Sobre el Todo infinito en la comprensión de la finitud (I)
No podía ser más apropiada esta llovizna de agosto, anómalo y fresco alrededor de las 11 de la noche. La Villa Filomena mantenía perpetuas goteras a través de esos “techos empozados de pena” que alguna vez quise describir en poesía, cuando dejé con el índice derecho en el polvo de una grada de madera vieja: “Bilitis” en memoria de mi amiga, con quien leíamos a Pierre Louÿs escuchando sus propias “Chansons” en el piano y la voz de soprano que pidió Claude Debussy. Con excepción del ambiente donde acostumbrábamos tener nuestras disquisiciones, la casa se deterioraba inevitablemente al paso del tiempo.
La cita, esta vez debido a mi insomnio por la lectura de
un versículo del Eclesiastés, oscuro para mi limitada comprensión, me impelió a
optar por dilucidarla en compañía. Las ventanas rotas permanecían
entornadas dejando entrar el aire denso dentro de este altillo que absorbía el
calor de una noche de invierno como pocas veces ocurre. Sobre la mesa, siempre limpia,
presumo de roble, la llama de una vela tirita levemente, arrojando sombras
largas sobre un viejo manuscrito y las figuras de dos hombres que se entregarán
a la meditación hasta la consumación de cera.
Al crujido de la madera entremezclado con el
lejano canto de insistentes grillos nocturnos provenientes del jardín contiguo,
yo, con ojos cansados, fijos en estas páginas amarillentas, rompí mi silencio
con voz pausada y profunda al sentir su presencia que obvió el acostumbrado saludo
cortés.
-Mire esto, Herr
Rainer. He pasado las últimas horas en desvelo, sumergido en las notas que tomé
anoche sobre un pasaje leído en el texto de Felipe Scio de San Miguel. La
traducción castellana contrapuesta a la Vulgata latina posee una cadencia que estremeció
mi espíritu en el silencio de mi última madrugada. Permítame que se lo
transcriba tal como lo leí:
«¿Nonne
melius est comedere et bibere, et ostendere animae suae bona de laboribus suis?
et hoc de manu Dei est...»
«¿No
es mejor comer y beber, y mostrar a su alma los bienes de sus trabajos? Y esto
es de la mano de Dios.»
Y un poco más
adelante, en el versículo veintiséis:
«Homini bono in conspectu suo dedit Deus sapientiam,
et scientiam, et laetitiam...»
«Al
hombre bueno en su acatamiento dio Dios sabiduría, y ciencia, y alegría...»
-He estado meditando
largamente en este pasaje de Eclesiastés 2: 24, 26. Salomón nos arroja de
bruces contra el desencanto del mundo, contra la brevedad implacable del
tiempo. Y, sin embargo, en mitad de ese vacío, sitúa el humilde gozo cotidiano
como don directo de la mano divina, mano negada en esta era de correrías y
falsedades que nos alejan de lo virtuoso.
Inclinándose
un poco más hacia la luz de la vela, y observando mi rostro, reparó en decirme:
-Es
un abismo fascinante, Herr Luis. El Cohelet siempre nos recuerda que
operamos sin novedades bajo el sol, atrapados en la finitud de los días. ¿A
dónde le han conducido esas vigilias?
Cerré
suavemente el manuscrito, apoyando mis manos sobre la pasta de cuero oscuro con
el crucifijo de un dorado desgastado por los años.
-A
una intuición que me estremece. He llegado a pensar que el Todo infinito que “contiene al humano que a su vez contiene una vaga
noción de la divinidad que lo contiene”, está en perfecta armonía con la
belleza y la virtud que representan sus más nobles aspiraciones durante la
corta vida. Véalo así. Estamos inmersos en un Todo absoluto, un orden
infinito que nos desborda. Pero, milagrosamente, dentro de nuestro pecho —en
nuestra limitada vasija humana— albergamos esa "vaga noción de la divinidad".
Es como si el círculo infinito se replegara en un punto íntimo dentro de
nosotros. Y cuando el hombre aspira a la belleza o se empeña en la virtud, no
está haciendo otra cosa que sintonizar el microcosmos de su alma con la armonía
de ese Todo. Es el don del que traduce Scio de San Miguel: la sabiduría y la
alegría concedidas en mitad de nuestra condición pasajera.
