Sobre el concilio de las supuestas divergencias a la luz de una vela


 

SOBRE EL CONCILIO DE LAS SUPUESTAS DIVERGENCIAS A LA LUZ DE UNA VELA

La garúa de agosto al anochecer caía continuamente sobre los adoquines de la Villa Filomena con una cadencia sorda y casi eterna, amortiguando los ruidos de una Lima adormecida. En el interior de la casona, la atmósfera guardaba el aroma del papel antiguo y de cera derretida. Sobre la mesa de roble, una sola vela sostenía una llama inquieta que proyectaba sombras alargadas contra los anaqueles plagados de viejos volúmenes.

Herr Rainer permanecía sentado en silencio, con las manos entrelazadas sobre la cubierta de madera, observando la oscilación tenue del fuego. Frente a él, envuelto aún en mi abrigo húmedo por la llovizna, sostenía yo, con un ademán de preocupación, una serie de manuscritos e impresiones.
—Le traigo una inquietud que no me ha dejado descansar en toda la noche, Herr Rainer —dije, rompiendo el murmullo de la garúa—. He estado reexaminando el debate sobre cómo la humanidad ha intentado interpretar el cosmos desde la Ilustración. Por un lado, tenemos la reciente propuesta de la «Netafísica», la cual plantea una ruptura radical al afirmar que la búsqueda de la trascendencia resulta potencialmente alienante o «dañina», sugiriendo replegarnos exclusivamente en la inmanencia del «estar en el espacio». Por otro lado, me parece que esta postura apresura una separación innecesaria y que el modelo cusaniano sobre la coincidencia de los opuestos conserva una solidez filosófica mucho más integradora.

Herr Rainer inclinó levemente la cabeza, invitándome a proseguir con un gesto sereno.

—No descarte las bondades de una opinión ajena, Herr Luis, sea esta o no acertada. Desgrane usted ahora esa tensión, Herr Luis. Trace la línea del tiempo desde los cimientos ilustrados.

—Para comprender el origen de esta disputa —expuse, desplegando los folios sobre la mesa—, debemos retornar a la llamada «herida de la Ilustración», ese momento histórico en que la razón moderna desligó con frecuencia la medición científica de la contemplación filosófica y espiritual. Este es el esquema de mi línea de tiempo:
 

Autor / Corriente

Postura Central

Consecuencia Conceptual

René Descartes

Dualismo de sustancias (Res cogitans / Res extensa)

Fragmentación entre mente y materia

Immanuel Kant

Límites de la razón (Fenómeno / Noúmeno)

Demarcación entre lo cognoscible y el límite del saber

G. W. F. Hegel

Dialéctica del Espíritu

Intento de reconciliación tras la «conciencia desventurada»

Friedrich Nietzsche

Crítica al «mundo verdadero» 

La trascendencia como síntoma y resentimiento

Propuesta «Netafísica»

Inmanentismo radical

Enfoque exclusivo en el «estar en el espacio»

 
—El punto de partida de este cisma —proseguí— reside en René Descartes. Con su duda metódica, diferenció la realidad en dos sustancias: la Res Cogitans (la mente pensante) y la Res Extensa (la materia física espacial).

—Véalo así, Herr Luis: Descartes actuó como un hábil artesano que, al intentar examinar el espejo para entender la visión, terminó marcando una distinción tajante entre el reflejo y el cristal. Desde entonces, buena parte de la filosofía occidental ha intentado articular el pensamiento con la materia que ocupa espacio.
 
—Me parece una analogía oportuna —asentí—. Vea usted: más adelante, Immanuel Kant, en su Crítica de la razón pura, intentó ordenar este panorama delimitando los alcances cognoscitivos del ser humano en dos ámbitos: lo inmanente (el fenómeno) y lo trascendente (el noúmeno). Sin embargo, esa demarcación dejó una profunda inquietud. Hegel señaló que fijar el noúmeno como una barrera infranqueable sumía a la razón en una «conciencia desventurada». Y contra ese telón de fondo surge la propuesta Netafísica, atribuida a los pensadores E. Rada y L. Olivencia.
 
