Sobre la paz de los opuestos



SOBRE LA PAZ DE LOS OPUESTOS

 
La garúa mojaba los adoquines de la Villa Filomena con esa persistencia melancólica del invierno tardío. Llegué envuelto en mi gabán oscuro, y al cruzar el umbral de piedra, la luz de una única vela tembló sobre el rostro de Herr Rainer, que leía una edición desencuadernada de la Harmonice Mundi de Kepler, abierta por la página donde la música de las esferas se dibuja en pentagramas celestes.
 
-Ha venido usted a preguntar por la herida —me dijo sin levantar la vista, como si el rumor de la lluvia le hubiera anunciado una visita—. La que la Ilustración infligió al saber, cuando los hombres creyeron que debían elegir entre la lámpara del científico y la vela del teólogo.
 
Me senté frente a él, sorprendido al otro lado de la mesa de roble. La llama osciló, alargando sombras en los estantes repletos de volúmenes de Copérnico, Galileo y Newton que alcancé a distinguir por sus lomos. No quise indagar cómo había acertado con el tema que yo venía a tratar".
 
--He venido a deshacer aquel nudo -le respondí-. O para comprobar si, en el fondo, nunca existió. A propósito, Herr Rainer, ¿cómo es que usted…?
 
El señor Rainer sonrió con suavidad y cerró el libro de Kepler. Se recostó en su silla, y durante un largo instante solo se oyó el golpeteo rítmico de la garúa contra el único vidrio entero de la habitación.
 
-La Escolástica –comenzó-, y en especial el Quadrivium, donde se estudiaba la aritmética, la geometría, la música y la astronomía, jamás fue una cárcel para el espíritu, como algunos creen hoy. Era una suerte de catedral. Dante lo supo cuando ascendió por los cielos concéntricos del “Paraíso”, donde cada círculo era una virtud, cada esfera un peldaño de comprensión. No distinguía entre la mecánica celeste y la teología moral, porque para él ambas eran lecturas del mismo libro.
 
El señor Rainer se inclinó hacia la vela y continuó:
 
-Kepler, al oír la música de los planetas, no veía conflicto alguno entre su fe luterana y sus elipses. Ni Copérnico, ni Galileo, ni Euler, ni Gauss, ni Leibniz, ni Newton. Todos ellos, valiéndose de principios universales que hunden sus raíces en Nicolás de Cusa, y en la coincidentia oppositorum de Santo Tomás, aproximaron la teología a la ciencia como quien acerca dos orillas de un mismo río. El conflicto -añadió con un suspiro- no nació de la razón, sino de la soberbia de la razón. Nació cuando algunos decidieron que medir era más digno que contemplar, y otros que contemplar era incompatible con medir.
 
Dejé que el silencio envolviera esas palabras. Afuera, la garúa comenzaba a diluirse. En el cielo, como un telón que se descorre, empezaban a asomar las primeras estrellas.
 
-Pero Kant -objeté suavemente- separó el fenómeno del noúmeno, la inmanencia de la trascendencia. Eso dividió el saber en compartimentos estancos.
 
El señor Rainer negó con la cabeza, pero sin gesto de reproche.
 
-Kant no dividió, Herr Luis; describió los límites de nuestro aparato cognitivo. Pero el error de sus epígonos fue convertir esos límites en muros. Para Cusa y para Santo Tomás, lo inmanente y lo trascendente no eran dos reinos enfrentados, sino dos caras de la misma esfera. Fíjese usted en la geometría que hemos heredado de ellos: inscribe un cuadrado en un círculo, y luego inscribe otro círculo en el cuadrado. El cuadrado es finito, es el humano cerebro, la mente especulativa. El círculo externo, lo trascendente, el ideal inalcanzable de una teoría unificada del cosmos. El círculo interno es lo inmanente, la realidad que podemos tocar, medir y predecir aquí y ahora.
 
Cerré mis ojos para imaginar en silencio: Una hoja de pergamino iluminada por la luz de una vela. En su centro, un círculo perfecto, trazado con compás de bronce, que abraza todo el espacio. Dentro de él, un cuadrado de lados rectos y firmes, cuyas cuatro esquinas tocan la circunferencia como dedos que rozan un límite sagrado. Y en el interior de ese cuadrado, otro círculo más pequeño, exacto y sereno, que descansa apoyado en el centro de cada lado, como una pupila que mira desde dentro. Así, el cuadrado es puente y frontera, finito y mediador, habitado por la inmanencia y habitando la trascendencia. Este fue el dibujo que realicé, derivado de la propuesta de mi instructor:
 
-Ahora vea. Es posible que aquel cuadrado, transformado en pentágono y luego en polígono de muchos lados, se aproxime asintóticamente a ambos círculos. Pero jamás llega a ser ninguno. Esa aproximación perpetua no es un fracaso, Herr Luis. Es el “viaje” mismo. El cerebro humano es el único órgano finito que conocemos diseñado para unificar el campo de la inmanencia asintótica inscrita en su propia trascendencia asintótica. Y no hay conflicto, porque el conflicto solo existe cuando confundimos el mapa con el territorio.
 
Proseguí con el siguiente gráfico resultante:
 
 
 


 
Contemplé mi boceto a la luz de la vela. Las llamas danzaban y las sombras de los libros de Newton -esa mezcla prodigiosa de “Principios Matemáticos” y comentarios al Apocalipsis- bailaban en la pared.

 

-Entonces –dije-, ¿la ciencia, la filosofía y la teología no son enemigas, sino aliadas?