Recostado
en su silla, mirando fijamente la llama de la vela, con actitud reflexiva
en este
silencio de
pausa durante unos instantes, me dijo calmo de voz:
-Vuestra idea no deja
de tener visos de belleza mística conmovedora. Evoca casi de inmediato la
doctrina de la docta ignorancia de Nicolás de Cusa con la que estamos
familiarizados. Pero déjeme interceder por vuestra pobre y atribulada condición
confesa. Hay una tensión inherente en vuestras palabras: ¿cómo puede un ser
finito, cuya vida es un soplo, un parpadeo en la noche de un agosto anómalo de
garúa, contener o reflejar a ese Todo Infinito sin volverse demente? ¿Cómo
reconciliar esa inmensidad divina con la tosquedad de los límites diarios?
-Ese es el nudo
que me desvela, Herr Professor. Nos sabemos pequeños, defectuosos, atrapados en
el "trabajo superfluo" que el mismo Eclesiastés menciona para el humano
que yerra en el blanco. Nuestras mentes chocan contra la pared de lo
incomprensible. ¿Cómo puede tener sentido aspirar a lo noble si nuestra
existencia es tan ridículamente corta?
Sonriendo
con un gesto de cálida comprensión, replicó:
-Creo
que la respuesta se esconde precisamente en la naturaleza de vuestra propia
razón. El error radica en exigirle al hombre una racionalidad matemática
absoluta, una comprensión perfecta que solo le pertenecería a aquel de
infinitud omniabarcante, en el ideario de San Anselmo y el Cusano. Lo que el
texto de la traducción de Scio de San Miguel le revela al hablar de recibir
"sabiduría y ciencia", ¿no es acaso la práctica de vivir, comer y
trabajar, el valor de una racionalidad
aproximada?
Atento,
y frunciendo
el ceño con curiosidad, repetí:
-¿Una
“racionalidad aproximada”? Explíquemelo, por favor.
-Vea usted. El ser
humano jamás podrá trazar la verdad divina con la precisión exacta con la que
un agrimensor mide un terreno. La razón humana es limitada; ¿no es acaso una
herramienta de aproximación? El humano pensante es como un polígono que intenta
imitar a un círculo perfecto: por muchos lados que agregue, jamás será una
curva pura cuya constante sea un número irracional como lo es Pi. Pero es ahí,
en ese esfuerzo asintótico, donde la corta vida de los hombres cobra un sentido
absoluto. La racionalidad aproximada le permitirá intuir el orden del Todo
Infinito sin tener que morir en el intento. No necesita poseer la infinitud; le
basta con percibir su eco a través de la belleza y la virtud que usted mismo es
capaz de modelar a vuestra escala, como cuando usted en el verano advierte un “cielo
azul” cuando en realidad no lo es.
-De modo que...
nuestra vaga noción de la divinidad no es un defecto de visión, sino la única
forma en que lo infinito puede habitar en lo finito. ¡Será que me estaré
olvidando rápidamente de nuestras disquisiciones acerca del Cusano!
-Gut. El sentido de la cortedad de la vida
no depende de alcanzar la perfección absoluta, sino de orientar vuestra
racionalidad aproximada hacia ella. Cuando disfruta usted del fruto de vuestro
trabajo bajo el amparo de aquel infinito percibido, como el que leyó usted en
Eclesiastés, está ejerciendo esa sabiduría humana limitada. Al aceptar con
humildad que solo puede ver los contornos de algo mayor, transforma vuestra
ignorancia en una "docta ignorancia". Las nobles aspiraciones no son
jamás oficio vano únicamente porque no se completen; son valiosas porque nos
permiten vivir en perfecta armonía con aquel inalcanzable Todo durante el breve
instante en que usted mismo se concede el poder respirar. Piense en el deleite
de Jules Verne que concibió su mundo novelesco sin salir de su torre de marfil.
Respiré
aliviado, mirando de reojo la ventana donde la noche de agosto parece ahora más
serena.
-Una racionalidad aproximada... Sí, Herr Rainer. Eso sosiega un poco mi alma. No somos el círculo, pero nuestras líneas apuntan hacia él “poligonalmente”.
