jamás construida: convierte la falta de argumentos en signo de
superioridad y blinda la posición contra toda crítica, puesto que la objeción racional
queda de antemano clasificada como sabiduría del mundo. La observación es
correcta y el perfil canónico la reconoce en su propio régimen de lenguaje al
advertir que la modalización puede blindar el autoconvencimiento en vez de
curarlo. Que Arcanum se limite a decir lo que no es reduce el riesgo; no lo
elimina.
Nota XI. La
forma fuerte de la objeción genealógica (nota de problema, R12)
Esta nota no
comenta una cita: se hace cargo de un problema y declara lo que el protagonista
no logra responder.
(A) La
serie sostiene, desde el perfil canónico, que todo concepto de Dios producido
por la razón es un ídolo, y que la crítica moderna de la religión confirma por
vía histórica lo que la teología negativa había establecido por vía
especulativa. Esta posición responde a la forma débil de la objeción
genealógica —la increencia procede de una teología mal construida— y funciona
bien contra ella. No responde a la forma fuerte, que es la que Vela formula en
escena y que puede reconstruirse así: la voluntad de verdad cultivada por el
cristianismo se vuelve, al madurar, contra su propio origen, y no se detiene
ante un Dios depurado, porque lo que la mueve no es la refutación de tal o cual
imagen divina sino la prohibición de todo consuelo no ganado (Genealogía de
la moral III, § 27; La gaya ciencia § 344 y § 357). Contra esta
versión, decir que más allá del ídolo quedaba el Dios vivo es exactamente lo
que la genealogía había previsto que se diría, y la respuesta queda incorporada
de antemano al diagnóstico.
(B) La
serie no dispone hoy de respuesta y este panel no la produce. Se registran las
tres salidas consideradas y por qué ninguna se adopta, y conviene notar que es
el propio Arcanum quien las nombra y las descarta en escena, antes de que el
adversario pueda reprochárselas. Primera: señalar que la genealogía se
aplica a sí misma, pues también la voluntad de verdad tiene una historia. Es
correcto y es un empate; un empate no restituye la posición. Segunda:
distinguir entre el origen de una creencia y su validez, denunciando la falacia
genética. Es correcto y no alcanza, porque la forma fuerte no infiere la
falsedad a partir del origen, sino que describe una dinámica interna a la
propia exigencia de veracidad; contra una descripción no opera una regla de
inferencia. Tercera: apelar a la experiencia. Queda excluida por el
régimen de lenguaje del perfil, que prohíbe usar como prueba lo que solo puede
alegarse como testimonio.
Debe
distinguirse, sin embargo, entre no tener respuesta y quedar sin nada. El
régimen cognitivo de Arcanum no es la duda, que se limita a suspender el juicio
y no progresa, sino la docta ignorancia, cuyo rendimiento consiste en
determinar cada vez con mayor precisión aquello que no se sabe. Lo que la
escena le concede —y es lo único que le concede— es un cambio de formulación:
entra creyendo que el litigio versa sobre la existencia de Dios y sale sabiendo
que versa sobre si una veracidad que se ha prohibido consolarse puede recibir
algo sin descalificarlo en el acto como debilidad propia. Ese desplazamiento no
refuta nada y el adversario se lo dice en la cara con una imagen exacta:
también estrecha su ignorancia el que cava un pozo. Pero es la clase de
ganancia que la serie tiene derecho a registrar, porque es verificable: la
pregunta del final es más estrecha que la del comienzo y no está resuelta
ninguna. La cuestión pasa, así determinada, a la segunda escena.
Nota XII.
Elena: por qué la escena calla
(A) La
objeción de Vela no es un argumento y la escena no la trata como tal. La
tradición dispone aquí de más recursos de los que emplea, y la abstención es
deliberada. Agustín, en Confesiones IX, 12, 29-33, llora a Mónica, se
avergüenza de llorarla y descubre que la vergüenza es un segundo dolor; en De
Civitate Dei XIX, 4-8 desmonta la pretensión estoica de que el sabio pueda
ser feliz en esta vida, y sostiene que el amor a los próximos es fuente de una
miseria que solo dejaría de serlo al precio de no amar. Ninguno de estos
lugares consuela a un padre; explican por qué no hay consuelo disponible en el
orden del argumento, que es una cosa distinta y menor. La regla R14 del perfil
exige que cada panel prescriba al menos un pasaje en que el bando del
protagonista quede silenciado en escena, y este es ese pasaje: no hay réplica,
no hay música y la instrucción al director prohíbe expresamente cubrir el
silencio. Debe resistirse la tentación de que Arcanum diga algo hermoso aquí.
Lo hermoso sería, en este punto, una forma de ganar.
Conviene
precisar qué clase de silencio es, porque de ello depende que el pasaje no se
lea como derrota del personaje, que sería una lectura falsa. La tradición
distingue entre la ignorancia que se padece y la que se elige, y solo la
segunda es docta: en la primera el entendimiento se detiene porque no
puede seguir; en la segunda se detiene porque ha determinado que seguir por esa
vía es impropio del objeto. Arcanum enuncia esa distinción en escena y declara
que elige la suya, lo cual es un acto y no una carencia. La escena lo subraya
con dos gestos y ninguna palabra: guarda el compás, que es el instrumento con
que ha medido todo el panel y que aquí reconoce inaplicable, y baja los tres
peldaños que había subido, quedando por primera vez al nivel del otro. Es la
traducción escénica de lo que el perfil canónico establece en su sección segunda:
cuando la metafísica ha nivelado los lugares, lo que queda como razón de obrar
es la misericordia. Y la única cosa que Arcanum se lleva de este intercambio no
es una tesis, sino un dato acerca de una niña muerta que sabía restar de
memoria. Que la ganancia del panel sea esa y no otra es deliberado.
(B) El
inmanentismo tiene en este lugar su posición más sólida, y no por argumento
sino por decencia: ante la muerte de un niño, la explicación es una
impertinencia y toda teodicea es una impertinencia larga. Puede añadirse que la
doctrina del presente ensanchado, si es verdadera, empeora la situación del
doliente en la medida exacta en que fue buena la vida que recuerda —lo cual
Vela formula con precisión: se le ofrece densidad y la densidad es lo que le impide
levantarse. Esta consecuencia es real, se sigue de la tesis del panel y no
queda neutralizada. Quede consignada como el precio de la tesis y no como una
objeción externa a ella.
Nota XIII.