 

-Son las tres cuerdas de una misma lira -me respondió-. La ciencia afina el material; la filosofía templa la lógica; la teología, aquella “religiosidad cósmica” de la que hablaba Einstein, da la nota fundamental del asombro. Ninguna puede sustituir a otra. Y el Eclesiastés, leído sin prejuicios, lo corroboró hace siglos.

 

Tomó la Biblia de Scio traducida de la Vulgata latina y la abrió con reverencia, con la actitud reacia de quien lee un dogma. La abrió como quien recitaría un poema de la condición humana.

 

-Bitte. Escúchese al leer este pasaje del Eclesiastés 3:11

 

Leí: «Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y entregó el mundo a sus disputas, para que el hombre no halle la obra que Dios hizo desde el principio hasta el fin.»

 

-¿Lo ve? La "disputa", ¿no la ve acaso como la investigación, la fricción sagrada de la mente contra lo real? Antes que castigo, es un encargo. Y luego, en el capítulo 11, versículo 5:

 

Leí:

«Sicut ignoras quae sit via spiritus, et qua ratione compingantur ossa in ventre praegnantis, sic nescis opera Dei».

 

El señor Rainer alzó la vista y me miró directamente a los ojos. Tradujo de memoria:

 

«Como ignoras el camino del espíritu, y cómo se forman los huesos en el vientre de la preñada, así ignoras las obras de Dios.»

 

La vela chisporroteó. La garúa había cesado por completo. A través del ventanal, el cielo de la madrugada se abría como un inmenso libro: la Vía Láctea trazaba su cinta lechosa de horizonte a horizonte, y Orión, majestuoso, se inclinaba ya hacia el oeste, su espada brillante apuntando al suelo. ¿Epifanía?

 

-Mire usted -me dijo, señalando hacia fuera-. Esa luz de Betelgeuse que ve, ¿no tardó acaso siglos en llegar hasta nosotros? Es inmanente en vuestra retina, porque la toca con vuestros fotorreceptores; y es trascendente a la vez en su origen, porque jamás podrá abrazar la estrella. Sin embargo, ¿hay conflicto entre vuestros ojos y aquella estrella? ¿No hay acaso un “diálogo”?

 

Guardé silencio, absorto en la constelación. Por primera vez en muchas noches, la tensión se disipó de mis hombros.

 

-No tenemos que elegir -dije al fin, en voz baja-. No tenemos que elegir entre el microscopio y la oración, entre la ecuación y el salmo. Todo es parte de la misma aventura asintótica, Herr Rainer.

 

-Exacto -asintió, acariciando el candelabro de la vela con la yema de los dedos-.

 

La luz del alba, aún lejana, y el resplandor de las estrellas inundaron la estancia

 

-La “paz de los opuestos” no es una tregua ni una síntesis forzada, Herr Luis. Es el silencio que queda cuando dejamos de pelear por poseer el círculo, y aprendemos a movernos dentro de él. No se trata de hallar la obra de principio a fin, sino habitarla, como el pentágono habita su doble circunferencia: contenido y conteniendo, buscando sin cesar, amando sin poseer.

 

-¿Podría afirmarse, entonces que la Teoría del Campo Unificado de Einstein fue un intento de unir lo trascendente con lo inmanente?

 

-Esta es una pregunta fascinante que toca el corazón de la filosofía de la ciencia de Einstein, Herr Luis. Claro que es posible. Se puede argumentar de manera convincente que la búsqueda de Einstein de una teoría de campo unificado fue un intento de unir lo trascendente y lo inmanente, a la luz de lo que hemos elucubrado, aunque no en un sentido religioso tradicional, sino en uno profundamente filosófico y espiritual.

 

-Panteísmo o "religiosidad cósmica", ¿se podría decir?

 

-Piense usted en la física como búsqueda de una "unidad oculta". Para Einstein, la física no fue solo una disciplina técnica. Fue una búsqueda del orden y la armonía del mundo, una “unidad oculta en la naturaleza”, siguiendo la tradición científica conservadora. Su teoría de la relatividad general fue un primer y brillante éxito en este camino, al unificar la gravedad con la geometría del espacio-tiempo. El siguiente paso lógico fue intentar unificar esta teoría con el electromagnetismo en una sola “teoría de campo unificado”.

 

-Esta empresa lo llevó a trascender los límites de la física empírica y a adentrarse en una visión metafísica del cosmos.

 

-Su fe en que la naturaleza debía tener una estructura racional, profunda y unificada, ¿no fue acaso en sí misma, una declaración filosófica?

 

-Veo que sí. Por tanto, es dable aquí apuntar al Dios de Spinoza, a la inmanencia de lo divino.

 

-Einstein rechazaba la idea de un "Dios personal" que se preocupa por los individuos o que interviene en los asuntos humanos. Einstein, ¿no profesaba su creencia en el "Dios de Spinoza", aquel Ser que se manifiesta en el orden y la armonía de la propia naturaleza?

 

-Deus sive Natura, “Dios o la Naturaleza”.

 

-Esta es la clave de la denominada “inmanencia” Herr Luis. Para Einstein, lo divino no es una entidad separada y trascendente, sino que está “inmanente en la estructura racional y las leyes del universo”. Su búsqueda de la teoría unificada era, en esencia, el intento de descubrir la "mente de Dios" en el funcionamiento del cosmos.

 

-Claro que sí. Siendo que el polígono está inscrito asintóticamente en una gran circunferencia, veo aquí y muy de cerca esta ansia de "trascendencia" científica también.