—Permítame interrumpirle, Herr Luis —dijo Herr Rainer con tono mesurado—. He leído el texto fundacional que usted menciona, titulado El eterno retorno posible versus el eterno devenir probable. En él se plantea una tesis que, reconozcámoslo, posee una valentía conceptual digna de aprecio: propone escapar del laberinto del eterno retorno de la epistemología metafísica del ser en el tiempo, que genera desasosiego, para acceder al eterno devenir de una epistemología netafísica del estar en el espacio, que produce bienestar. Los autores se atreven a formular una distinción radical entre dos lecturas de la realidad, y eso merece respeto, aunque luego debamos someterla a crítica.
 
—Comparto su reconocimiento —respondí—. De hecho, he querido ser justo con ellos y he extraído los pasajes esenciales de su escrito. Vea usted cómo lo resumen:
 
«Hay entonces dos lecturas del eterno retorno que son irreconciliables, y una es dañina por apostar por la trascendencia en un posible más allá futuro, mientras que la otra es saludable por dejar de apostar y vivir en una inmanencia probable y comprobable en el aquí y en el ahora, como eterno presente llamado instante en su eterno devenir.»
 
Y más adelante:
 
«No existen dos realidades. Existen dos lecturas de la misma realidad. La realidad es una. Lo que cambia es el modo de leerla.»
 
—Una formulación audaz, sin duda —comentó—. Pero al leerla con detenimiento, ¿no le parece que, en su afán de claridad, incurre en ciertos deslices lógicos que conviene señalar con ecuanimidad, sin desdeñar el esfuerzo que encierra?
 
—Exactamente —dije, tomando otro pliego—. He preparado un análisis de las principales inconsistencias que detecto en la argumentación netafísica. Y quiero subrayar que no lo hago con ánimo demoledor, sino como un ejercicio de precisión conceptual que, espero, pueda incluso enriquecer la propuesta.
 
Herr Rainer asintió y me invitó a continuar.
 
—En primer lugar —proseguí—, la afirmación central «una misma realidad, dos lecturas» incurre en una falsa dicotomía por bifurcación. El texto presenta solo dos opciones de lectura —metafísica versus netafísica— como si fueran las únicas posibles. Pero no demuestra que esas dos agoten todas las interpretaciones de la realidad.
 
—Vamos a ver, equivale a decir que una persona solo puede ver un vaso como «medio lleno» o «medio vacío», ignorando que podría verlo como «un recipiente con líquido», «un objeto de vidrio» o «una medida de 250 ml».
 
—La realidad admite múltiples lecturas, no solo dos. Además, hay una petición de principio secundaria: se asume desde el inicio que la lectura metafísica termina construyendo el eterno retorno, mientras que la netafísica descubre el eterno devenir, dando por hecho cuál es la correcta sin haberlo demostrado.
 
Herr Rainer escuchaba con atención, moviendo la cabeza en señal de comprensión.
 
—En segundo lugar —añadí—, cuando el texto sostiene que «el problema es epistemológico antes que ontológico», se introduce un falso dilema.
 
—Susténtelo, bitte.
 
—No hay razón para separar tan radicalmente ambas preguntas. La epistemología sin ontología es vacía, y la ontología sin epistemología es ciega. Cambiar la lectura no resuelve automáticamente el problema de la realidad; si la realidad es una, ¿por qué habría dos lecturas válidas? Y si una es «dañina» y otra «saludable», eso ya implica un criterio ontológico sobre qué es dañino o saludable. Es como decir que el problema de un mapa no es el territorio, sino cómo lo leemos; pero si el mapa es erróneo, por más que lo leamos con optimismo, nos extraviaremos.
 
—Un punto muy agudo —reconoció—. La lectura no puede desvincularse completamente de aquello que se lee. Prosiga.
 
—En tercer lugar, la afirmación de que la lectura metafísica produce necesariamente desasosiego e insatisfacción, y la netafísica produce bienestar, ¿no es una generalización apresurada? No hay evidencia de que toda interpretación metafísica —en el sentido amplio del término— genere insatisfacción, ni que toda interpretación inmanente genere bienestar. Esa inferencia también adolece de la falacia “post hoc ergo propter hoc”: se asume que la lectura metafísica causa el desasosiego, cuando podría ser que el desasosiego sea una condición humana independiente de la lectura, o que la relación sea inversa.
 
—Como quien usa gafas rojas y cree que el mundo es triste, cuando la tristeza puede deberse a muchos otros factores —apuntó Herr Rainer con una sonrisa.
 