El altar al Dios no conocido: Hechos 17 como matriz de la escena
(A) Hechos
17, 16-34. La estructura entera del panel está calcada del episodio del
Areópago, y conviene declararlo porque el préstamo es sustantivo y no
ornamental. Pablo, en la plaza de Atenas, discute a diario con quienes se
encuentra; halla un altar con la inscripción Ignoto Deo —Scío: «AL DIOS
NO CONOCIDO»—; declara que anuncia aquello que ellos adoran sin conocerlo; cita
a un poeta de ellos, in ipso enim vivimus, et movemur, et sumus («porque
en él vivimos, y nos movemos, y somos»), que es la formulación bíblica más
precisa de la co-implicación que este panel sostiene; y al final unos se
burlan, otros dicen que lo oirán otra vez sobre esto —audiemus te de hoc
iterum— y la asamblea se disuelve. Que el episodio termine en dispersión y
no en conversión es lo que autoriza a la escena a terminar en el volatinero. El
altar mutilado de la plaza es el mismo altar: en Atenas lo levantó la prudencia
religiosa; en el llano quedó lo que el cincel no alcanzó a borrar, y la palabra
que resiste es precisamente no conocido, que es la que la docta
ignorancia habría elegido.
(B) La
lectura inmanente del pasaje es conocida y tiene fuerza: el altar ateniense era
una precaución cultual —evitar la ofensa de un dios omitido— y leerlo como
anticipación de la teología negativa es una apropiación retrospectiva. Que el
orador cite a un poeta del auditorio no es un puente sino una técnica de
captación de benevolencia; y el desenlace, la burla y la dispersión, es el dato
duro del episodio: el discurso mejor construido de la Antigüedad para un auditorio
filosófico no convenció a ese auditorio. La escena asume ese desenlace en lugar
de corregirlo, y esa es su única defensa contra el reproche de apropiación.
Nota XIV. Tempus
tacendi: el estatuto del silencio final
(A)
Eclesiastés 3, 7: tempus tacendi, et tempus loquendi; Scío: «tiempo
de callar, y tiempo de hablar». La sentencia cierra la escena y no la resuelve.
En la economía del libro, la serie de los tiempos no es un consuelo sino una
descripción de la sujeción del hombre a una medida que no fija él, y esa es la
razón de que Arcanum no la use como bálsamo. La escena añade el único elemento
que le impide funcionar como coartada: la duda final del propio protagonista
sobre si su silencio es paciencia o es cobardía con buen latín. Esta duda es de
cumplimiento obligatorio en la puesta: sin ella, el gesto del peregrino que
calla dignamente se convierte en la victoria que la escena tenía prohibido
concederse. Adviértase que la duda no queda suspendida en el aire, que sería
escepticismo, sino remitida a una verificación futura —cuál de los dos
silencios fue el suyo se sabrá en la plaza siguiente y no en esta—, que es la
forma en que una ignorancia se hace docta: comprometiéndose con lo que la
resolvería. Adviértase también que la lámpara no se apaga y que Arcanum recorta
la mecha: el objeto argumenta, como manda el perfil, y lo que argumenta es una
duración administrada, no una esperanza declarada.
(B)
Para la lectura inmanente, el silencio del que no ha sido escuchado es
simplemente el silencio del que no ha sido escuchado, y llamarlo testimonio es
la operación por la cual el fracaso se convierte en mérito —la misma operación,
dirá el genealogista, que convirtió la impotencia en bondad. La escena no puede
refutarlo y por eso pone la sospecha en boca del propio Arcanum, que es el
lugar donde menos rinde y más cuesta.
Nota XV. La
ganancia del panel
Esta nota
existe para cumplir la exigencia de que cada panel pueda declarar en una frase
qué ignorancia sale de él mejor determinada que la que entró, y para impedir
que la modalización del protagonista se confunda con indecisión.
(A)
Arcanum entró en el ágora con una pregunta amplia —si la fidelidad a la tierra
es compatible con la trascendencia— y con un instrumento, el compás, que es el
emblema de la medida conceptual. Sale con tres determinaciones y ningún
instrumento nuevo. Primera: que el exceso de la conciencia sobre el instante y
el exceso metafísico no son la misma cosa y que él los había estado usando como
una sola, lo cual convierte una tesis suya en dos, una defendible y otra
pendiente. Segunda: que el litigio con la incredulidad ilustrada no versa sobre
la existencia de Dios sino sobre el estatuto de la veracidad que se ha
prohibido consolarse. Tercera: que si hay algo que alcance al dolor de otro, no
tendrá forma de argumento, y que él ha empleado diez años buscándolo en la
forma en que no está. A esas tres se añade una cuarta que no es una
determinación sino un compromiso: sale habiendo declarado en qué se conocerá
que su método no produce nada, y habiendo dejado ese juicio en manos del
adversario. Las tres primeras son negativas y más estrechas que lo que traía;
ninguna es una respuesta. Eso, y no otra cosa, es lo que la docta ignorancia
entrega cuando progresa.
(B) El
lector inmanente puede observar, con razón, que un método que solo produce
ignorancias más finas es indistinguible desde fuera de un método que no produce
nada, y que la satisfacción del que estrecha su ignorancia se parece mucho a la
del que avanza. El adversario lo dice en escena con la imagen del pozo, y la
escena no la refuta. La única diferencia comprobable que la serie puede alegar
es de conducta: quien determina lo que ignora se compromete con aquello que lo
sacaría del error, y por tanto puede ser corregido. Esa defensa se sostiene, en
esta escena, por el único procedimiento que no la convierte en doctrina: el
protagonista enuncia antes del hecho la condición que lo refutaría —que nadie
coma de lo que él haga— y cede el veredicto a quien no le debe nada. Esto no
responde a la objeción; la vuelve comprobable, que es cosa distinta y menor. Si
en los paneles siguientes Arcanum no llegara a ser corregido nunca, o si la
condición declarada se dejase sin verificar, esta defensa quedaría sin valor y
debería consignarse así.
Nota XXI.
La prenda: qué le cuesta la conjetura al que la sostiene
(A) El
régimen conjetural que gobierna la serie tiene un efecto lateral reconocido en
el propio perfil: la modalización altera el estatuto declarado de una creencia
sin alterar la conducta que de ella se sigue, y puede blindar el
autoconvencimiento en lugar de exponerlo, porque desarma de antemano a quien
fuera a señalarlo. Una tesis que nunca se afirma tampoco puede refutarse. La
escena no corrige esto con una regla nueva de lenguaje —sería añadir gramática
a un problema que no es gramatical—, sino obligando al hablante a declarar qué
pone en prenda. Y la prenda que declara es exacta: si su tesis es verdadera, si
el ahora es puente y hacen falta las dos orillas, entonces sus diez años de
montaña fueron un error, porque cortó una de ellas y llamó pureza a haberla
cortado. La conjetura le condena la vida. El procedimiento tiene ascendencia:
la conjetura cusana es participación real e inadecuación de principio a la vez,
y la participación, si es real, debe verse en el obrar de quien conjetura y no
solo en su sintaxis.