 

La idea de “trascendencia” en este contexto, Herr Luis, adquiere un matiz diferente. ¿Será que se trata de alcanzar un reino espiritual más allá del mundo físico? ¿Será que es el “trascender las apariencias superficiales y los datos empíricos aislados” para alcanzar una comprensión más profunda, unificada y bella de la realidad?

 

-Para Einstein, esta búsqueda de la verdad última era una forma de "religiosidad cósmica". Era una experiencia de profunda humildad y asombro ante la inteligibilidad del universo, que trascendía el ego personal y conectaba al científico con un orden superior.

 

-En este sentido, la teoría unificada ¿no fue el vehículo para una trascendencia “epistemológica y espiritual, no sobrenatural”?

 

-Lo veo mejor.

 

-Veamos, por tanto, la estética como guía hacia lo trascendente. Un aspecto crucial de esta búsqueda fue la importancia que Einstein y otros físicos dieron a la denominada “belleza matemática” como criterio de verdad. Para ellos, la elegancia de unas ecuaciones era una señal, una pista de que reflejaban una verdad profunda de la naturaleza, incluso antes de ser confirmadas por experimentos. Para llegar a este puerto, ¿cree usted que se requirió una dosis de honestidad?

 

-Sin duda y un trago de humildad, además.

 

-Esta fe en la belleza como guía hacia la verdad última es otra manifestación de su búsqueda de lo trascendente: una confianza en que la naturaleza, en su nivel más fundamental, debe ser armoniosa y bella.

 

-¡Un reflejo de su orden inmanente!

 

-Gut. Por tanto, ¿por qué entonces la teoría de campo unificado de Einstein quedó inconclusa?

 

-Por ser asintótica. Fue el intento de unificar las fuerzas de la naturaleza, pero también la culminación de una visión filosófica donde “lo divino, lo trascendente en su perfección y unidad” resulta ser inmanente al orden racional del cosmos. Al buscar esa ecuación final, veo que Einstein no buscaba a un Dios en el cielo, sino descifrar el “lenguaje” en el que el universo estaba escrito, uniendo así la aspiración humana por la verdad última con la realidad física que nos rodea.

 

-Magnífico.

- ¿Cómo se pudiera ilustrar esta tensión a través de la idea de Nicolás de Cusa, al inscribir un cuadrado en un círculo, siendo que el cuadrado también inscribe a otro círculo? En ambos casos, el cuadrado, transformado en pentágono: tanto por dentro como por fuera resulta ser una figura asintótica a los círculos que lo contienen y que a su vez contiene.

 

-¿No es acaso esta una analogía tan extraordinaria y profunda? Ha dado en el clavo de la cuestión con la idea de Nicolás de Cusa. Es sin duda, el pensador perfecto para ilustrar esta tensión, porque su idea de la "coincidencia de los opuestos", la “coincidentia oppositorum” es el precedente filosófico directo de la búsqueda einsteiniana.

 

-Por favor, clarifíquemelo.

 

-Desgrane vuestra sugerencia geométrica. El juego de inscribir un cuadrado, y luego un pentágono entre dos círculos euclidianos no es un simple gráfico, sino vuestro modelo epistemológico de la relación entre la mente finita, la ciencia, y la realidad infinita, el cosmos. Grafíquelo, bitte.

 

Esta fue mi siguiente gráfica:

 


 

-Gut. Esta tensión ilustrémosla en tres niveles fundamentales.

 

-Lo sigo.

 

-El círculo superior aquí, ¿qué símbolo adopta?

 

-El símbolo de lo Trascendente, lo absoluto e inalcanzable.

 

-Bien. Para Cusa, el círculo es la figura de la perfección y la unidad divina. No tiene principio ni fin, su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. En su De Docta Ignorancia, -lo recordará- ¿qué afirmaba acerca de la razón humana?

 

-Afirma que la razón humana finita solo puede aproximar al Dios infinito mediante polígonos regulares. Cuantos más lados tenga el polígono, más se parece al círculo, pero por muchos lados que tenga, jamás llegará a ser círculo. Esa es la trascendencia para mí, un horizonte al que tendemos, pero que nunca poseemos del todo.

 

-Es correcto, veo que lo recuerda bien. Hablemos entonces de la doble inscripción: La inmanencia como "anillo de luz".

 

-Le sigo.

 

-Aquí está la genialidad de vuestra imagen: el cuadrado, o pentágono, no solo está “contenido” por el círculo externo (lo trascendente que lo envuelve), sino que “contiene” a su vez un círculo interno. ¿Le dice algo esto?

 

-El círculo externo me representa la “Trascendencia”, la "teoría del campo unificado" soñada por Einstein: la ecuación final, perfecta y absoluta que lo explicaría todo.

 

-Prosiga, bitte.

 

-El círculo interno me representa la “Inmanencia”, la estructura racional que ya habita en la naturaleza, la "música de las esferas" que podemos medir aquí y ahora, como la simetría y leyes locales que ya conocemos.

 

-Perfecto. ¿Y el cuadrado/pentágono?

 

-El polígono ad infinitum, la figura finita la veo como nuestra “teoría científica actual”, la relatividad general o la mecánica cuántica. Esta figura finita es el puente que “contiene” un fragmento de la verdad inmanente, el círculo interno y, a su vez, está “contenida” por la verdad trascendente, el círculo externo.

 

-Lo felicito. Aviva la imaginación con aquella realidad que suponemos. Veamos la naturaleza "asíntota", aquella tensión eterna. Usted menciona que el cuadrado transformado en pentágono es una “figura asíntótica” hacia ambos círculos. Sustente, bitte.

