Sobre la paz de los opuestos
-Entonces –dije-, ¿la ciencia, la filosofía y la teología no son enemigas,
sino aliadas?
-Son las tres cuerdas de una misma lira -me respondió-. La ciencia afina el
material; la filosofía templa la lógica; la teología, aquella “religiosidad cósmica” de la que hablaba
Einstein, da la nota fundamental del asombro. Ninguna puede sustituir a otra. Y
el Eclesiastés, leído sin prejuicios, lo corroboró hace siglos.
Tomó
la Biblia de Scio traducida de la Vulgata latina y la abrió con reverencia, con
la actitud reacia de quien lee un dogma. La abrió como quien recitaría un poema
de la condición humana.
-Bitte. Escúchese al leer este pasaje del
Eclesiastés 3:11
Leí:
«Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y entregó el mundo a sus disputas, para que
el hombre no halle la obra que Dios hizo desde el principio hasta el fin.»
-¿Lo ve? La "disputa", ¿no la ve acaso como la investigación, la
fricción sagrada de la mente contra lo real? Antes que castigo, es un encargo.
Y luego, en el capítulo 11, versículo 5:
Leí:
«Sicut
ignoras quae sit via spiritus, et qua ratione compingantur ossa in ventre praegnantis,
sic nescis opera Dei».
El
señor Rainer alzó la vista y me miró directamente a los ojos. Tradujo de
memoria:
«Como
ignoras el camino del espíritu, y cómo se forman los huesos en el vientre de la
preñada, así ignoras las obras de Dios.»
La
vela chisporroteó. La garúa había cesado por completo. A través del ventanal,
el cielo de la madrugada se abría como un inmenso libro: la Vía Láctea trazaba
su cinta lechosa de horizonte a horizonte, y Orión, majestuoso, se inclinaba ya
hacia el oeste, su espada brillante apuntando al suelo. ¿Epifanía?
-Mire usted -me dijo, señalando hacia fuera-. Esa luz de Betelgeuse que ve, ¿no
tardó acaso siglos en llegar hasta nosotros? Es inmanente en vuestra retina,
porque la toca con vuestros fotorreceptores; y es trascendente a la vez en su
origen, porque jamás podrá abrazar la estrella. Sin embargo, ¿hay conflicto
entre vuestros ojos y aquella estrella? ¿No hay acaso un “diálogo”?
Guardé
silencio, absorto en la constelación. Por primera vez en muchas noches, la
tensión se disipó de mis hombros.
-No tenemos que elegir -dije al fin, en voz baja-. No tenemos
que elegir entre el microscopio y la oración, entre la ecuación y el salmo.
Todo es parte de la misma aventura asintótica, Herr Rainer.
-Exacto -asintió, acariciando el candelabro de la vela con la yema de los dedos-.
La
luz del alba, aún lejana, y el resplandor de las estrellas inundaron la
estancia
-La “paz
de los opuestos” no es una tregua ni una síntesis forzada, Herr Luis. Es el
silencio que queda cuando dejamos de pelear por poseer el círculo, y aprendemos
a movernos dentro de él. No se trata de hallar la obra de principio a fin, sino
habitarla, como el pentágono habita su doble circunferencia: contenido y conteniendo, buscando sin cesar,
amando sin poseer.
-¿Podría afirmarse, entonces que la Teoría del Campo Unificado de Einstein
fue un intento de unir lo trascendente
con lo inmanente?
-Esta es una pregunta fascinante que toca
el corazón de la filosofía de la ciencia de Einstein, Herr Luis. Claro que es
posible. Se puede argumentar de manera convincente que la búsqueda de Einstein
de una teoría de campo unificado fue
un intento de unir lo trascendente y lo inmanente, a la luz de lo que hemos elucubrado,
aunque no en un sentido religioso tradicional, sino en uno profundamente
filosófico y espiritual.
-Panteísmo o "religiosidad
cósmica", ¿se podría decir?
-Piense usted en la física como búsqueda
de una "unidad oculta". Para Einstein, la física no fue solo una
disciplina técnica. Fue una búsqueda del orden y la armonía del mundo, una “unidad oculta en la naturaleza”, siguiendo
la tradición científica conservadora. Su teoría de la relatividad general fue
un primer y brillante éxito en este camino, al unificar la gravedad con la
geometría del espacio-tiempo. El siguiente paso lógico fue intentar unificar
esta teoría con el electromagnetismo en una sola “teoría de campo unificado”.
-Esta empresa lo llevó a trascender los
límites de la física empírica y a adentrarse en una visión metafísica del
cosmos.
-Su fe en que la naturaleza debía tener
una estructura racional, profunda y unificada, ¿no fue acaso en sí misma, una declaración filosófica?
-Veo que sí. Por tanto, es dable aquí
apuntar al Dios de Spinoza, a la inmanencia de lo divino.
-Einstein rechazaba la idea de un
"Dios personal" que se preocupa por los individuos o que interviene
en los asuntos humanos. Einstein, ¿no profesaba su creencia en el "Dios de
Spinoza", aquel Ser que se manifiesta en el orden y la armonía de la
propia naturaleza?