(B)
Cabe replicar que declarar el propio costo es aún una operación del que habla,
y de las más rentables: quien confiesa que su tesis lo perjudica obtiene, por
esa confesión, un crédito mayor que el que la tesis le habría dado. La objeción
es buena y la escena la contesta sin palabras: en la segunda escena el mismo
inventario, dicho por él en la plaza como reconocimiento, vuelve a decirse ante
una pregunta ajena —¿y quién comía de eso?— y entonces cuesta. La diferencia
entre confesar una falta y que la midan es toda la diferencia que este panel
puede mostrar, y no es una refutación de la réplica: es su límite exhibido.
Nota XXII.
La pregunta simétrica: cómo sobrevive una crítica a la retirada de su sentencia
(A) La
nota novena registraba un costo: al retirar el reproche sobre la moderación por
falta de dato, Arcanum evitaba una injusticia y renunciaba a una crítica que
podía ser legítima en otro nivel, el de la ausencia de aspiración, que no queda
alcanzada por la observación de que hay hombres decentes que se levantan a las
cinco. Arcanum no restituye la sentencia y tampoco la abandona: la convierte en
pregunta y le impone dos condiciones que la distinguen de una sentencia con
otra ropa. La primera es que se dirija a quien concierne y admita respuesta. La
segunda es que el protagonista la conteste primero sobre sí, en voz alta y sin
adorno: quiso escribir y no escribió, cortaba piedra para un muro y no lo
terminó, y nadie se lo estorbaba. Una crítica que solo puede formularse desde
arriba es una sentencia; la misma crítica, hecha pregunta y respondida primero
por quien la hace, deja de serlo sin perder su contenido.
(B) La
plaza no responde: prefiere al volatinero, y esa es la respuesta honesta de un
auditorio que no ha pedido nada. Quien responde es Sabina Riquelme, en la
segunda escena, y su respuesta es la parte incómoda del asunto. Lo que quiere y
no hace es cobrar el aceite que pone de su bolsillo en invierno; lo que se lo
impide no es la tibieza ni la falta de aspiración, sino que la reclamación ha
de ir por escrito y ella no sabe hacer la letra. La pregunta nietzscheana por
el último hombre recibe así una contestación que no la refuta y la desplaza: en
el llano hay aspiración, y es una reclamación de catorce reales que tropieza
con un requisito administrativo. Quién tenga derecho a llamar pequeña a esa
aspiración es cosa que este panel no decide y que no debería decidir ninguno.
Nota XXIII.
La anticipación falsable y el veredicto ajeno (nota de problema)
Esta nota se
hace cargo de la objeción del pozo, que es la mayor que la serie tiene sobre
sí.
(A) La
defensa disponible hasta ahora era de conducta: quien determina lo que ignora
queda expuesto a ser corregido. La defensa tenía un vicio de forma que la
anulaba, y consistía en que la exposición se alegaba después del hecho y por el
propio expuesto. Cualquiera puede declarar, una vez corregido, que su método lo
había dejado disponible para la corrección; el que cava un pozo también podría.
La escena introduce las dos condiciones que separan ambos casos y que no son
doctrinales sino de procedimiento. Primera, la anticipación: Arcanum enuncia en
la plaza, antes de que nada ocurra, el resultado observable que mostraría que
su método no produce nada —que nadie coma de lo que él haga, y expresamente no
vale un discípulo que lo admire—. Segunda, el veredicto ajeno: el juicio sobre
si esa condición se cumplió no lo pronuncia él, sino Teodoro Vela, que no le
debe nada y a quien la escena ha concedido dos veces la última palabra. La
cláusula sobre el discípulo no es un adorno: es la que impide que la admiración
ajena se contabilice como fruto, que es el modo habitual en que las obras de
este género se pagan a sí mismas.
(B)
Debe consignarse con precisión lo que esto no consigue. No convierte la docta
ignorancia en un método verificado: la vuelve refutable, que es menos y es otra
cosa. Tampoco garantiza el cumplimiento, porque la condición declarada solo
vale si algún panel la verifica de veras, y una serie que anunciara su propia
refutación y luego no la comprobase habría encontrado una forma más fina de lo
mismo que denuncia. Y queda en pie una objeción que la serie no puede responder
desde dentro: el autor escribe tanto la anticipación como el juez que habrá de
aplicarla, de modo que la exterioridad del veredicto es exterior al personaje y
no al libro. Contra eso no hay recurso literario. Solo cabe el que se consigna
en la cuestión abierta decimoquinta: recoger en los paneles siguientes al menos
una objeción que el autor no haya redactado.
Notas a la
segunda escena
Las cinco
notas siguientes corresponden a Camino — La cera y la higuera y
conservan la misma estructura de dos cuerpos.
Nota XVI.
La cera y el alcance real de la concesión
(A) El
pasaje procede de la segunda de las Meditaciones metafísicas, donde el
examen del trozo de cera muestra que ninguna de las cualidades sensibles
permanece y que, sin embargo, se juzga que es la misma cera; de donde se
concluye que no es la vista ni el tacto sino la sola inspección del espíritu lo
que la percibe. Arcanum concede el argumento entero y sin regateo, y hace bien:
la primacía del intelecto sobre el sentido es doctrina común a Agustín, a la
escolástica y al Cusano, y disputarla sería fingir un desacuerdo donde no lo
hay. El litigio de la serie con la duda metódica no está en la epistemología
del conocimiento de los cuerpos, sino en lo que se hace después con el yo que
sobrevive a la sustracción. La figura alegórica lo formula con exactitud: lo
que queda es un sujeto que piensa y que no tiene madre, ni oficio, ni deuda. La
tradición sostiene que ese sujeto no es el hombre concreto sino un residuo
metodológico, y que confundirlos es tomar por resultado ontológico lo que fue
un procedimiento.