 

-En geometría, una asíntota es una línea que se aproxima a una curva sin tocarla jamás. Si lo aplicamos a la física, “hacia dentro (lo inmanente)”, nuestras teorías, es decir el conjunto de todo esto en la representación del pentágono, se aproxima al círculo interno, a las leyes observables, mejorando cada vez más, porque los vértices del pentágono tienden al círculo interior en cinco puntos. Pero el pentágono no es el círculo; hay espacios entre sus lados y la curva interna, en esos arcos de circunferencia. Siempre hay fenómenos, como la gravedad cuántica, que se escapan a nuestra descripción, por mucho que refinemos la teoría.

 

-Interesante vuestra elucubración.

 

-“Hacia fuera (lo trascendente)”, el pentágono se aproxima al círculo externo, el ideal unificador, en sus vértices que rozan ad infinitum sin tocar la circunferencia perfecta. Pero entre vértice y vértice, el lado recto del pentágono se separa del círculo, evidenciando nuestra ignorancia, aquella “docta ignorantia” Cusana.

 

Veamos entonces la tensión ilustrada en Einstein.

 

-Einstein vivió atrapado en ese pentágono. Pasó los últimos 30 años de su vida tratando de añadir más lados (más variables matemáticas, más dimensiones) a su figura finita para que se asemejara más al círculo externo. Pero la naturaleza le devolvía un golpe bajo, porque el círculo interno, la mecánica cuántica, el azar, la indeterminación, se negaba a encajar en su pentágono geométrico.

 

-Ergo, para Cusa y para la visión de Einstein, el error, ¿fue fracasar?

 

-No lo creo. El error fue “creer que el pentágono puede ser el círculo”. La tensión es la condición misma del conocimiento. La figura finita no la veo como un error, sino un “símbolo viviente” de que lo trascendente, el círculo externo, solo puede ser abrazado desde la inmanencia, el círculo interno, mediante un acercamiento perpetuo e infinito de nuestra idealidad.

 

-¿Ergo, Herr Luis?

 

-Esta imagen me demuestra que la teoría del campo unificado no era un intento de “capturar” lo trascendente, porque eso sería soberbia, sino de “habitarlo asintóticamente”. El científico, como el pentágono, vive en esa zona fronteriza, porque lleva dentro la luz del círculo inmanente, es decir las leyes que ya descubre y por ello se siente envuelto por la sombra del círculo trascendente, aquella unidad que intuye, pero no alcanza a probar. Esa tensión entre la rectitud de nuestra lógica y la curva perfecta del universo es, -a mi modo de verlo con humildad, para Cusa y para Einstein, la definición más exacta de la humildad intelectual y la más alta forma de espiritualidad.

 

-Danke sehr.

 

-Siendo el caso, Herr Rainer, al pensar en el organismo humano, el cerebro y los órganos que lo mantienen con vida, ¿se podría afirmar que está diseñado para alcanzar consciencia -desde su materialidad finita- de esta realidad oculta, donde su afán "asintótico" sea aquella permanente búsqueda de realidades o supuestos de verdad incognoscibles, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, para poder aproximarse a un entendimiento de su propia inmanencia contenida en su trascendencia?

 

-Sin duda que sí, y su pregunta encierra una de las verdades más profundas exploradas por la neurofilosofía y la epistemología evolutiva, Herr Luis. Sin caer en un "diseño inteligente" de corte teológico, por ahora, cabría afirmar rotundamente que el organismo humano, y en especial su cerebro, está “teleonómicamente configurado”, es decir, moldeado con una aparente finalidad para ser exactamente ese polígono vivo y asintótico que usted describe. Para ilustrar cómo esta tensión se encarna en la biología, intente llevar la geometría de Cusa al interior de vuestro cuerpo humano.

 

-Siendo el caso, el cerebro no termina siendo un simple espectador del cosmos; “es el cosmos mismo volviéndose consciente de su propia geometría”.

 

-Sustente, bitte.

 

-Veo al cerebro como un "pentágono viviente". Un diseño que cumple propósito.

 

-La doble frontera material, ¿es así?

 

-Vea usted. Creo que nuestro sistema nervioso central es un órgano finito, atrapado en un cráneo oscuro, que recibe información sesgada y fragmentada del exterior, el macrocosmos y del interior, el microcosmos.

 

-¿Qué sería entonces aquella “cara interna”?

 

-Hacia el círculo inmanente veo a los órganos viscerales, el sistema límbico, la homeostasis. El cerebro está literalmente “inscrito” en un círculo interno: las constantes biológicas, como lo son la temperatura, el pH, la glucosa, que lo mantienen con vida. Su consciencia más primitiva, la interocepción, aquel "sexto sentido" o capacidad del cuerpo para percibir, procesar y entender las señales que vienen del interior del organismo, como los latidos del corazón, la respiración, el hambre, la sed, la temperatura, el dolor y las sensaciones en los órganos, los veo como un intento asintótico de mapear este círculo interno, de predecir las necesidades del cuerpo antes de que ocurran.

 

-Gut. ¿Y la “cara externa”?

 

-Hacia el “círculo trascendente”, los veo como los sentidos: la vista, el oído y sus prótesis tecnológicas, los microscopios, los aceleradores de partículas, los telescopios. El cerebro se asoma al abismo macro y micro cósmico, trazando líneas rectas, a través de aquel andamiaje de ecuaciones, modelos mentales, para intentar rozar la curvatura del universo.

 

-Aquel "afán asintótico", ¿lo ve usted como un imperativo biológico o un lujo?