Levantándose suavemente, sin dejar de mirar la vela, señaló:
-Le pido que me haga el siguiente
favor. Trace usted lo siguiente siguiendo estas pautas. Juguemos un poco con el
gran Euclides. A la mano tiene carbón, compás y una regla. También una hoja
blanca. Intente lo siguiente: Generar la siguiente figura: 1. Genere
usted un cuadrado. 2. En la anterior figura resultante genere usted un cuadrado
inscrito en una circunferencia. Sus vértices deben hacer punto tangente en
dicha circunferencia. 3. En la figura resultante inscriba usted una circunferencia
que haga tangente en sus cuatro lados. 4. En la figura resultante inscriba
usted dentro del cuadrado un triángulo equilátero en una de sus bases con
vértice tangente en el lado opuesto. 5. En la anterior figura resultante
inscriba usted dentro del cuadrado un segundo triángulo equilátero siguiendo el
mismo procedimiento seguido para construir el primer triángulo equilátero: un equilátero
inscrito en el cuadrado con vértice tangente en el lado opuesto a su base. 6.
En la figura resultante inscribir dentro del cuadrado un tercer equilátero
siguiendo el mismo procedimiento seguido para construir el primero: un
triángulo equilátero inscrito en el cuadrado con vértice tangente en el lado
opuesto a su base. 7. En la figura resultante inscribir dentro del cuadrado un
cuarto equilátero siguiendo el mismo procedimiento seguido para construir el
primero: un triángulo equilátero inscrito en el cuadrado con vértice tangente
en el lado opuesto a su base.
Mis notas casi
taquigráficas aceleraron mi emoción que no tardó en hacerse de un lápiz, papel,
un juego de compases antiguo que reconocí de las cosas que poseía mi abuelo
paterno: en su clásica caja negra con la etiqueta "Made in
Czechoslovakia" las herramientas de precisión escolar de los tiempos de la
Guerra Fría. KIN (Kovový průmysl) en su estuche metálico o de cartón rígido
forrado con interior de terciopelo, de excelente calidad, junto con el acero de la regla. Esta
fue la figura resultante (fig. 1)
-Describa en términos
matemáticos la figura resultante, bitte.
Esta fue mi respuesta,
después de varios minutos de esbozos y recuerdos que intenté sustentar:
-La composición geométrica se
simplifica y revela una perfecta armonía
simétrica basada en potencias de 2, Herr Rainer. Mi análisis de las
propiedades, proporciones y relaciones métricas de la figura resultante en
función del radio R de la
circunferencia circunscrita es el siguiente: Un cuadrado que contiene una circunferencia
tangente por tener centro común alberga perfectamente por sus lados cuatro triángulos
equiláteros.
Contemplando el papel donde el cuadrado exterior ha sido suprimido por completo, dejando al descubierto la pureza del círculo y los triángulos imbricados, proseguí:
-Veo con claridad el trazo, Herr Rainer. Al despojarnos de la frontera externa, la figura me dicta una verdad más alta, expresada en los términos de mis más hondos desvelos. El hombre contiene la noción divina en el círculo de centro común, dentro del cual se manifiesta a su vez en cuatro triángulos equiláteros por cada lado con uno de sus vértices en el lado opuesto. Esta noción está también inscrita dentro del primer círculo, el mismo que lo abarca todo simultáneamente.
Inclinándose ligeramente hacia el manuscrito, con una sonrisa que apenas dibuja la sombra de la vela.
-Hermosa
alegoría, Herr Luis. Ha traducido usted la rigidez de Euclides en el lenguaje
del alma. Dígame, ¿cómo se desglosa ese orden sagrado en la finitud de vuestro
dibujo?
Señalando
con el índice el borde de la circunferencia discontinua
-Mire usted este primer círculo, de radio R. Él me representa la inmensidad, el Todo absoluto que nos desborda y abarca todo simultáneamente, un orden infinito sin principio ni fin. Y justo dentro de él se inscribe el cuadrado. Ese cuadrado quiero interpretarlo como el humano, la vasija limitada y terrenal, atrapado en sus aristas, en la tosquedad de nuestros límites diarios y la cortedad de nuestra vida.
-Una
digna morada para la criatura mortal. ¿Y qué hay del centro, donde toda duda
choca contra el misterio?