(B) La
objeción inmanente al modo en que la escena resuelve esto es seria y debe
consignarse: Arcanum no responde a la duda, la abandona. Su frase —que se va
sin refutarla— es sincera y es también una salida por la puerta lateral, y
quien crea que un peregrino que sostiene una escalera ha respondido a la
Segunda Meditación no ha entendido ninguna de las dos cosas. El panel no
sostiene que la haya respondido. Sostiene algo menor: que hay criterios de vida
que no se dejan formular dentro de la habitación de la duda y que no por eso son
ilegítimos, y que la elección entre habitar la habitación o salir de ella no es
a su vez una proposición demostrable. Es una decisión, y la escena la presenta
como decisión.
Nota XVII. A
fructibus eorum cognoscetis eos
(A) Mateo
7, 16 y 20, en el Sermón del Monte. Vulgata Clementina: A fructibus eorum
cognoscetis eos. Numquid colligunt de spinis uvas, aut de tribulis ficus? […]
Igitur ex fructibus eorum cognoscetis eos. Scío de San Miguel: «Por sus
frutos los conoceréis. ¿Por ventura cogen uvas de los espinos, o higos de los
abrojos? […] Así pues, por sus frutos los conoceréis». La sentencia se enuncia
para discernir a los falsos profetas, y esto importa por dos razones. La
primera es que su destinatario original es exactamente el oficio que Arcanum ha
ejercido esta tarde en la plaza. La segunda es que se trata de un criterio de
reconocimiento externo y público, no de un examen de conciencia: juzga por lo
que se ve producir, no por lo que se declara creer, y por eso es el instrumento
adecuado para dirimir la cuestión undécima, que preguntaba si la ganancia
interior de una ignorancia bien determinada se distingue por algo desde fuera.
La respuesta que el panel da es que sí se distingue, y que la marca no está en
la finura de la pregunta sino en el fruto; y que, medido así, el protagonista
no tenía ninguno.
Debe
registrarse la operación que Arcanum realiza con el texto, porque no es
inocente. El precepto está dado para juzgar a otros, y él lo vuelve sobre sí.
Esa extensión es legítima —una regla que solo valiese hacia afuera sería
precisamente un arma y no una regla, como él mismo dice—, pero no es
automática, y quien la practique queda obligado a aceptar que otros la apliquen
sobre él, que es la parte que suele omitirse. La imagen paralela de Lucas
6, 44 —unaquaeque enim arbor de fructu suo cognoscitur, «porque cada
árbol por su fruto es conocido»— y la parábola de la higuera estéril a la que
se concede un año más de estiércol y labor antes de cortarla (Lucas 13,
6-9) sostienen la presencia escénica de la higuera seca y explican por qué
Arcanum no la corta ni la bendice: la parábola concede plazo, no absolución. En
la misma línea, Santiago 2, 17: fides sine operibus mortua est in
semetipsa, «así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma»;
el lugar tiene peso dramático suplementario porque el protagonista fue criado
en el luteranismo y recibe la corrección desde la epístola que su crianza leía
con más incomodidad.
(B) El
contraste aquí no es una objeción sino una coincidencia incómoda, y por eso es
más útil. Nietzsche acepta el criterio de los frutos y lo usa contra el
cristianismo con más energía que ningún moralista: en la Genealogía y en
el Anticristo el procedimiento es exactamente ese —no se discute la
verdad de una creencia, se examina qué tipo de hombre produce—. La disputa,
entonces, no versa sobre el criterio sino sobre el catálogo: qué cuenta como
fruto. Para el evangelio, cuarenta faroles encendidos por catorce reales
cuentan; para una moral de la afirmación, la vida de Sabina es la del último
hombre y sus faroles son el mantenimiento de un mundo que nadie ha elegido. La
escena no arbitra, y hace bien en no arbitrar, porque el arbitraje exigiría
precisamente el criterio último que la serie declara no poseer. Lo único que el
panel establece es que, bajo cualquiera de los dos catálogos, diez años
de montaña sin muro terminado y sin una página escrita no producen nada; y esa
convergencia de los adversarios sobre el protagonista es lo que hace que la
corrección sea firme.
Nota XVIII.
El ocio santo y el negocio justo: por qué la corrección no condena la
contemplación
(A) La
corrección de esta escena podría degenerar con facilidad en una apología del
activismo, y contra eso están sus fuentes. Agustín, en De Civitate Dei
XIX, 19, fija la fórmula que gobierna toda la escena: nadie debe estar tan
ocioso que no atienda en su ocio a la utilidad del prójimo, ni tan ocupado que
no busque la contemplación de Dios; el amor de la verdad busca el ocio santo y
la necesidad de la caridad acepta el negocio justo. El defecto de Arcanum no es
haber contemplado: es haber contemplado sin la primera de las dos cláusulas. En
XIV, 28 Agustín distingue las dos ciudades por dos amores, y la distinción no
es de creencias sino de orientación efectiva de la voluntad, es decir,
verificable en obras. Tomás de Aquino ordena la materia en Summa Theologiae
II-II, q. 182, a. 1: la vida contemplativa es en sí misma superior, pero la
activa puede ser preferible por accidente, por necesidad de la vida presente; y
en II-II, q. 188, a. 6 sostiene que es mayor iluminar que solamente lucir, y
comunicar a otros lo contemplado que solo contemplar. La escena está construida
sobre esa jerarquía y no contra ella: lo que se reprocha al peregrino no es la
montaña, sino un muro sin terminar y un pensamiento sin escribir. Dante coloca
el mismo diagnóstico en la cornisa de la acidia, donde las almas corren
gritando que no se pierda el tiempo por poco amor (Purgatorio XVIII,
103-105), y conviene subrayar que en la Commedia la acidia no es pereza
de brazos sino tibieza del amor, que es de lo que aquí se trata. La línea de la
Regla que oye Arcanum —otiositas inimica est animae, «la ociosidad es
enemiga del alma», capítulo 48— es la que ordena el trabajo manual de los
monjes, y su reaparición como memoria mal leída es el ejemplo más claro que la
serie ha dado de docta ignorancia progresiva: la misma frase, sabida de memoria
durante cuarenta años, se determina mejor cuando cambia la conducta de quien la
recuerda.
(B) La
réplica inmanente es que este dispositivo es demasiado cómodo: una tradición
que dispone a la vez de la alabanza de la contemplación y de la condena del
ocio puede aprobar cualquier resultado retrospectivamente, y llamar ocio santo
a la propia inacción y acidia a la ajena. La objeción tiene fuerza y solo hay
una manera de responderla, que no es teórica: aceptar de antemano un criterio
que pueda fallar en contra, y aplicarlo. La escena lo hace —la cuenta de los diez
años sale a cero y sale en voz alta—, pero un solo caso no establece que la
regla se aplique con imparcialidad. Los entregas siguientes deberán aplicarla
también cuando favorezca al protagonista, y sobre todo cuando lo favorezca
demasiado.