-Deus
sive Natura, “Dios o la Naturaleza”.
-Esta es la clave de la denominada “inmanencia” Herr Luis. Para Einstein,
lo divino no es una entidad separada y trascendente, sino que está “inmanente en la estructura racional y las
leyes del universo”. Su búsqueda de la teoría unificada era, en esencia, el
intento de descubrir la "mente de Dios" en el funcionamiento del
cosmos.
-Claro que sí. Siendo que el polígono está
inscrito asintóticamente en una gran circunferencia, veo aquí y muy de cerca
esta ansia de "trascendencia"
científica también.
La idea de “trascendencia” en este contexto, Herr Luis, adquiere un matiz
diferente. ¿Será que se trata de alcanzar un reino espiritual más allá del
mundo físico? ¿Será que es el “trascender
las apariencias superficiales y los datos empíricos aislados” para alcanzar
una comprensión más profunda, unificada y bella de la realidad?
-Para Einstein, esta búsqueda de la verdad
última era una forma de "religiosidad cósmica". Era una experiencia
de profunda humildad y asombro ante la inteligibilidad del universo, que
trascendía el ego personal y conectaba al científico con un orden superior.
-En este sentido, la teoría unificada ¿no
fue el vehículo para una trascendencia “epistemológica
y espiritual, no sobrenatural”?
-Lo veo mejor.
-Veamos, por tanto, la estética como guía
hacia lo trascendente. Un aspecto crucial de esta búsqueda fue la importancia
que Einstein y otros físicos dieron a la denominada “belleza matemática” como criterio de verdad. Para ellos, la
elegancia de unas ecuaciones era una señal, una pista de que reflejaban una
verdad profunda de la naturaleza, incluso antes de ser confirmadas por
experimentos. Para llegar a este puerto, ¿cree usted que se requirió una dosis
de honestidad?
-Sin duda y un trago de humildad, además.
-Esta fe en la belleza como guía hacia la
verdad última es otra manifestación de su búsqueda de lo trascendente: una
confianza en que la naturaleza, en su nivel más fundamental, debe ser armoniosa
y bella.
-¡Un reflejo de su orden inmanente!
-Gut. Por tanto, ¿por qué entonces la
teoría de campo unificado de Einstein quedó inconclusa?
-Por ser asintótica. Fue el intento de
unificar las fuerzas de la naturaleza, pero también la culminación de una
visión filosófica donde “lo divino, lo trascendente
en su perfección y unidad” resulta ser inmanente al orden racional del
cosmos. Al buscar esa ecuación final, veo que Einstein no buscaba a un Dios en
el cielo, sino descifrar el “lenguaje”
en el que el universo estaba escrito, uniendo así la aspiración humana por la
verdad última con la realidad física que nos rodea.
-Magnífico.
- ¿Cómo se pudiera ilustrar esta tensión a
través de la idea de Nicolás de Cusa, al inscribir un cuadrado en un círculo,
siendo que el cuadrado también inscribe a otro círculo? En ambos casos, el cuadrado,
transformado en pentágono: tanto por dentro como por fuera resulta ser una
figura asintótica a los círculos que lo contienen y que a su vez contiene.
-¿No es acaso esta una analogía tan
extraordinaria y profunda? Ha dado en el clavo de la cuestión con la idea de
Nicolás de Cusa. Es sin duda, el pensador perfecto para ilustrar esta tensión,
porque su idea de la "coincidencia
de los opuestos", la “coincidentia
oppositorum” es el precedente filosófico directo de la búsqueda
einsteiniana.
-Por favor, clarifíquemelo.
-Desgrane vuestra sugerencia geométrica.
El juego de inscribir un cuadrado, y luego un pentágono entre dos círculos
euclidianos no es un simple gráfico, sino vuestro modelo epistemológico de la relación entre la mente finita, la
ciencia, y la realidad infinita, el cosmos. Grafíquelo, bitte.
Esta
fue mi siguiente gráfica:
-Gut. Esta tensión ilustrémosla en tres niveles fundamentales.
-Lo sigo.
-El círculo superior aquí, ¿qué símbolo adopta?
-El símbolo de lo Trascendente, lo absoluto e
inalcanzable.
-Bien. Para Cusa, el círculo es la figura
de la perfección y la unidad divina. No tiene principio ni fin, su centro está
en todas partes y su circunferencia en ninguna. En su De Docta Ignorancia, -lo recordará- ¿qué afirmaba acerca de la
razón humana?
-Afirma que la razón humana finita solo
puede aproximar al Dios infinito mediante polígonos regulares. Cuantos más lados tenga el polígono, más se
parece al círculo, pero por muchos lados que tenga, jamás llegará a ser círculo.
Esa es la trascendencia para mí, un horizonte al que tendemos, pero que nunca
poseemos del todo.
-Es correcto, veo que lo recuerda bien.