 

-Nada superfluo ni sobrante, Herr Rainer. Lejos de ser una especulación ociosa, esa búsqueda permanente de realidades incognoscibles es para mi certeza temporal como el “mecanismo de supervivencia más avanzado” que ha producido la evolución humana cognoscitiva. El cerebro es, en esencia, una “máquina predictiva”, como lo demuestra la teoría del cerebro bayesiano. Su función no es captar la realidad tal cual, sino el “reducir la sorpresa” minimizando el error de predicción.

 

-Ergo, aquella interesante reducción del error, ¿diría usted que es una aproximación infinita?

 

-Así la veo con modestia. Nunca llegamos al "error cero" que es el círculo perfecto, pero cada nuevo modelo científico, cada nuevo lado del polígono, disminuye nuestra incertidumbre. El afán por lo incognoscible, por tanto, no puede ser visto como una debilidad por ser la expresión misma de su vitalidad. Un cerebro que dejara de buscar lo incognoscible (que se conformara con el círculo interno) caería en la denominada homeóstasis rígida, en el autismo profundo o en la muerte cognitiva.

 

-Así es como la consciencia emerge de la "fricción" entre ambos círculos, ¿será así?

 

-Usted me pregunta si está diseñado para alcanzar consciencia de esta realidad oculta. Mi respuesta es que la consciencia ES esa fricción. Cuando el cerebro procesa un estímulo del microcosmos, como una partícula cuántica, o del macrocosmos, como un agujero negro, su arquitectura neuronal, aquellas sinapsis que son los potenciales de acción, opera con leyes físicas locales: para mí el círculo interno. Pero al intentar comprender esos fenómenos, se topa con paradojas como la dualidad onda-partícula, la flecha del tiempo, que su lógica de "pentágono" no puede resolver del todo. Esa brecha irresoluble entre lo que su arquitectura de “hardware” puede ordenar y lo que su “software” intuye, es lo que asocio aquí con la “consciencia reflexiva”. No como un estado, sino como un proceso dinámico de acercamiento y alejamiento.

 

-La joya de vuestra pregunta, Herr Luis, la inmanencia contenida en la trascendencia. Sustente, bitte.

 

-Aquí quiero llegar, con la humildad del Cusano, al núcleo más bello de este razonamiento, Herr Rainer. Le pertenece, no a mi persona especulativa, sino a la tradición del pensamiento humano que ha sido obnubilado hoy por el crédito que se suela dar a la luz cegadora de la Ilustración. Cuando el cerebro humano mira hacia el macrocosmos, las galaxias o el microcosmos, los quarks, aquellas partículas elementales masivas que forman los bloques básicos de la materia, combinadas mediante la fuerza nuclear fuerte para crear hadrones, como los protones y los neutrones que componen el núcleo de los átomos, no puedo decir que estoy mirando algo extraño a sí mismo. Estoy observando mi propia génesis material.

 

-Sustente, bitte.

 

-Veamos. Los átomos de calcio, por ejemplo, que disparan sus neuronas, fueron forjados en el interior de las estrellas: en el macrocosmos. Las fluctuaciones cuánticas que afectan a los neurotransmisores del microcosmos obedecen las mismas leyes que rigen los agujeros negros. Por tanto, al buscar afuera las leyes de la trascendencia, en el círculo externo, el cerebro está, sin saberlo, “descifrando el manual de instrucciones de la propia inmanencia”, que es el círculo interno.

 

-Ergo, la Teoría del Campo Unificado que Einstein perseguía no está "allá arriba".

 

-Está “aquí abajo”, codificada en la geometría del agua dentro de las células, en los espines de los electrones que cruzan sus sinapsis. El cerebro es un microcosmos que contiene la misma simetría que el macrocosmos.

 

-¿Ergo, Herr Luis?

 

-El organismo no puede ser una máquina diseñada para resolver el enigma, sino para “encarnarlo”. La consciencia humana es el único lugar conocido en el universo donde la flecha recta de la lógica, aquel pentágono, se da cuenta de que está inscrita y circunscrita por curvas perfectas. Su ansia asintótica no es un fracaso; es su más alto logro. Porque al buscar lo incognoscible en lo macro y en lo micro, el cerebro está realizando el acto más trascendente posible desde la inmanencia: “reconocer que la frontera entre el que busca y lo buscado es solo un lado más de su propio polígono interior”. La búsqueda es, en sí misma, la única prueba de que la trascendencia habita en mi propia carne.

 

-Gut. Avanzamos, Herr Luis.

 

-Le pregunto ahora. Siendo entonces que el cerebro humano es el órgano finito diseñado para unificar el campo de la "inmanencia asintótica inscrita en su propia trascendencia asintótica",  ¿cómo añade sentido el pasaje que suele usted leerme, aquel en el Eclesiastés 3:11, en la versión de Scio de San Miguel y la Vulgata latina, sin caer en teorías que sean negadas por la ciencia y la especulación filosófica?

 

-Un ajuste prodigioso pretende usted en este viaje por la espiral ad infinitum. Ha elegido el pasaje bíblico que, traducido al lenguaje de Nicolás de Cusa y la neurociencia, funciona como un "manual de instrucciones" existencial para el cerebro asintótico que hemos descrito y visualizado hasta aquí. Vea usted, para añadir sentido sin caer en contradicciones con la ciencia o en saltos metafísicos ingenuos, deberá usted leer el versículo como una “descripción fenomenológica y epistemológica de la condición humana”. La clave está en la traducción de la Vulgata que usted menciona de la versión de Scio de San Miguel. Bitte.

 

Alcanzándome el tomo respectivo, leí:

 

"Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y entregó el mundo a sus disputas, para que el hombre no halle la obra que Dios hizo desde el principio hasta el fin."