Nota XIX.
Sabina Riquelme: precauciones sobre una figura peligrosa
(A)
Introducir a una mujer pobre y analfabeta como instrumento de corrección de un
letrado es uno de los movimientos más gastados de la literatura edificante, y
produce casi siempre lo contrario de lo que pretende: convierte a la persona en
función y usa su vida como argumento, que es la falta de la que este mismo
panel acusa a Arcanum a propósito de Elena. La escena adopta tres precauciones.
Primera: Sabina no enuncia ninguna doctrina; sus intervenciones son cinco
preguntas prácticas, un dato y una negativa. Segunda: se le concede rechazar
expresamente el papel de ejemplo, y su explicación es económica y no espiritual
—catorce reales, un hermano, el aceite que paga ella en invierno y le
descuentan—, de modo que el espectador no pueda santificarla sin contradecir el
texto. Tercera: no se convierte, no se conmueve y no se despide. Si una puesta
la interpreta con dulzura, con música o con luz cálida, habrá restaurado
exactamente lo que la escena desmonta.
Debe notarse
además que la corrección decisiva no la trae ninguna de sus frases sino un
hecho de la acotación inicial: estaba detrás de él durante todo el discurso de
la primera escena, esperando a que se moviera. Ese dato retrospectivo
reinterpreta la primera escena entera y no puede añadirse a ella: pertenece a
esta segunda escena y solo funciona porque llega tarde.
(B) La
objeción más dura no viene del nihilismo sino de la crítica social, y es esta:
que un hombre que ha tenido diez años de montaña sostenga durante dos faroles
la escalera de una mujer a la que ha estorbado el trabajo no es una reparación,
es una anécdota; y que el panel obtenga de esa anécdota una corrección
espiritual para el letrado, mientras la farolera sigue pagando el aceite de su
bolsillo en invierno, reproduce el reparto que dice denunciar. La escena no
puede responder a esto y no lo intenta. Se limita a que Sabina lo diga, con
otras palabras, cuando le prohíbe cargar su escalera; y a que el peregrino no
obtenga de la noche ningún consuelo, sino una dirección: la calle de los
Tintes, el jueves por la mañana, un colchón por el otro extremo. Que eso sea o
no un fruto no lo decide esta escena.
Nota XX.
Nota de ganancia (R16)
(A) La
ganancia de esta escena es una corrección y procede de fuera del protagonista,
como R16 prefiere. Puede enunciarse en dos frases. Primera: Arcanum
sostenía que determinar cada vez mejor lo que ignora es un progreso real; queda
corregido en que ese progreso no es verificable desde dentro y en que el
criterio que lo verifica —los frutos— le es adverso, sin que ello lo autorice a
abandonar el método, sino a dejar de contarlo como mérito. Segunda: la
que la primera escena había registrado como su única ganancia honrada —haber
preguntado por un dato concreto sobre una niña muerta en lugar de ofrecer
doctrina— resulta ser una forma más fina del mismo vicio, porque pidió un dato
y no un nombre, y un dato sirve para algo mientras que un nombre no sirve para
nada. La corrección recae, pues, exactamente sobre el punto que la serie había
apuntado como avance, y esto es deliberado: era la única manera de mostrar que
la exposición a ser corregido no es una figura retórica.
Lo que el
panel no concede debe consignarse con igual claridad. No concede que
Arcanum haya adquirido un fruto: adquirió una dirección y una hora, que es una
intención más precisa y sigue siendo una intención. Ningún entrega posterior
podrá contar el jueves como fruto mientras no lo muestre, y si lo muestra
deberá mostrar también su costo. No concede que la duda haya sido respondida;
la figura alegórica sale intacta y lo declara. Y no concede que sostener una
escalera sea una respuesta a nada: es lo que había que hacer allí, y su valor
entero consiste en que no responde a ninguna pregunta.
(B)
Queda viva, y ahora mejor determinada, la objeción del pozo. Cabe sostener que
esta segunda escena no ha demostrado que la ignorancia de Arcanum se estreche,
sino solamente que su conducta ha cambiado; y que el vínculo entre ambas cosas
—que fue el método honesto lo que lo dejó disponible para la corrección, y no
la fatiga, ni la humillación pública de la tarde, ni el simple cansancio de un
hombre de cincuenta años— no está probado y quizá no sea probable. La serie lo
registra. Un método que se acredita solo mediante los frutos de quien lo
practica no se distingue, en un caso aislado, de la suerte.
Notas de
fuentes
Las llamadas
voladas del texto dramático remiten a esta serie. Se consigna la fuente, el
texto original y su versión castellana; el análisis correspondiente está en las
notas romanas que anteceden.
1. Friedrich
Nietzsche, Also sprach Zarathustra, «Prólogo de Zaratustra», § 3: «Yo os
enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis
hecho para superarlo?». Todas las citas del prólogo proceden de este parágrafo
salvo indicación en contrario.
2. Nicolás
de Cusa, De docta ignorantia I, 3: no hay proporción de lo finito a lo
infinito (finiti ad infinitum proportionem non esse); la figura del
polígono inscrito en el círculo, I, 4 y II, 1. Cf. De coniecturis I, 11,
sobre la conjetura como participación real en la verdad e inadecuación de
principio.
3. Dante
Alighieri, Purgatorio III, 37-39 y 43-45: «State contenti, umana
gente, al quia; ché, se potuto aveste veder tutto, mestier non era parturir
Maria». Traducción en prosa de Manuel Aranda y Sanjuan.
4. Dante
Alighieri, Infierno XXVI, 118-120: «considerate la vostra semenza:
fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e canoscenza». El
folle volo, XXVI, 125.
5. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: el más sabio como ser escindido, híbrido de
planta y de fantasma.
6. San
Agustín, Confesiones I, 1, 1: «fecisti nos ad te, et inquietum est
cor nostrum, donec requiescat in te» — «nos hiciste para ti, y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
7. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: «el superhombre es el sentido de la
tierra»; la exhortación a permanecer fieles a la tierra y la denuncia de los
envenenadores. Cf. «De los trasmundanos», en la primera parte.
8. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: el alma que quería el cuerpo flaco, feo,
famélico. Cf. «De los despreciadores del cuerpo».