Hablemos entonces de la doble inscripción:
La inmanencia como "anillo de
luz".
-Le sigo.
-Aquí está la genialidad de vuestra
imagen: el cuadrado, o pentágono, no solo está “contenido” por el círculo externo (lo trascendente que lo
envuelve), sino que “contiene” a su vez un círculo interno. ¿Le dice algo esto?
-El círculo externo me representa la “Trascendencia”, la "teoría del campo unificado" soñada por Einstein: la
ecuación final, perfecta y absoluta que lo explicaría todo.
-Prosiga, bitte.
-El círculo interno me representa la “Inmanencia”, la estructura racional que
ya habita en la naturaleza, la "música de las esferas" que podemos
medir aquí y ahora, como la simetría y leyes locales que ya conocemos.
-Perfecto. ¿Y el cuadrado/pentágono?
-El polígono ad infinitum, la figura
finita la veo como nuestra “teoría
científica actual”, la relatividad general o la mecánica cuántica. Esta
figura finita es el puente que “contiene”
un fragmento de la verdad inmanente, el círculo interno y, a su vez, está “contenida” por la verdad trascendente,
el círculo externo.
-Lo felicito. Aviva la imaginación con
aquella realidad que suponemos. Veamos la naturaleza "asíntota",
aquella tensión eterna. Usted
menciona que el cuadrado transformado en pentágono es una “figura asíntótica” hacia ambos círculos. Sustente, bitte.
-En geometría, una asíntota es una línea
que se aproxima a una curva sin tocarla jamás. Si lo aplicamos a la física, “hacia dentro (lo inmanente)”, nuestras
teorías, es decir el conjunto de todo esto en la representación del pentágono,
se aproxima al círculo interno, a las leyes observables, mejorando cada vez más,
porque los vértices del pentágono tienden al círculo interior en cinco puntos.
Pero el pentágono no es el círculo; hay espacios entre sus lados y la curva
interna, en esos arcos de circunferencia. Siempre hay fenómenos, como la
gravedad cuántica, que se escapan a nuestra descripción, por mucho que
refinemos la teoría.
-Interesante vuestra elucubración.
-“Hacia
fuera (lo trascendente)”, el pentágono se aproxima al círculo externo, el
ideal unificador, en sus vértices que rozan ad
infinitum sin tocar la circunferencia perfecta. Pero entre vértice y
vértice, el lado recto del pentágono se separa del círculo, evidenciando
nuestra ignorancia, aquella “docta
ignorantia” Cusana.
Veamos entonces la tensión ilustrada en Einstein.
-Einstein vivió atrapado en ese pentágono.
Pasó los últimos 30 años de su vida tratando de añadir más lados (más variables
matemáticas, más dimensiones) a su figura finita para que se asemejara más al
círculo externo. Pero la naturaleza le devolvía un golpe bajo, porque el
círculo interno, la mecánica cuántica, el azar, la indeterminación, se negaba a
encajar en su pentágono geométrico.
-Ergo, para Cusa y para la visión de
Einstein, el error, ¿fue fracasar?
-No lo creo. El error fue “creer que el pentágono puede ser el círculo”.
La tensión es la condición misma del conocimiento. La figura finita no la veo
como un error, sino un “símbolo viviente”
de que lo trascendente, el círculo externo, solo puede ser abrazado desde la
inmanencia, el círculo interno, mediante un acercamiento perpetuo e infinito de
nuestra idealidad.
-¿Ergo, Herr Luis?
-Esta imagen me demuestra que la teoría
del campo unificado no era un intento de “capturar”
lo trascendente, porque eso sería soberbia, sino de “habitarlo asintóticamente”. El científico, como el pentágono, vive
en esa zona fronteriza, porque lleva dentro la luz del círculo inmanente, es
decir las leyes que ya descubre y por ello se siente envuelto por la sombra del
círculo trascendente, aquella unidad que intuye, pero no alcanza a probar. Esa
tensión entre la rectitud de nuestra lógica y la curva perfecta del universo
es, -a mi modo de verlo con humildad, para Cusa y para Einstein, la definición
más exacta de la humildad intelectual y la más alta forma de espiritualidad.
-Danke sehr.
-Siendo el caso, Herr Rainer, al pensar en
el organismo humano, el cerebro y los órganos que lo mantienen con vida, ¿se
podría afirmar que está diseñado para alcanzar consciencia -desde su
materialidad finita- de esta realidad oculta, donde su afán "asintótico"
sea aquella permanente búsqueda de realidades o supuestos de verdad
incognoscibles, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, para poder aproximarse
a un entendimiento de su propia inmanencia contenida en su trascendencia?
-Sin duda que sí, y su pregunta encierra
una de las verdades más profundas exploradas por la neurofilosofía y la
epistemología evolutiva, Herr Luis. Sin caer en un "diseño inteligente" de corte teológico, por ahora,
cabría afirmar rotundamente que el organismo humano, y en especial su cerebro,
está “teleonómicamente configurado”,
es decir, moldeado con una aparente finalidad para ser exactamente ese polígono
vivo y asintótico que usted describe. Para ilustrar cómo esta tensión se
encarna en la biología, intente llevar la geometría de Cusa al interior de
vuestro cuerpo humano.