—Exacto —asentí—. También observo una apelación a la autoridad cuando se atribuye a uno de los autores, Luis Olivencia, un «aporte decisivo» sin explicar sus argumentos ni justificar por qué su distinción es filosóficamente relevante más allá de la terminología. Y hay una definición tendenciosa de la metafísica: se la describe exclusivamente como aquella que remite a «algo que estuvo, por tanto, algo que será, entonces, algo que debería ser», lo que es una suerte de caricatura que omite las múltiples versiones de la metafísica (materialismo, pragmatismo, existencialismo, etc.). Es como definir la música únicamente como «ruido que molesta» para luego decir que toda música es molesta.
 
—Ciertamente, una definición que ya carga con el juicio negativo.
 
—Además —continué—, hay un equívoco en el uso de «eternidad»: el texto afirma que el instante no es lo contrario de la eternidad, sino su manifestación, pero redefine «eternidad» como «acontecer permanente», lo cual no es el significado habitual. Esa definición estipulativa no se justifica. También noté que se incurre en una falsa oposición entre retorno y devenir: se presenta el retorno como simple repetición y el devenir como pura novedad, pero en filosofías como la de Nietzsche o Deleuze el eterno retorno es justamente repetición de la diferencia, y el devenir puede implicar ciclos. Preguntar «¿volverá?» y «¿qué está ocurriendo?» no son preguntas incompatibles; pueden coexistir.
 
—Como el árbol que crece y cambia de hojas cada año —ilustró Herr Rainer—. El crecimiento y el ciclo no son opuestos, sino aspectos distintos.
 
—Así es. Por último —dije—, el texto declara que ambas lecturas son «irreconciliables» y que «jamás lo dañino puede reconciliarse con lo saludable». Esto es un falso dilema de exclusión mutua, porque la reconciliación no implica que lo dañino y lo saludable se vuelvan iguales, sino que pueden coexistir o complementarse en un marco más amplio. Se pasa de «son dos lecturas diferentes» a «no pueden reconciliarse» sin justificación lógica. Y el criterio para elegir entre ambas se apoya en una falacia naturalista: se infiere un «deber ser» (elegir lo saludable) de un «ser» (supuesto que lo saludable conduce a la evolución), sin demostrar que evolución equivalga a bienestar.
Hice una pausa para respirar y luego añadí:
 
—En síntesis, a juzgar por el muestreo tomado de este texto signado por sus autores, concluyo que la propuesta netafísica descansa sobre una falsa dicotomía, una petición de principio generalizada, un salto injustificado de la interpretación a la realidad, definiciones tendenciosas, generalizaciones apresuradas y un idealismo ingenuo que supone que cambiar la lectura transforma automáticamente la experiencia vital, ignorando factores materiales, psicológicos y sociales.
 
Herr Rainer guardó silencio unos instantes, observando cómo la llama de la vela se alargaba y se encogía.
 
—Su análisis es riguroso, Herr Luis, y lo agradezco —dijo finalmente—. Pero permítame hacer dos observaciones antes de pasar al modelo cusaniano.
 
—La primera: usted ha hecho un paciente trabajo de deconstrucción lógica, y es cierto que el texto netafísico contiene esas falacias. Sin embargo, no debemos olvidar que sus autores se enfrentan a una patología real de nuestro tiempo: la neurosis del aplazamiento, la ansiedad anticipatoria, la vida sacrificada sistemáticamente en aras de un futuro que nunca llega. En ese contexto, su propuesta de replegarse en la pregunta «¿qué está ocurriendo ahora?» podría juzgarse como un capricho, cuando intenta ser una terapia necesaria, una corrección indispensable para un desequilibrio extendido. La literatura clínica y la neurobiología moderna documentan de manera abrumadora el costo existencial de un exceso de modelado del futuro. Reconocer esto no anula las falacias, pero nos obliga a juzgar con benevolencia intelectual el esfuerzo de quienes intentan poner un freno a esa deriva.
 
—La segunda: al refutar una postura reconstruida por usted mismo, ¿no corre el peligro de ganar un debate contra un “hombre de paja”? Usted ha sistematizado la netafísica en una tabla, pero ¿aceptarían sus autores esa sistematización exacta? ¿La palabra «dañina» es suya o un añadido de su propio resumen? ¿Pertenece a sus autores? Si se va a criticar, hágalo siempre sobre las citas textuales, no sobre una interpretación que pueda ser más rígida que la original.