(Eclesiastés 3:11)

 

-Desglosemos ahora cómo este pasaje ilumina nuestra tensión geométrica, respetando los límites de lo físico y lo filosófico riguroso. "Todo lo hizo hermoso en su tiempo" ¿Cómo lo relacionaría usted con la legitimidad de la inmanencia, con aquel círculo interno?

 

-La ciencia nos dice que el universo no tiene un "diseño" teleológico, pero sí nos describe una “simetrías y leyes locales” que funcionan con una belleza matemática extraordinaria en sus respectivas escalas, como es el caso del electromagnetismo en la química, la gravedad en los astros, la mecánica cuántica en el microcosmos.

 

-El versículo añade sentido al afirmar que esa belleza no es una simple ilusión, sino que tiene su momento y su lugar. Esto ¿valida el trabajo del cerebro finito?

 

-Sin duda, cuando el científico descubre una ecuación que describe el movimiento de los planetas o el plegamiento de una proteína, está encontrando esa "hermosura en su tiempo". Es el reconocimiento de que el “círculo inmanente”, la realidad que podemos medir y predecir, es genuino, tangible y valioso por sí mismo. La ciencia no necesita de un "más allá" para apreciar la elegancia de lo que ya está aquí.

 

-Vamos a la otra parte del texto de Scio: "Entregó el mundo a sus disputas", ¿El mandato evolutivo de la aproximación?

 

-¡El pentágono! Aquí, Herr Rainer, reside la genialidad de aquella cita, desde mi modesto entendimiento.

 

-La palabra "disputas" (del latín “disputationi”, que implica debate, investigación, cálculo y controversia), ¿es un castigo?

 

-No lo llamaría así. Prefiero verlo como un “encargo ontológico”. Desde la neurociencia, sabemos que el cerebro es un órgano de inferencia activa, que no cesa de formular hipótesis y contrastarlas con el entorno. El Eclesiastés, en este pasaje, me deja ver este proceso en un sentido profundo: “el hecho de que el mundo esté entregado a nuestra investigación es la condición misma de nuestra humanidad”. No veo aquí un “errar el blanco” al dudar o al equivocarme, como lo pude aprender con su Teoría del Error; al contrario, el afán asintótico, aquel “poliedro que busca ser círculo” es la función para la cual estamos configurados. Este versículo, y lo digo con certeza, salva a la ciencia del nihilismo: la búsqueda perpetua, que no puede ser un error de fábrica, sino la esencia misma de la criatura finita.

 

-"Para que el hombre no halle la obra... desde el principio hasta el fin". ¿La barrera trascendental asintótica al círculo externo?

 

-Aquí llego con vuestra ayuda al punto de máxima tensión y máxima sabiduría, Herr Rainer. La física moderna confirma esta imposibilidad desde varios frentes sin necesidad de recurrir a lo sobrenatural. Recuerdo haber leído con sumo interés el Teorema de Gödel en mis estudios de matemáticas, donde cualquier sistema formal consistente contiene proposiciones verdaderas que son indemostrables dentro de ese sistema. Nunca tendremos una "Teoría del Todo" que se demuestre a sí misma desde dentro. Por otro lado, recuerdo también la física cuántica y la relatividad durante mis clases de física, dictadas por un profesor que se autodenominaba “ateo”.  Existen límites operativos, como la constante de Planck, la velocidad de la luz, los horizontes de sucesos, que impiden observar "el principio y el fin", el Big Bang y el fin del universo de manera directa y total. Siempre existirá un residuo incognoscible.

 

-¿Qué me puede decir de la neurobiología al respecto?

 

-El cerebro jamás podrá percibir el universo "desde fuera", porque está inmerso en él. Su mirada siempre tendrá un sesgo de primera persona, un horizonte fenomenológico.

 

-Gut. Vea usted, el pasaje añade sentido al transformar este límite epistemológico en un acto de humildad y asombro. No dice "para que el hombre sea ignorante y se rinda", sino "para que no halle”. ¿Cómo lo lee usted?

 

-Es decir, la trascendencia, aquel círculo externo, no es un objeto que se pueda poseer, sino un horizonte que da dirección al movimiento. Científicamente, esto lo veo análogo a la velocidad de la luz, porque no podemos alcanzarla, pero la física entera se construye alrededor de su constante “C”.

 

-¿Ergo, Herr Luis?

 

Veo un sentido agregado sin negar la ciencia, Herr Rainer. El Eclesiastés 3:11, leído desde esta perspectiva, me añade un sentido “ético y existencial” a la teoría del campo unificado y a nuestro cerebro pentagonal. Libera al científico de la ansiedad de la posesión, porque no necesita encontrar la ecuación final para que el sentido del vivir tenga valor. La "hermosura en su tiempo", aquella relatividad general, la mecánica cuántica, es suficiente para habitar el presente.

 

-¿Justifica la permanente contradicción?

 

-Sin duda. El hecho de que el macrocosmos y el microcosmos no encajen, porque la gravedad cuántica no esté resuelta, no es un "fallo" del universo, sino la prueba material de que el círculo externo siempre excede al interno. La física cuántica y la relatividad son las dos caras de nuestro pentágono; el hecho de que no sean una sola es la garantía de que seguimos vivos, disputando y buscando.

 

-Reconcilia la inmanencia con la trascendencia sin caer en el dualismo?