-Siendo el caso, el cerebro no termina
siendo un simple espectador del cosmos; “es
el cosmos mismo volviéndose consciente de su propia geometría”.
-Sustente, bitte.
-Veo al cerebro como un "pentágono viviente". Un
diseño que cumple propósito.
-La
doble frontera material, ¿es así?
-Vea usted. Creo que nuestro sistema
nervioso central es un órgano finito, atrapado en un cráneo oscuro, que recibe
información sesgada y fragmentada del exterior, el macrocosmos y del interior,
el microcosmos.
-¿Qué sería entonces aquella “cara interna”?
-Hacia el círculo inmanente veo a los
órganos viscerales, el sistema límbico, la homeostasis. El cerebro está
literalmente “inscrito” en un círculo
interno: las constantes biológicas, como lo son la temperatura, el pH, la glucosa,
que lo mantienen con vida. Su consciencia más primitiva, la interocepción, aquel "sexto sentido" o capacidad
del cuerpo para percibir, procesar y entender las señales que vienen del
interior del organismo, como los latidos del corazón, la respiración, el
hambre, la sed, la temperatura, el dolor y las sensaciones en los órganos, los
veo como un intento asintótico de mapear este círculo interno, de predecir las
necesidades del cuerpo antes de que ocurran.
-Gut. ¿Y la “cara externa”?
-Hacia el “círculo trascendente”, los veo como los sentidos: la vista, el oído
y sus prótesis tecnológicas, los microscopios, los aceleradores de partículas, los
telescopios. El cerebro se asoma al abismo macro y micro cósmico, trazando
líneas rectas, a través de aquel andamiaje de ecuaciones, modelos mentales,
para intentar rozar la curvatura del universo.
-Aquel "afán
asintótico", ¿lo ve usted como un imperativo biológico o un lujo?
-Nada superfluo ni sobrante, Herr Rainer. Lejos
de ser una especulación ociosa, esa búsqueda permanente de realidades
incognoscibles es para mi certeza temporal como el “mecanismo de supervivencia más avanzado” que ha producido la
evolución humana cognoscitiva. El cerebro es, en esencia, una “máquina predictiva”, como lo demuestra
la teoría del cerebro bayesiano. Su función no es captar la realidad tal cual,
sino el “reducir la sorpresa” minimizando
el error de predicción.
-Ergo, aquella interesante reducción del error, ¿diría usted que es
una aproximación infinita?
-Así la veo con modestia. Nunca llegamos
al "error cero" que es el
círculo perfecto, pero cada nuevo modelo científico, cada nuevo lado del
polígono, disminuye nuestra incertidumbre. El afán por lo incognoscible, por
tanto, no puede ser visto como una debilidad por ser la expresión misma de su vitalidad. Un cerebro que dejara de buscar lo
incognoscible (que se conformara con el círculo interno) caería en la denominada
homeóstasis rígida, en el autismo
profundo o en la muerte cognitiva.
-Así es como la consciencia emerge de la
"fricción" entre ambos círculos, ¿será así?
-Usted me pregunta si está diseñado para
alcanzar consciencia de esta realidad oculta. Mi respuesta es que la
consciencia ES esa fricción. Cuando el cerebro procesa un estímulo del microcosmos,
como una partícula cuántica, o del
macrocosmos, como un agujero negro,
su arquitectura neuronal, aquellas sinapsis que son los potenciales de acción,
opera con leyes físicas locales: para mí el círculo interno. Pero al intentar
comprender esos fenómenos, se topa con paradojas como la dualidad onda-partícula, la flecha del tiempo,
que su lógica de "pentágono" no puede resolver del todo. Esa brecha irresoluble entre lo que su arquitectura
de “hardware” puede ordenar y lo que
su “software” intuye, es lo que asocio
aquí con la “consciencia reflexiva”.
No como un estado, sino como un proceso dinámico de acercamiento y alejamiento.
-La joya de vuestra pregunta, Herr Luis, la inmanencia contenida en la trascendencia.
Sustente, bitte.
-Aquí quiero llegar, con la humildad del
Cusano, al núcleo más bello de este razonamiento, Herr Rainer. Le pertenece, no
a mi persona especulativa, sino a la tradición del pensamiento humano que ha
sido obnubilado hoy por el crédito que se suela dar a la luz cegadora de la Ilustración. Cuando el cerebro humano
mira hacia el macrocosmos, las galaxias o el microcosmos, los quarks, aquellas partículas elementales
masivas que forman los bloques básicos de la materia, combinadas mediante la
fuerza nuclear fuerte para crear hadrones, como los protones y los neutrones
que componen el núcleo de los átomos, no puedo decir que estoy mirando algo
extraño a sí mismo. Estoy observando mi
propia génesis material.