—Admito la justicia de su llamada de atención —reconocí—. Es preciso evitar la asimetría expositiva. Y, para ser honestos, debemos conceder que la insistencia netafísica en el presente es un antídoto contra el dogmatismo que descuida la vida inmediata. No obstante, como usted ha señalado antes, el problema filosófico surge cuando la medicina pretende convertirse en la totalidad de la dieta. Es un planteamiento profundamente comprensible como respuesta a la alienación y a la neurosis del aplazamiento.

—Exactamente —asintió Herr Rainer—. Ahora, si me lo permite, le propongo que examinemos esta tensión desde la perspectiva cusaniana, que no desconoce el valor del presente ni renuncia al horizonte de totalidad. Considere nuestro modelo cusaniano —continuó Herr Rainer, señalando la ilustración con los círculos concéntricos y el pentágono sobre la mesa: 



—El Círculo Interior, llamémoslo Inmanencia, corresponde a la Res Extensa cartesiana, al Fenómeno kantiano y al «estar en el espacio» de la propuesta netafísica. Representa la estructura biológica, las leyes físicas locales y la experiencia inmediata del entorno.

El Círculo Exterior, llamémoslo Trascendencia, representa la totalidad del cosmos, la simetría integradora, el horizonte hacia el que apuntaban búsquedas como la Teoría del Campo Unificado de Albert Einstein o el Deus sive Natura de Spinoza. No como un «más allá» dogmático o mítico, sino como el horizonte último e inalcanzable de lo real.

¿Y el Polígono o Pentágono intermedio? Representa la Mente Finita, el aparato categorial y la ciencia. Es la Res Cogitans cartesiana adaptada a nuestra neurobiología predictiva.

—Comprendo —intervine—. La postura inmanentista radical asume que el polígono debe elegir entre quedarse confinado en el círculo interior o perderse infructuosamente en el círculo exterior. Nicolás de Cusa, ¿no nos enseña que la relación entre el polígono y la circunferencia es asintótica? Véalo con la analogía del navegante y la Estrella Polar: el marinero jamás tocará la estrella ni navegará sobre ella, pues se halla inalcanzable en el firmamento. Sin embargo, la estrella no necesita ser tocada para cumplir su función orientadora. Le sirve de guía para pilotar el barco en la inmanencia del mar. Sostener que la estrella es «dañina» solo porque no se puede alcanzar, proponiendo que el marinero solo mire la cubierta de su embarcación, ¿no privaría acaso a la navegación de su brújula fundamental?

—Su analogía lógica es impecable, Herr Rainer —dije tras meditar unos instantes—, pero aquí debo formular la segunda gran objeción, que no es ya lógica sino sociológica y histórica. Usted separa conceptualmente con impecable nitidez la trascendencia regulativa (la estrella orientadora) del dogmatismo rígido (la jaula). Pero la historia humana demuestra reiteradamente que esa frontera no es firme, sino trágicamente porosa. En la práctica de las culturas, los horizontes abstractos tienden invariablemente a poblarse de contenidos rígidos; las metáforas orientadoras se petrifican con rapidez en doctrinas obligatorias; y las instituciones terminan administrando como certezas coercitivas lo que originalmente nació como simple dirección. Si esta deriva de la orientación al dogma no es un accidente evitable sino un proceso casi estructural de la condición humana, la abstención netafísica —renunciar por completo al Círculo Exterior— puede defenderse como una profilaxis realista. Para evitar que la estrella se convierta en cárcel, prefieren no mirar al cielo. El modelo cusaniano gana la discusión conceptual, pero deja abierta la cuestión sociológica.

Herr Rainer escuchó en silencio, observando cómo la cera derretida resbalaba por el tallo de la vela.

—Es una objeción de un peso ineludible, Herr Luis —admitió—. Si la sociología de las instituciones demuestra que todo horizonte termina degenerando en aduana, confinarse en la cubierta del barco parece un acto de prudencia. Sin embargo, observe el dilema: para evitar el riesgo real de la petrificación dogmática, aceptamos la mutilación voluntaria de la mirada. La tensión sociológica queda, en efecto, abierta, pero no se resuelve apagando las estrellas, sino vigilando críticamente a las aduanas que pretenden apropiarse de ellas.

—Esto me lleva a la tercera gran omisión de nuestra discusión —agregué, señalando el cuarto nombre en mi folleto—: Friedrich Nietzsche. Figura en la línea de tiempo, pero hasta ahora lo hemos silenciado. Y su crítica es aún más devastadora que la netafísica.