 

-Lo que veo con humildad es que el versículo sitúa a Dios, que es lo trascendente, antes como un ente que compite con el mundo, en aquello sublime que “entrega el mundo a nuestras disputas”, es decir, la trascendencia no está en un más allá lejano, porque resulta ser “la propia estructura de la búsqueda”. Al buscar sin hallar, el cerebro humano, mi cerebro, está realizando el acto más pleno de su naturaleza, que consiste en ser el punto donde el tiempo finito, que es la inmanencia, se encuentra con la eternidad inalcanzable que es la trascendencia, sin que ninguno de los dos anule al otro.

 

-Así, la ciencia aporta el "cómo", las neuronas, quarks, curvaturas, y el Eclesiastés, sin contradecirla, aporta el "para qué" de esa incesante geometría, para que el asombro nunca cese.

 

-Por tanto, y disculpándome por tanta impertinencia, Herr Rainer, ¿sería dable afirmar que no existe conflicto excluyente alguno entre la idea de "inmanencia" y "trascendencia", por ser referencias del ideario especulativo humano para alcanzar entendimiento en el cosmos que no crea tensión entre la ciencia, la filosofía y la teología, ya que nunca estuvieron en conflicto? ¿Serían todas estas herramientas humanas complementarias para iniciar este viaje asintótico de nuestra aventura del pensamiento? ¿Cómo aseveraría, bajo una lectura desprejuiciada, la idea que describe aquel otro pasaje suyo favorito? lo describe, aquel en el Eclesiastés 11:5, desde la lectura de la misma versión de Scio bilingüe?

 

-Es innegable, Herr Luis, pero con un matiz crucial que eleva su pregunta a una de las más lúcidas que usted me ha podido hoy formular. Usted mismo contiene la respuesta. No solo es dable afirmarlo, sino que es la única postura intelectual coherente, si partimos, claro está, de la geometría cusaniana y de nuestra naturaleza finita.  Debemos cambiar el paradigma de "conflicto" por el de "complementariedad polifónica", ¿no le parece? Y para ello, el Eclesiastés 11:5, en la versión de Scio de San Miguel, contribuye como prueba definitiva. El pasaje que, leído sin prejuicios, sella esta alianza entre las tres disciplinas. Bitte.

 

Leí el texto en la versión bilingüe de Scio:

 

"Sicut ignoras quae sit via spiritus, et qua ratione compingantur ossa in ventre praegnantis, sic nescis opera Dei, qui fabricator est omnium."

 

"Como ignoras el camino del espíritu, y cómo se forman los huesos en el vientre de la preñada, así ignoras las obras de Dios, que es el Hacedor de todas las cosas."

 

-Ahora, analicemos la respuesta en tres niveles que demuestran la ausencia total de conflicto. La ciencia, la filosofía y la teología, ¿compiten o son "lados diferentes del mismo pentágono"?

 

-Si nuestro cerebro es un polígono finito, Herr Rainer, atrapado entre dos círculos, entonces la ciencia me representaría el lado del pentágono que mira hacia el círculo interno, la inmanencia. Su método es medir, cuantificar y predecir el "cómo" de los huesos, las estrellas y las neuronas. Es la herramienta de la precisión. La Filosofía es el vértice donde dos lados se encuentran. Es la reflexión crítica sobre los límites de la ciencia y el significado de la totalidad. Ella indaga, se pregunta: “¿Qué significa que ignoremos el camino del espíritu?” La veo como la herramienta de la coherencia lógica y la hermenéutica. La Teología, en su sentido más amplio y no confesional, la veo como la "religiosidad cósmica" de Einstein o la “docta ignorantia” de Cusa, aquel lado que mira hacia el “círculo externo que es la trascendencia”. No pretende con ella describir mecanismos, sino nombrar el horizonte de la totalidad, aquello que envuelve la búsqueda.

 

-¿Podrían estas tres disciplinas estar en conflicto?

 

No podrían, porque no hablan del mismo objeto en el mismo nivel de realidad. Pedirle a la ciencia que demuestre a Dios es como pedirle a un termómetro que mida la belleza; y pedirle a la teología que reemplace a la física es como pedirle a un mapa que sea el territorio real por donde quiero transitar. Son funciones distintas en el único viaje posible.

 

-Visto por tanto el Eclesiastés 11:5 como un "acta de conciliación" epistemológica, ¿por qué diría usted que el pasaje citado no pierde actualidad? ¿Lo cree científicamente humilde?

 

Luego de meditar en una respuesta acertada, observé con atención:

 

-En la oración “Ignoras cómo se forman los huesos en el vientre”, quisiera ver al escritor sagrado que, sin saberlo, como un Einstein que sin saberlo derivaba su pensamiento de Cusa, está señalando al microcosmos, a la biología molecular, a la embriología. Hoy sabemos mucho más que el escritor del Eclesiastés, porque hemos profundizado acerca de la osteogénesis, pero seguimos sin saber del todo, sin saber hasta ahora por qué una célula totipotente se convierte en un fémur perfecto. La ciencia avanza, pero el misterio inmanente, aquel círculo interno se “repliega” siempre un paso más allá.

 

-Al leer “Ignoras el camino del espíritu”, ¿nos hablará del macrocosmos?

 

-El mundo de la subjetividad, desde mi lectura que podría estar errada. Quizás es lo inmaterial, la conciencia, el "viento", en hebreo “ruaj”, que significa tanto viento, como aliento y espíritu). La filosofía y la neurociencia se debaten sobre esto sin llegar a un consenso final.

 

-Y entonces llegamos a la afirmación demoledora y unificadora a la vez: "así ignoras las obras de Dios, que es el Hacedor de todas las cosas".