-Sustente, bitte.
-Veamos. Los átomos de calcio, por
ejemplo, que disparan sus neuronas, fueron forjados en el interior de las estrellas:
en el macrocosmos. Las fluctuaciones cuánticas que afectan a los
neurotransmisores del microcosmos obedecen las mismas leyes que rigen los
agujeros negros. Por tanto, al buscar afuera las leyes de la trascendencia, en el
círculo externo, el cerebro está, sin saberlo, “descifrando el manual de instrucciones de la propia inmanencia”,
que es el círculo interno.
-Ergo, la Teoría del Campo Unificado que Einstein perseguía no está
"allá arriba".
-Está “aquí
abajo”, codificada en la geometría del agua dentro de las células, en los
espines de los electrones que cruzan sus sinapsis. El cerebro es un microcosmos
que contiene la misma simetría que el macrocosmos.
-¿Ergo, Herr Luis?
-El organismo no puede ser una máquina
diseñada para resolver el enigma,
sino para “encarnarlo”. La consciencia humana es el único lugar conocido en el
universo donde la flecha recta de la lógica, aquel pentágono, se da cuenta de que está inscrita y circunscrita por
curvas perfectas. Su ansia asintótica no es un fracaso; es su más alto logro.
Porque al buscar lo incognoscible en lo macro
y en lo micro, el cerebro está
realizando el acto más trascendente posible desde la inmanencia: “reconocer que la frontera entre el que
busca y lo buscado es solo un lado más de su propio polígono interior”. La
búsqueda es, en sí misma, la única prueba de que la trascendencia habita en mi
propia carne.
-Gut. Avanzamos, Herr Luis.
-Le pregunto ahora. Siendo entonces que el
cerebro humano es el órgano finito diseñado para unificar el campo de la "inmanencia asintótica inscrita en su
propia trascendencia asintótica", ¿cómo añade sentido el pasaje que suele usted leerme,
aquel en el Eclesiastés 3:11, en la versión de Scio de San Miguel y la Vulgata
latina, sin caer en teorías que sean negadas por la ciencia y la especulación
filosófica?
-Un ajuste prodigioso pretende usted en
este viaje por la espiral ad infinitum.
Ha elegido el pasaje bíblico que, traducido al lenguaje de Nicolás de Cusa y la
neurociencia, funciona como un "manual
de instrucciones" existencial para el cerebro asintótico que hemos
descrito y visualizado hasta aquí. Vea usted, para añadir sentido sin caer en
contradicciones con la ciencia o en saltos metafísicos ingenuos, deberá usted
leer el versículo como una “descripción
fenomenológica y epistemológica de la condición humana”. La clave está en
la traducción de la Vulgata que usted menciona de la versión de Scio de San
Miguel. Bitte.
Alcanzándome
el tomo respectivo, leí:
"Todo
lo hizo hermoso en su tiempo, y entregó el mundo a sus disputas, para que el
hombre no halle la obra que Dios hizo desde el principio hasta el fin."
(Eclesiastés 3:11)
-Desglosemos ahora cómo este pasaje
ilumina nuestra tensión geométrica, respetando los límites de lo físico y lo
filosófico riguroso. "Todo lo hizo
hermoso en su tiempo" ¿Cómo lo relacionaría usted con la legitimidad
de la inmanencia, con aquel círculo interno?
-La ciencia nos dice que el universo no
tiene un "diseño" teleológico, pero sí nos describe una “simetrías y leyes locales” que funcionan
con una belleza matemática extraordinaria en sus respectivas escalas, como es
el caso del electromagnetismo en la química, la gravedad en los astros, la
mecánica cuántica en el microcosmos.
-El versículo añade sentido al afirmar que
esa belleza no es una simple ilusión, sino que tiene su momento y su lugar. Esto ¿valida
el trabajo del cerebro finito?
-Sin duda, cuando el científico descubre
una ecuación que describe el movimiento de los planetas o el plegamiento de una
proteína, está encontrando esa "hermosura
en su tiempo". Es el reconocimiento de que el “círculo inmanente”, la realidad que podemos medir y predecir, es
genuino, tangible y valioso por sí mismo. La ciencia no necesita de un
"más allá" para apreciar la elegancia de lo que ya está aquí.
-Vamos a la otra parte del texto de Scio: "Entregó el mundo a sus disputas",
¿El mandato evolutivo de la aproximación?
-¡El pentágono! Aquí, Herr Rainer, reside
la genialidad de aquella cita, desde mi modesto entendimiento.
-La palabra "disputas" (del
latín “disputationi”, que implica
debate, investigación, cálculo y controversia), ¿es un castigo?