9. Génesis 3, 19, Vulgata Clementina: «pulvis es, et in
pulverem reverteris». Felipe Scío de San Miguel (1793): «polvo eres, y al
polvo volverás». Cf. Salmo 138 (139), 8: «si ascendero in caelum, tu
illic es: si descendero in infernum, ades» — «si subiere al cielo, tú allí
estás: si bajare al infierno, allí estás presente».
10. San
Agustín, Confesiones XI, 20, 26: «praesens de praeteritis memoria,
praesens de praesentibus contuitus, praesens de futuris expectatio»; y XI,
26, 33, el alma como distentio. La formalización fenomenológica de la
retención y la protención es posterior y se emplea aquí por analogía, según se
advierte en la nota III del aparato.
11. Romanos 8, 22, Vulgata Clementina: «scimus enim quod omnis
creatura ingemiscit, et parturit usque adhuc». Scío: «porque sabemos que
todas las criaturas gimen, y están de parto hasta ahora».
12. San
Agustín, Confesiones IX, 10, 23-26 (la conversación de Ostia con Mónica)
y X, 8, 12-15 (los anchos palacios de la memoria). Sobre el término del acto de
recordar, Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q. 85, a. 2.
13. Santo
Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 17, a. 1: el objeto de la
esperanza es un bien futuro, arduo y posible de conseguir. Sobre eternidad y
tiempo, I, q. 10, a. 1 y a. 4; sobre la inmanencia divina, I, q. 8, a. 1: «Deus
est in omnibus rebus, et intime».
14. Dante
Alighieri, Paraíso XXXIII, 85-87: «ciò che per l'universo si
squaderna: sustanze e accidenti e lor costume, quasi conflati insieme, per tal
modo che ciò ch'i' dico è un semplice lume»; el volumen ligado con amor,
XXXIII, 86.
15. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: la hora del gran desprecio, en que la
propia felicidad, la razón, la virtud, la justicia y la compasión se vuelven
náusea.
16. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: «no vuestro pecado, vuestra moderación es
lo que clama al cielo». Sobre la retirada de esta sentencia por parte de
Arcanum, véase la nota IX del aparato crítico y, para el pasaje dantesco que se
decide no aplicar, Infierno III, 34-51.
17. Nietzsche,
Zarathustra, «Prólogo», § 3: «¿Dónde está el rayo que os lama con su
lengua? ¿Dónde la demencia que habría que inocularos?».
18. 1
Corintios 1, 25, Vulgata Clementina:
«quia quod stultum est Dei, sapientius est hominibus». Scío: «Porque lo
que parece necio de Dios, es más sabio que los hombres». Cf. 1 Cor 1, 18-23.
19. Nietzsche,
Zur Genealogie der Moral III, § 27, sobre la voluntad de verdad que toma
conciencia de sí como problema; La gaya ciencia § 344 y § 357. Es la
forma fuerte de la objeción genealógica, a la que la serie no dispone hoy de
respuesta: véase la nota XI.
20. Hechos
de los Apóstoles 17, 32, Vulgata
Clementina: «audiemus te de hoc iterum». Scío: «Te oiremos otra vez
sobre esto».
21. Hechos
de los Apóstoles 17, 23, Vulgata
Clementina: «Ignoto Deo». Scío: «AL DIOS NO CONOCIDO». Cf. 17, 28: «in
ipso enim vivimus, et movemur, et sumus» — «porque en él vivimos, y nos
movemos, y somos».
22. Eclesiastés 3, 7, Vulgata Clementina: «tempus tacendi, et
tempus loquendi». Scío: «tiempo de callar, y tiempo de hablar».
23. René
Descartes, Meditationes de prima philosophia, Meditación segunda: el
examen del trozo de cera; ninguna de sus cualidades sensibles permanece y sin
embargo se juzga la misma cera, de donde se concluye que es percibida solius
mentis inspectio, por la sola inspección del espíritu.
24. Mateo 7, 16 y 20, Vulgata Clementina: «A fructibus eorum
cognoscetis eos. Numquid colligunt de spinis uvas, aut de tribulis ficus? […]
Igitur ex fructibus eorum cognoscetis eos.» Felipe Scío de San Miguel
(1793), con ortografía modernizada: «Por sus frutos los conoceréis. ¿Por
ventura cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? […] Así pues, por
sus frutos los conoceréis». Cf. Mateo 7, 17-19; Lucas 6, 44: «unaquaeque
enim arbor de fructu suo cognoscitur» — «porque cada árbol por su fruto es
conocido»; la higuera estéril, Lucas 13, 6-9; y Santiago 2, 17: «fides
sine operibus mortua est in semetipsa» — «la fe, si no tiene obras, es
muerta en sí misma».
25. Regula
Sancti Benedicti, cap. 48, primera
línea: «Otiositas inimica est animae» — «la ociosidad es enemiga del
alma»; el capítulo ordena el trabajo manual de los monjes en horas
determinadas. Sobre la relación entre contemplación y obra, San Agustín, De
Civitate Dei XIX, 19, y XIV, 28 sobre las dos ciudades y los dos amores;
Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 182, a. 1, y q. 188,
a. 6; y Dante, Purgatorio XVIII, 103-105, la cornisa de la acidia: «Ratto,
ratto, che 'l tempo non si perda per poco amor», en la traducción en prosa
de Manuel Aranda y Sanjuan.
–*–
Guía técnico-direccional para el director musical
Esta guía
forma parte de la obra y no es un paratexto. Las correspondencias entre
doctrina y técnica deben ser comprobables por un músico, y las regiones
invocadas deben guardar relación declarada entre sí.
1. Estilo:
oratorio de auto sacramental
Toda la
música de esta serie está concebida en el lenguaje del barroco de auto
sacramental: bajo continuo obligatorio, escritura por movimientos breves y
caracterizados, retórica de figuras —el passus duriusculus, el fabordón,
la suspensión no resuelta—, dinámica en terrazas y ausencia de todo desarrollo
sinfónico posterior. Queda proscrito el vibrato continuo, el rubato romántico y
cualquier efecto orquestal del siglo XIX.
La única
excepción admitida, y debe emplearse con avaricia, es el giro disonante o
melódico deliberadamente moderno introducido como contraste de época: se
autoriza allí donde la escena representa la fractura contemporánea y no en
ningún otro lugar. En este panel hay dos y solo dos: la politonalidad estricta
del número VII, que ningún compositor del siglo XVII habría escrito, y el corte
seco sin cadencia al final del número VIII. Ambas deben oírse como cuerpos
extraños. Si el oyente no las advierte como anacronismos, están mal ejecutadas.