Desarrolle el argumento nietzscheano, bitte.

—Para Nietzsche, la búsqueda o formulación de un «Círculo Exterior» no es una inocente vocación de la razón ni una brújula geométrica útil. Es, primordialmente, un síntoma: la invención de un «mundo verdadero» inaccesible como acto de venganza e impotencia contra este mundo del devenir, del dolor y del cuerpo. Nietzsche no se limita a decir que la trascendencia nos dispersa o que corre el riesgo de dogmatizarse; afirma que nació del resentimiento contra la finitud. Acusa a los filósofos de calumniar el plano inmanente en nombre de una permanencia fabricada por el miedo a la impermanencia. El diálogo que sostenemos no ha encarado este martillo: si el anhelo de trascendencia no es más que el refugio de una vida debilitada que no soporta el presente, toda la arquitectura cusaniana se desmorona no por error lógico, sino por falsedad psicológica.

Herr Rainer se acomodó en su sillón de roble y respondió con pausada firmeza:

—La crítica de Nietzsche es el reactivo más potente contra la falsa metafísica. Cuando la noción de trascendencia es fabricada como consuelo para desvalorizar el cuerpo, el tiempo y la tierra, Nietzsche tiene toda la razón: es producto del resentimiento y de la hostilidad contra la vida. Pero cabe preguntarse si todo anhelo de totalidad responde a esa dinámica reactiva. Cuando Johannes Kepler descubrió las leyes de la órbita planetaria, o cuando Albert Einstein experimentaba la «religiosidad cósmica» ante la armonía del universo, ¿lo hacían por odio al presente o por resentimiento contra el cuerpo? No. Lo hacían movidos por el asombro vital de un intelecto que se sabe integrado en una vasta estructura. Nietzsche destruye con justicia las construcciones imaginarias del consuelo, pero no extingue la estructura asintótica de la mente humana, cuya naturaleza es interrogar lo que yace más allá del plano inmediato.

—Retomemos entonces la validez epistemológica de la Docta Ignorantia en nuestro tiempo —sugerí—. De ese modo, el pensamiento de Nicolás de Cusa reconoce los límites epistemológicos del saber sin renunciar a la búsqueda.

—Así es —afirmó Herr Rainer—. Esos límites los encontramos hoy reflejados en principios contemporáneos. Por ejemplo, el Teorema de Incompletitud de Gödel, ¿qué nos demuestra?

—Demuestra que un sistema axiomático finito no puede probar toda su consistencia desde dentro; el polígono no se cierra sobre sí mismo. O el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, que establece límites fundamentales a la precisión de nuestras mediciones físicas. Concebir la realidad bajo una aproximación asintótica no es una postura evasiva, sino una honestidad epistemológica: la ciencia añade infinitos lados al polígono, aproximándose a la curvatura de la verdad sin caer en la pretensión de absorberla por completo.

—Llevemos esto al terreno de la biología y la neurofilosofía —me propuso—. ¿Qué es el cerebro humano en este esquema?

—Es un órgano predictivo operando entre dos fronteras: «Hacia adentro», procesa la inmanencia monitoreando la homeostasis, el ritmo cardíaco y los datos interoceptivos del «estar en el espacio». «Hacia afuera», procesa modelos del mundo para anticipar el futuro y comprender el entorno, tal como hicieron Copérnico, Kepler o Galileo.

—Imagine usted una lira de tres cuerdas —me sugirió con tono reflexivo: La primera cuerda es la Ciencia, la precisión del «cómo» y la medición del fenómeno. La segunda cuerda es la Filosofía, la estructura del sentido y la lógica del polígono. La tercera cuerda es el Asombro o Religiosidad Cósmica, la contemplación ante la vastedad del Círculo Exterior. Si se silencia la tercera cuerda asumiendo que no produce notas empíricas idénticas a las otras dos, ¿qué ocurriría?

—La experiencia cognoscitiva pierde su consonancia armónica. La angustia humana no nace de contemplar el horizonte, sino del dogmatismo que pretende congelar el conocimiento. La búsqueda de Einstein no nacía de un desasosiego infructuoso, sino de la vocación racional de un cerebro diseñado para integrar patrones en la inmensidad.

Herr Rainer tomó un ejemplar del Eclesiastés en la Vulgata con la traducción de Scio de San Miguel. Prosiguió:

—Observe cómo se expresa esta tensión en la tradición sapiencial, bitte.