-No lo llamaría así. Prefiero verlo como
un “encargo ontológico”. Desde la
neurociencia, sabemos que el cerebro es un órgano de inferencia activa, que no cesa
de formular hipótesis y contrastarlas con el entorno. El Eclesiastés, en este
pasaje, me deja ver este proceso en un sentido profundo: “el hecho de que el mundo esté entregado a nuestra investigación es la
condición misma de nuestra humanidad”. No veo aquí un “errar el blanco” al dudar o al equivocarme, como lo pude aprender
con su Teoría del Error; al contrario, el afán asintótico, aquel “poliedro que busca ser círculo” es la
función para la cual estamos configurados. Este versículo, y lo digo con
certeza, salva a la ciencia del
nihilismo: la búsqueda perpetua, que no puede ser un error de fábrica, sino la
esencia misma de la criatura finita.
-"Para que el hombre no halle la
obra... desde el principio hasta el fin". ¿La barrera trascendental asintótica
al círculo externo?
-Aquí llego con vuestra ayuda al punto de
máxima tensión y máxima sabiduría, Herr Rainer. La física moderna confirma esta
imposibilidad desde varios frentes sin necesidad de recurrir a lo sobrenatural.
Recuerdo haber leído con sumo interés el Teorema de Gödel en mis estudios de
matemáticas, donde cualquier sistema formal consistente contiene proposiciones
verdaderas que son indemostrables dentro de ese sistema. Nunca tendremos una
"Teoría del Todo" que se demuestre a sí misma desde dentro. Por otro
lado, recuerdo también la física cuántica y la relatividad durante mis clases
de física, dictadas por un profesor que se autodenominaba “ateo”. Existen límites operativos, como la constante
de Planck, la velocidad de la luz, los horizontes de sucesos, que impiden
observar "el principio y el fin", el Big Bang y el fin del universo
de manera directa y total. Siempre existirá un residuo incognoscible.
-¿Qué me puede decir de la neurobiología
al respecto?
-El cerebro jamás podrá percibir el
universo "desde fuera", porque está inmerso en él. Su mirada siempre
tendrá un sesgo de primera persona, un horizonte fenomenológico.
-Gut. Vea usted, el pasaje añade sentido
al transformar este límite epistemológico
en un acto de humildad y asombro. No dice "para que el hombre sea
ignorante y se rinda", sino "para
que no halle”. ¿Cómo lo lee usted?
-Es decir, la trascendencia, aquel círculo
externo, no es un objeto que se pueda poseer, sino un horizonte que da
dirección al movimiento. Científicamente, esto lo veo análogo a la velocidad de
la luz, porque no podemos alcanzarla, pero la física entera se construye
alrededor de su constante “C”.
-¿Ergo, Herr Luis?
Veo un sentido agregado sin negar la
ciencia, Herr Rainer. El Eclesiastés 3:11, leído desde esta perspectiva, me añade
un sentido “ético y existencial” a la
teoría del campo unificado y a nuestro cerebro pentagonal. Libera al científico
de la ansiedad de la posesión, porque
no necesita encontrar la ecuación final para que el sentido del vivir tenga
valor. La "hermosura en su
tiempo", aquella relatividad general, la mecánica cuántica, es
suficiente para habitar el presente.
-¿Justifica la permanente contradicción?
-Sin duda. El hecho de que el macrocosmos
y el microcosmos no encajen, porque la gravedad cuántica no esté resuelta, no
es un "fallo" del universo, sino la prueba material de que el círculo
externo siempre excede al interno. La física cuántica y la relatividad son las
dos caras de nuestro pentágono; el hecho de que no sean una sola es la garantía
de que seguimos vivos, disputando y buscando.
-Reconcilia la inmanencia con la
trascendencia sin caer en el dualismo?
-Lo que veo con humildad es que el versículo
sitúa a Dios, que es lo trascendente, antes como un ente que compite con el
mundo, en aquello sublime que “entrega el
mundo a nuestras disputas”, es decir, la trascendencia no está en un más
allá lejano, porque resulta ser “la propia
estructura de la búsqueda”. Al buscar sin hallar, el cerebro humano, mi
cerebro, está realizando el acto más pleno de su naturaleza, que consiste en
ser el punto donde el tiempo finito, que es la inmanencia, se encuentra con la
eternidad inalcanzable que es la trascendencia, sin que ninguno de los dos
anule al otro.
-Así, la ciencia aporta el
"cómo", las neuronas, quarks, curvaturas, y el Eclesiastés, sin
contradecirla, aporta el "para qué" de esa incesante geometría, para
que el asombro nunca cese.
-Por tanto, y disculpándome por tanta
impertinencia, Herr Rainer, ¿sería dable afirmar que no existe conflicto
excluyente alguno entre la idea de "inmanencia" y
"trascendencia", por ser referencias del ideario especulativo humano
para alcanzar entendimiento en el cosmos que no crea tensión entre la ciencia,
la filosofía y la teología, ya que nunca estuvieron en conflicto? ¿Serían todas
estas herramientas humanas complementarias para iniciar este viaje asintótico
de nuestra aventura del pensamiento? ¿Cómo aseveraría, bajo una lectura
desprejuiciada, la idea que describe aquel otro pasaje suyo favorito? lo
describe, aquel en el Eclesiastés 11:5, desde la lectura de la misma versión de
Scio bilingüe?