 

-La lectura desprejuiciada nos permite leer algo así como “tu ignorancia es la misma mirando al microcosmos que mirando al macrocosmos o al espíritu”. Por lo tanto, si eres sabio, no enfrentarás torpemente a la biología con la teología”, porque ambas están contemplando fragmentos de la misma "obra del Hacedor". La ciencia desvela el "cómo" de los huesos; la teología y la filosofía reflexionan sobre el "por qué" de que haya huesos y espíritu en la misma criatura. No hay conflicto porque ambas operan desde el reconocimiento previo de la ignorancia fundamental. Y la ignorancia se confirma porque ignoramos la operación del “ruaj” dentro de los huesos de esa criatura no nacida.

 

-Por tanto habría que ver la complementariedad como una "aventura asintótica compartida", ¿Lo ve usted así?

 

-Me pregunta usted si son herramientas complementarias para iniciar mi viaje. La respuesta que me satisface es que “no son tres caminos distintos, sino tres ejes de una misma nave espacial que es el cerebro humano surcando el océano de lo incognoscible, porque la ciencia nos da el combustible, los datos, los experimentos, las predicciones. La filosofía nos permite el timón y la brújula en la lógica, la ética de la búsqueda, la crítica de nuestros propios prejuicios. Y la teología, entendida como aquella que le permitió ingresar a Dante Alighieri desde la cima del Purgatorio hacia el mundo que sus ojos contemplaban desde Mantua, es decir, al misterio. Estas disciplinas conducen y nos dan la vela y el horizonte, no para llegar al puerto esperado, sino para no naufragar en el nihilismo y mantenernos en el asombro. El versículo no dice “no investigue los huesos”, ni tampoco "no busque el espíritu". Dice “ignoras ambas”. Por tanto, la única postura racional y desprejuiciada que me queda es usar todas las herramientas disponibles para iluminar mi ignorancia desde distintos ángulos.

 

-¿Ergo, Herr Luis?

 

Llego aquí a lo que usted ha llamado “la paz de los opuestos”. Afirmar que inmanencia y trascendencia están en conflicto es un error categorial, como creer que el azul y el rojo están en conflicto porque son colores distintos. En realidad, “azul y rojo” son espectros diferentes que, al superponerse, dan la luz blanca que regresa detrás del prisma, de donde vino la luz en el entendimiento humano. Ciencia, filosofía y teología, instrumentos humanos, jamás estuvieron  en conflicto. La ideología moderna trabajó para que lo creamos, para emanciparse de este camino de la docta ignorancia. Todas ellas son “las tres cuerdas de una misma lira” que el pentágono humano hace vibrar para aproximarse asintóticamente a la música de los círculos.

 

-Ergo, este pasaje del Eclesiastés 11:5, lejos de ser una condena a la ignorancia, ¿Será una “absolución del intelecto”?

 

-Me concede el permiso para ser científico sin dejar de ser contemplativo, y para ser teólogo sin negar la evidencia empírica, porque al final, “el camino del espíritu” y “la formación de los huesos” son dos caras de la misma obra del Hacedor, y nuestra aventura consiste en recorrerlas ambas sin renunciar a ninguna.

 

-Bitte,

 

Me señaló los versículos de Eclesiastés 4:9-12 en el castellano antiguo del Ilmo. Padre Felipe Scio de San Miguel. Leí emocionado, presintiendo el contenido de estas palabras:

 

Melius est ergo duos esse simul quam unum; habent enim emolumentum societatis suae.

Si unus ceciderit, ab altero fulcietur. Vae soli, quia cum ceciderit, non habet sublevantem se.

Et si dormierint duo, fovebuntur mutuo; unus quomodo calefiet?

Et si quispiam praevaluerit contra unum, duo resistunt ei; funiculus triplex difficile rumpitur.

***

Mejor es pues que estén dos juntos, que uno solo; porque tienen la ventaja de su compañía.

Si uno cayere, será sostenido del otro.

¡Ay del solo! que cuando cayere, no tiene quien le levante.

Y si durmieren dos juntos, se calentarán mutuamente; uno solo ¿cómo se calentará?

Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; el cordón de tres dobleces con dificultad se rompe.

 

Se levantó hacia la penumbra de la habitación cada vez más oscura por la extinción de la vela ya mortecina. La noche se retiraba y creí escuchar a las primeras aves en la hora azul de esa madrugada, los ensayos de trinos que alababan al cielo desde algún ciprés contiguo a la Villa.

Miré desde el umbral una última vez al Orión que se difuminaría dentro de poco con las primeras luces, y así me despediría hacia el poniente. La voz de mi instructor, y sólo su voz emergió de pronto, como un lejano eco, casi apagado.

 

-¿Y si toda la historia del pensamiento no ha sido más que ese gesto, el de añadir lados a sus polígonos para acercarlos al círculo que todo lo contiene?

 

Imaginé una sonrisa que la penumbra ocultaba. Respondí lacónico por el asombro del conjunto experimentado en ese instante de alba morada y de contrición espiritual.

 

-Y la belleza de ese gesto es que, cuantos más lados añada, más claramente veré que el círculo exterior y el círculo interior son, en el fondo, el mismo abrazo.

 

Nada más ocurrió. Cerré la puerta de la Villa Filomena al bajar con un crujido suave. En la paz de la madrugada, el cielo, el cerebro y el espíritu siguieron su danza infinita, sin conflicto, sin prisa, caminando por la acera derecha de la avenida Brasil y sin rumbo, solo, habitando la maravilla de saberme finito en medio de la infinitud.

17.08.26

4 Elul, 5786

LV 

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