Leí pausadamente:

Eclesiastés 3:11

«Cuncta fecit bona in tempore suo, et mundum tradidit disputationi eorum, ut non inveniat homo opus, quod operatus est Deus ab initio usque ad finem.»

(«Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y entregó el mundo a sus disputas, para que el hombre no halle la obra que Dios hizo desde el principio hasta el fin.»)

—Analice la tríada en este pasaje —me pidió.

—«Hermoso en su tiempo» valida la inmanencia y la experiencia del presente (el Círculo Interior). «Entregó el mundo a sus disputas» expresa la tarea incesante de añadir lados al polígono mediante la razón y la ciencia. Y «para que el hombre no halle la obra de principio a fin» señala el límite asintótico de la Docta Ignorantia frente a la totalidad (el Círculo Exterior). ¿Y cómo añade más adelante?

Proseguí:

Eclesiastés 4:12

«Funiculus triplex difficile rumpitur.»

(«El cordón de tres dobleces no se rompe fácilmente.»)

—Ese cordón de tres dobleces —concluyó Herr Rainer— representa la articulación entre la Ciencia que mide el entorno, la Filosofía que le da estructura y el Asombro que contempla la totalidad. Intentar fracturar estas dimensiones, ¿no generará una tensión infructuosa en el intelecto?

Un tenue resplandor azulino comenzó a filtrarse por los ventanales de la Villa Filomena. La garúa había cesado y el lucero de la hora azul anunciaba el comienzo del día. Sobre la mesa de roble, la vela agotada emitió un leve chisporroteo y la llama se extinguió, dejando brotar una hebra de humo blanco que ascendió suavemente.

La luz serena de la mañana invadió el estudio, iluminando con claridad el pergamino sobre la mesa. Contemplé la ventana y escuché la voz tibia de mi interlocutor, que añadió con mansedumbre, sin que lo viera al rostro:

—La llama de la vela era nuestra inmanencia local, útil en la penumbra de la noche. La luz del sol que asoma tras el horizonte, ¿no es la vastedad que aguardaba? Al llegar la mañana, la pequeña luz de la cera no entra en conflicto con el sol; sencillamente entrega su modesta presencia al abrazo de la luz mayor que la rodea.

Concluidas sus palabras, Herr Rainer se apagó en ausencia silenciosa, como era predecible para mí que así sucedería. Me quedé contemplando el pergamino iluminado por la luz matutina, experimentando una apacible serenidad. Cuando la vela también se apagó y la luz del alba inundó la estancia, comprendí que la advertencia netafísica nos deja una lección imborrable: nos previene contra la patología del aplazamiento y nos obliga a habitar con plenitud el instante presente.

Toda propuesta inmanentista radical, como otras tantas simplificaciones en la historia del pensamiento, busca apagar la vela y cerrar las cortinas para convencernos de que solo existe el candelabro. La objeción sociológica nos exige vigilar la porosidad de nuestras instituciones para que los horizontes no se petrifiquen en dogmas; y la sospecha de Nietzsche, ¿no nos impone acaso la disciplina de no convertir nuestros ideales en consuelos cobardes?

La perspectiva cusaniana se mantiene para mí integradora precisamente porque respeta esa complejidad: reconoce la finitud de nuestro polígono cognitivo con Docta Ignorantia sin clausurar la mirada hacia lo inalcanzable.

Así es como se me permitió habitar plenamente el instante presente sin renunciar a la caricia del horizonte infinito. No hay contradicción insuperable entre el estar en el espacio y el ser en el tiempo ahora que comprendo que la inmanencia es el suelo firme que piso y la trascendencia el cielo que me permite caminar erguido.

Descendí por los peldaños de la vieja escalera crujiente de la casona. El aire fresco de la mañana limeña llenaba mis pulmones de pureza. Al caminar por la avenida Brasil sentí, en mi silencio meditativo, la sensación de la solidez de mis pasos sobre la vereda y la inmensidad del cosmos que amanecía presuroso, desplegado sobre mi cabeza.


18.08.26

05 Elul, 5786
LV

Comentarios

Entradas más populares de este blog

I. Disquisiciones sobre el cusano. Sobre apetitos y deseos insaciables

Rosa de mi sueño

Acerca del convivio del excéntrico egoísta y el sensato perspicaz