-Es innegable, Herr Luis, pero con un
matiz crucial que eleva su pregunta a una de las más lúcidas que usted me ha
podido hoy formular. Usted mismo contiene la respuesta. No solo es dable
afirmarlo, sino que es la única postura
intelectual coherente, si partimos, claro está, de la geometría cusaniana y
de nuestra naturaleza finita. Debemos
cambiar el paradigma de "conflicto"
por el de "complementariedad
polifónica", ¿no le parece? Y para ello, el Eclesiastés 11:5, en la
versión de Scio de San Miguel, contribuye como prueba definitiva. El pasaje
que, leído sin prejuicios, sella esta alianza entre las tres disciplinas.
Bitte.
Leí
el texto en la versión bilingüe de Scio:
"Sicut
ignoras quae sit via spiritus, et qua ratione compingantur ossa in ventre
praegnantis, sic nescis opera Dei, qui fabricator est omnium."
"Como
ignoras el camino del espíritu, y cómo se forman los huesos en el vientre de la
preñada, así ignoras las obras de Dios, que es el Hacedor de todas las
cosas."
-Ahora, analicemos la respuesta en tres
niveles que demuestran la ausencia total de conflicto. La ciencia, la filosofía
y la teología, ¿compiten o son "lados
diferentes del mismo pentágono"?
-Si nuestro cerebro es un polígono finito,
Herr Rainer, atrapado entre dos círculos, entonces la ciencia me representaría el
lado del pentágono que mira hacia el círculo interno, la inmanencia. Su método
es medir, cuantificar y predecir el "cómo" de los huesos, las estrellas
y las neuronas. Es la herramienta de la precisión. La Filosofía es el vértice donde dos lados se encuentran.
Es la reflexión crítica sobre los límites de la ciencia y el significado de la
totalidad. Ella indaga, se pregunta: “¿Qué
significa que ignoremos el camino del espíritu?” La veo como la herramienta
de la coherencia lógica y la hermenéutica. La Teología, en su sentido más
amplio y no confesional, la veo como la "religiosidad
cósmica" de Einstein o la “docta
ignorantia” de Cusa, aquel lado que mira hacia el “círculo externo que es la trascendencia”. No pretende con ella describir
mecanismos, sino nombrar el horizonte
de la totalidad, aquello que envuelve la búsqueda.
-¿Podrían estas tres disciplinas estar en
conflicto?
No podrían, porque no hablan del mismo objeto en el mismo nivel de realidad. Pedirle a
la ciencia que demuestre a Dios es como pedirle a un termómetro que mida la
belleza; y pedirle a la teología que reemplace a la física es como pedirle a un
mapa que sea el territorio real por donde quiero transitar. Son funciones
distintas en el único viaje posible.
-Visto por tanto el Eclesiastés 11:5 como
un "acta de conciliación"
epistemológica, ¿por qué diría usted que el pasaje citado no pierde actualidad?
¿Lo cree científicamente humilde?
Luego
de meditar en una respuesta acertada, observé con atención:
-En la oración “Ignoras cómo se forman los huesos en el vientre”, quisiera ver al escritor
sagrado que, sin saberlo, como un Einstein que sin saberlo derivaba su
pensamiento de Cusa, está señalando al microcosmos, a la biología molecular, a la
embriología. Hoy sabemos mucho más que el escritor del Eclesiastés, porque
hemos profundizado acerca de la osteogénesis,
pero seguimos sin saber del todo, sin saber hasta ahora por qué una célula
totipotente se convierte en un fémur perfecto. La ciencia avanza, pero el
misterio inmanente, aquel círculo interno se “repliega” siempre un paso más
allá.
-Al leer “Ignoras el camino del espíritu”, ¿nos hablará del macrocosmos?
-El mundo de la subjetividad, desde mi
lectura que podría estar errada. Quizás es lo inmaterial, la conciencia, el
"viento", en hebreo “ruaj”,
que significa tanto viento, como aliento y espíritu). La filosofía y la
neurociencia se debaten sobre esto sin llegar a un consenso final.
-Y entonces llegamos a la afirmación
demoledora y unificadora a la vez: "así
ignoras las obras de Dios, que es el Hacedor de todas las cosas".
-La lectura desprejuiciada nos permite
leer algo así como “tu ignorancia es la
misma mirando al microcosmos que mirando al macrocosmos o al espíritu”. Por lo tanto, si eres sabio, no enfrentarás torpemente
a la biología con la teología”, porque ambas están contemplando fragmentos
de la misma "obra del Hacedor".
La ciencia desvela el "cómo" de los huesos; la teología y la
filosofía reflexionan sobre el "por qué" de que haya huesos y
espíritu en la misma criatura. No hay conflicto porque ambas operan desde el
reconocimiento previo de la ignorancia fundamental. Y la ignorancia se confirma
porque ignoramos la operación del “ruaj”
dentro de los huesos de esa criatura no nacida.