2.
Continuo: el clave como promenade
El clave
sostiene el continuo de todo el oratorio y es el hilo que une los números: es
el paseo del peregrino, y su presencia o su ausencia significa. Toca en los
números I, II, IV y IX y en los ocho interludios; calla en los números V, VI,
VII y VIII, y cada uno de esos silencios tiene motivo declarado. En V calla
porque la sentencia fosilizada no admite acompañamiento que la comente; en VI
porque el silencio es la materia del número; en VII porque la coincidencia de
los opuestos pertenece al órgano y a las cuerdas; en VIII porque el clave no
cabe en una plaza medieval.
Órgano de
fuelle del siglo XVII únicamente en las secuencias corales, números III y
VII, con registro de flautado y sin lengüetería, temperamento mesotónico y
respiración de fuelle audible en los ataques. La regla es estricta y vale para
toda la serie: donde canta el coro, órgano; donde habla el peregrino, clave.
3.
Interludios y economía de reminiscencias
Entre número
y número corre un interludio de cuatro compases, de clave solo salvo indicación
contraria, cuya función no es rellenar el cambio de escena sino anunciar el
motivo del número que viene. El interludio I expone el tetracordio que
sostendrá la passacaglia; el II insinúa el motivo de la madre en la
región napolitana; el III propone el compás del minueto; el IV adelanta las
tríadas paralelas de la sentencia; el V anticipa la línea de Elena; el VII
presenta la melodía de la estampida en octavas desnudas y sin armonía; el VIII
prepara la cadencia frigia.
Entre los
números VI y VII no hay interludio, y la omisión es deliberada: la pausa
general que sigue a Elena cumple esa función y no admite que nada la ocupe.
4.
Escritura vocal e instrumental: es un oratorio y por tanto se canta
Ningún pasaje
solista extenso puede resolverse con notas tenidas. Donde antes había redondas
sostenidas hay ahora melodía: el número III desarrolla las cuatro notas de la
madre en una frase coral de doce compases a dos voces reales, y el número VII,
que era un bloque armónico, es ahora un dúo polifónico de soprano y contralto
sobre las dos capas tonales. La regla vale para toda la serie: la nota larga
solo es admisible como pedal en una voz interna o en el bajo, nunca como material
de una parte principal.
5. Eje
tonal y regiones
Tonalidad
eje: sol menor, mantenida desde el panel I. Las regiones empleadas guardan
con ella relación declarada y verificable:
— Si bemol
mayor (III, relativo mayor). Región del Ciudadano Ilustrado, número IV.
Única región donde se permite cadencia auténtica perfecta con tónica en estado
fundamental.
— La bemol
mayor (napolitana, ♭II). Región de lo que excede el concepto: números III y
VII. Nunca en estado fundamental; siempre en primera inversión, la♭/do, que es
la realización técnica de una esperanza que se anuncia sin asentarse.
— Re mayor
(V). Meta de la media cadencia frigia del número IX: do menor en primera
inversión seguido de re mayor, esto es iv6 → V. No es una cadencia plagal, y la
napolitana es un acorde y no un procedimiento cadencial.
— Modo de
re (dórico auténtico, con si natural y sin sensible). Región de la
estampida, número VIII. La relación con el eje es directa y comprobable: el
bordón re–la sobre el que baila la plaza es la dominante de sol menor, de modo
que la fiesta se sostiene exactamente sobre la tensión que el discurso dejó sin
resolver.
6. Doctrina
traducida a técnica verificable
— La
conjetura, R1. En los números de Arcanum —I, II, VII y IX— no hay una sola
cadencia auténtica perfecta. Toda frase cierra sobre acorde en primera
inversión o sobre retardo sin resolución escrita. La comprobación es
aritmética.
— El dogma
fosilizado. Incapacidad de modular, y recae sobre la sentencia que Arcanum
retira, no sobre el discurso del adversario: número V, ocho compases en sol
menor sin una sola alteración accidental, fabordón de tríadas paralelas en
estado fundamental, interrumpido a mitad del octavo compás.
— La
coincidencia de los opuestos. Politonalidad estricta en el número VII
durante doce compases: cuerdas en sol menor, órgano y coro en la bemol mayor,
ambas capas funcionalmente completas y melódicamente autónomas, ninguna cede y
ninguna cadencia.
— El
silencio prescrito, R14. Número VI: violonchelo solo, cantabile y sin
acompañamiento, seguido de dos compases de pausa general marcados lunga, ad
libitum. No se cubre, no se subraya, no se acorta.
— La
densidad del presente. Tetracordio cromático descendente
sol–fa♯–fa♮–mi♮–mi♭–re, passus duriusculus, como bajo obstinado del
número II en ocho enunciaciones. Que el discurso entero se apoye sobre un bajo
que retorna es lo que el texto sostiene: el presente se apoya en lo retenido.
— La
ganancia, y por qué es del adversario. La coda del número IX cita, en el
violonchelo solo, el incipit de la línea de Elena, inmediatamente después de la
última enunciación del tetracordio. Es la única cita literal de la partitura, y
lo que el protagonista se lleva del panel no procede de su propio material
temático sino del material del adversario. Sin rubato y sin ampliación
dinámica: si suena como epifanía, está mal tocada.
7. Números,
compases e instrumentación
I.
Preludio: la niebla y el pedestal. Sol menor, 4/4, ♩ = 54, doce compases.
Cuerdas en suspensiones encadenadas —no hay trémolo, que es figura ajena al estilo—,
clave con el tetracordio en corcheas en la mano izquierda, contrabajo en pedal.
II.
Passacaglia del peregrino. Sol menor, 4/4, ♩ = 54, veinticuatro compases.
Oboe cantabile como voz de Arcanum, con contracanto de violín I; los cuatro
sacabuches doblan solamente los compases trece a dieciocho, que son los
sentenciosos, y callan en los interrogativos.
III. Las
cuatro notas de la madre. La bemol mayor sobre pedal de sol, 4/4, ♩ = 50,
doce compases. Coro a dos voces y órgano de fuelle; sin cuerdas y sin clave. El
coro debe situarse en un punto del teatro que el espectador no pueda localizar.
IV.
Minueto del ciudadano. Si bemol mayor, 3/4, ♩ = 76, veinticuatro compases.
Cuerdas en staccato, fagot y clave. Modula a fa mayor y regresa.