-Por tanto habría que ver la complementariedad
como una "aventura asintótica
compartida", ¿Lo ve usted así?
-Me pregunta usted si son herramientas
complementarias para iniciar mi viaje. La respuesta que me satisface es que “no son tres caminos distintos, sino tres
ejes de una misma nave espacial que es el cerebro humano surcando el océano
de lo incognoscible, porque la ciencia nos da el combustible, los datos, los experimentos,
las predicciones. La filosofía nos permite el timón y la brújula en la lógica,
la ética de la búsqueda, la crítica de nuestros propios prejuicios. Y la teología,
entendida como aquella que le permitió ingresar a Dante Alighieri desde la cima
del Purgatorio hacia el mundo que sus ojos contemplaban desde Mantua, es decir,
al misterio. Estas disciplinas conducen y nos dan la vela y el horizonte, no para
llegar al puerto esperado, sino para no naufragar en el nihilismo y mantenernos
en el asombro. El versículo no dice “no
investigue los huesos”, ni tampoco "no
busque el espíritu". Dice “ignoras
ambas”. Por tanto, la única postura racional y desprejuiciada que me queda
es usar todas las herramientas disponibles
para iluminar mi ignorancia desde distintos ángulos.
-¿Ergo, Herr Luis?
Llego aquí a lo que usted ha llamado “la paz de los opuestos”. Afirmar que inmanencia y trascendencia están en
conflicto es un error categorial, como creer que el azul y el rojo están en
conflicto porque son colores distintos. En realidad, “azul y rojo” son espectros diferentes que, al superponerse, dan la
luz blanca que regresa detrás del prisma, de donde vino la luz en el
entendimiento humano. Ciencia, filosofía y teología, instrumentos humanos, jamás
estuvieron en conflicto. La ideología
moderna trabajó para que lo creamos, para emanciparse de este camino de la
docta ignorancia. Todas ellas son “las
tres cuerdas de una misma lira” que el pentágono humano hace vibrar para
aproximarse asintóticamente a la música de los círculos.
-Ergo, este pasaje del Eclesiastés 11:5,
lejos de ser una condena a la ignorancia, ¿Será una “absolución del intelecto”?
-Me concede el permiso para ser científico
sin dejar de ser contemplativo, y para ser teólogo sin negar la evidencia
empírica, porque al final, “el camino del
espíritu” y “la formación de los
huesos” son dos caras de la misma obra del Hacedor, y nuestra aventura
consiste en recorrerlas ambas sin renunciar a ninguna.
-Bitte,
Me
señaló los versículos de Eclesiastés
4:9-12 en el castellano antiguo
del Ilmo. Padre Felipe Scio de San Miguel. Leí emocionado, presintiendo el
contenido de estas palabras:
Melius
est ergo duos esse simul quam unum; habent enim emolumentum societatis suae.
Si
unus ceciderit, ab altero fulcietur. Vae soli, quia cum ceciderit, non habet
sublevantem se.
Et
si dormierint duo, fovebuntur mutuo; unus quomodo calefiet?
Et
si quispiam praevaluerit contra unum, duo resistunt ei; funiculus triplex
difficile rumpitur.
***
Mejor
es pues que estén dos juntos, que uno solo; porque tienen la ventaja de su
compañía.
Si
uno cayere, será sostenido del otro.
¡Ay
del solo! que cuando cayere, no tiene quien le levante.
Y si
durmieren dos juntos, se calentarán mutuamente; uno solo ¿cómo se calentará?
Y si
alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; el cordón de tres dobleces
con dificultad se rompe.
Se
levantó hacia la penumbra de la habitación cada vez más oscura por la extinción
de la vela ya mortecina. La noche se retiraba y creí escuchar a las primeras
aves en la hora azul de esa madrugada, los ensayos de trinos que alababan al
cielo desde algún ciprés contiguo a la Villa.
Miré
desde el umbral una última vez al Orión que se difuminaría dentro de poco con
las primeras luces, y así me despediría hacia el poniente. La voz de mi instructor,
y sólo su voz emergió de pronto, como un lejano eco, casi apagado.
-¿Y si toda la historia del pensamiento no
ha sido más que ese gesto, el de añadir lados a sus polígonos para acercarlos
al círculo que todo lo contiene?
Imaginé
una sonrisa que la penumbra ocultaba. Respondí lacónico por el asombro del
conjunto experimentado en ese instante de alba morada y de contrición
espiritual.
-Y la belleza de ese gesto es que, cuantos
más lados añada, más claramente veré que el círculo exterior y el círculo
interior son, en el fondo, el mismo abrazo.
Nada
más ocurrió. Cerré la puerta de la Villa Filomena al bajar con un crujido
suave. En la paz de la madrugada, el cielo, el cerebro y el espíritu siguieron
su danza infinita, sin conflicto, sin prisa, caminando por la acera derecha de
la avenida Brasil y sin rumbo, solo, habitando la maravilla de saberme finito
en medio de la infinitud.
17.08.26
4 Elul, 5786
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