Contiene la única cadencia auténtica perfecta de la partitura, y ese privilegio
armónico concedido al adversario es intencional.
V.
Sentencia retirada. Sol menor, 4/4, ♩ = 63, ocho compases. Sacabuches,
timbales y contrabajo. Sin clave.
VI. Elena.
4/4 escrito, ♩ = 46, diez compases y dos de pausa. Violonchelo solo en registro
tenor, sin acompañamiento.
VII.
Coincidentia oppositorum. 4/4, ♩ = 50, doce compases. Coro a dos voces y
órgano en la bemol; cuerdas en sol menor. Sin clave.
VIII.
Estampida del volatinero. Modo de re, 6/8, ♩. = 108, veinte compases.
Estampida medieval en cuatro puncta con finales ouvert y clos:
la melodía en flauta dulce y violines al unísono, bordón de quintas en fagot,
violas, violonchelos y contrabajo, y pandereta con sonajas. Sin clave, sin
órgano y sin armonía funcional: la plaza no acompaña, bordonea. Corte seco en
el último compás.
IX. Ignoto
Deo: cadencia frigia y coda. 4/4, ♩ = 50, catorce compases. Media cadencia
frigia en sacabuches, órgano y clave, con el oboe cantando por encima; después
el tetracordio en el violonchelo solo, la cita de Elena y la quinta vacía
sol–re que se apaga en niente.
8. Destino
final del material: el poema sinfónico
Esta
indicación gobierna la composición de toda la serie y se repite en la guía de
cada entrega. La intención es que, terminado el oratorio completo de El
peregrinar de Arcanum, los motivos de todas las entregas se reúnan en un
poema sinfónico único. De ello se siguen tres obligaciones para quien componga
cualquier panel de la serie.
Primera:
cada número debe apoyarse en un motivo identificable, cerrado y transportable,
capaz de sobrevivir fuera de su escena y de reconocerse en otro contexto. Los
cinco motivos hasta ahora fijados son el tetracordio del peregrino, las cuatro
notas de la madre, el tema del ciudadano, la línea de Elena y la melodía de la
estampida.
Segunda:
los interludios no son material de relleno sino el banco de transiciones del
poema sinfónico futuro, y por eso están escritos como anuncios de motivo y no
como modulaciones de servicio. Es en ellos donde la obra ensaya cómo pasar de
un tema a otro; conviene por tanto que cada panel entregue los suyos completos
y no improvisados en la puesta.
Tercera:
el registro de motivos, con su tonalidad de origen, su compás y el número donde
aparecen por primera vez, se lleva de manera acumulativa entre paneles, y
ningún panel puede reutilizar un motivo anterior sin declarar la cita en esta
guía. El poema sinfónico no se escribirá sobre recuerdos: se escribirá sobre
ese registro.
–*–
Cuestiones que este panel deja abiertas
Se añaden a
las seis del perfil canónico y ninguna debe cerrarse por decreto en los paneles
siguientes.
7. Si
el exceso temporal sobre el instante —la retención y la protención— autoriza en
algún punto el paso al exceso metafísico, o si ambos sentidos de trascender
deben mantenerse separados de modo permanente. Este panel los ha usado con una
sola palabra y el adversario lo ha denunciado con razón.
8. Qué
se responde al eterno retorno como densificación alternativa del instante, que
satura el ahora en lugar de extenderlo, y que es una rival seria de la tesis
del puente.
9. Si
la doctrina del presente ensanchado no agrava la condición del doliente en la
medida exacta en que fue buena la vida que recuerda; y en caso afirmativo, si
una tesis que produce ese efecto puede sostenerse sin corregirse.
10. Si
Arcanum, al conceder tanto y tan pronto, no ha practicado él mismo la concessio
que el perfil reprocha, y si la escena, al hacerle admitir el reproche, no ha
convertido la admisión en una segunda concesión.
11. Si
una ignorancia que se estrecha se distingue por algo, fuera del fuero interno
de quien la estrecha, de una ignorancia que simplemente se ahonda —la objeción
del pozo—. La segunda escena de esta entrega paga la deuda que esta cuestión
contrae: el protagonista es efectivamente corregido, y lo es por un criterio
externo y adverso. Pero la cuestión no queda cerrada, sino desplazada, y así debe
consignarse: no está probado que fuera el método honesto lo que lo dejó
disponible para la corrección, y no la fatiga, ni la humillación pública de la
tarde, ni el simple cansancio. Un método que se acredita solo por los frutos de
quien lo practica no se distingue, en un caso aislado, de la suerte. El
protagonista declara, antes del hecho, la condición que lo refutaría, y cede el
veredicto a quien no le debe nada; eso no acredita el método, lo hace
refutable. La cuestión seguirá abierta mientras ningún panel verifique la
condición declarada, y se cerrará en contra si algún panel la deja caducar en
silencio.
12.
Qué cuenta como fruto, dado que el criterio de los frutos lo aceptan las dos
partes del litigio y difieren únicamente en el catálogo. La segunda escena
establece que, bajo cualquiera de los dos catálogos, diez años sin obra no
producen nada, y esa convergencia basta para la corrección; no basta para lo
demás.
13. Si
la reparación que la segunda escena representa —sostener una escalera durante
dos faroles— es una reparación o una anécdota de la que el letrado extrae
provecho espiritual mientras la farolera sigue pagando el aceite. La escena
permite formular el reproche y no lo responde.
14. Si
la declaración de lo que una conjetura le cuesta a quien la sostiene expone de
veras al que la hace o le procura un crédito mayor que el que la conjetura le
habría dado. La prenda de Arcanum —que su tesis, si es verdadera, condena sus
diez años— es sincera y es también una operación de quien habla. La segunda
escena muestra la diferencia entre confesar una falta y que la midan; no
muestra que la confesión sea inocente.
15.
Cómo obtiene la serie una objeción que no haya redactado ella misma. El aparato
clasifica con tal minuciosidad lo que cada escena no consigue que prescribe
también el modo de objetarla, y quien discrepe encontrará su discrepancia ya
escrita. La transparencia metódica y la libertad del lector no crecen juntas.
Los paneles siguientes quedan obligados a recoger al menos una objeción de
procedencia externa, consignada con su origen y sin reformularla en el
vocabulario de la serie; y a dejar en cada entrega al menos una cuestión sin
clasificar.
–*–
― ★ ―
Universo y Cultura. Revista de Vocación Cultural.
https://villafilomena.blogspot.com/2026/08/el-peregrinar-de-arcanum-iii-agora-el.html
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