-Ahí
ocurre el milagro, Herr Professor. En el corazón del cuadrado habita el círculo
interno, de centro común. Compartir el centro significa que el núcleo del
hombre y el núcleo de la divinidad son idénticos. El análisis matemático
analítico nos dicta que su radio real y geométrico es exactamente:
r = R / √2
Esta proporción exacta asegura que su área sea exactamente la mitad de la circunferencia mayor (A_int = π·R²/2). La percibo como una "vaga noción de la divinidad": una réplica perfecta y sagrada de la totalidad cósmica, pero guardada íntimamente en nuestro pecho. No poseemos el infinito absoluto, pero su esencia habita en nuestra pequeña escala.
-Fascinante...
¿Y cómo interactúa esa noción interior con nuestra pobre condición confesa,
Herr Luis? ¿Qué representan esas puntas que simulan una estrella?
-Es la
divinidad manifestándose activamente a través de las nobles aspiraciones
humanas, que son la belleza y la virtud. Son los cuatro triángulos equiláteros.
Cada uno nace apoyando su base firmemente en un lado del cuadrado —en el suelo
de nuestra experiencia material y nuestro humilde trabajo bajo el sol— y
proyecta su vértice hacia el lado opuesto. Note cómo ese vértice no se queda
en el aire, sino que se posa exactamente sobre la circunferencia interna, la
noción divina. La trinidad del triángulo conecta de forma indisoluble nuestra
periferia humana con el centro místico del sistema.
Es la
práctica de vivir y buscar lo noble a través de una racionalidad aproximada.
-De modo que, al trazar estas líneas, el hombre no hace otra cosa que sintonizar el microcosmos de su alma con la armonía de ese Todo. Al aceptar con humildad que solo vemos los contornos de algo mayor, sus triángulos se convierten en el puente asintótico hacia lo inalcanzable. Ha hecho usted, Herr Luis, una hermosa apología especulativa de vuestra docta ignorancia. Ha intentado tocar usted el corazón del abismo, Herr Luis. Su descripción teológica, ¿no nos devuelve de bruces a la gran paradoja del Cusano? ¿Cómo es posible que la razón humana, atrapada en las aristas finitas de ese cuadrado, pueda racionalizar matemáticamente un infinito omniabarcante que, por definición, carece de límites? ¿Cómo puede el límite comprender lo ilimitado sin quebrarse?
Con mis
ojos fijos en el rastro de carbón del papel.
-Creo que la respuesta, Herr Rainer, está en el mismo lenguaje del compás. El error de nuestra angustia radica en exigirle a la mente una identidad perfecta con el Absoluto. Pensamos que racionalizar el Infinito exige ser el círculo exterior. Pero la matemática nos demuestra que la comprensión no opera por captura, sino por proporción y analogía con las figuras inscritas.
-Explíquese;
me interesa ver cómo sus números sostienen ese puente místico.
-Véalo en
la misma geometría del sistema. La distancia del centro al infinito es el radio
R. La distancia del centro a nuestra noción interior es r = R / √2. Entre ambas
esferas existe un mediador, un puente irracional: la raíz de dos (√2), que está
íntimamente ligada a la diagonal de nuestro cuadrado humano. La matemática
euclidiana no encierra al infinito en una cifra estática; lo racionaliza a
través de una relación geométrica constante. Aunque nuestras mentes no puedan
recorrer la inmensidad de la circunferencia de radio R, el límite de nuestra comprensión
es capaz de capturar la ley que la gobierna.
-Ergo,
racionalizar el Infinito no es abarcarlo, sino sintonizar nuestra pequeña
escala con su proporción matemática, ¿es así?
-Sin
duda. Una "racionalidad aproximada", como pudimos verlo antes. El ser
pensante actúa como ese polígono inscrito que busca imitar al círculo perfecto.
Por infinitos lados que agreguemos a nuestra lógica, jamás será usted la curva
pura de la Divinidad (π), pues estamos separados por el abismo de un número
irracional. Sin embargo, ese esfuerzo asintótico es el que dota de sentido a la
finitud. El límite de la comprensión es una frontera elástica: se estira
infinitamente hacia el Todo sin llegar a tocarlo.
-¡Exactamente!
Y los cuatro triángulos equiláteros me representan la demostración de ese
movimiento. Su altura matemática coincide de forma exacta con el lado del
cuadrado. Al proyectarse, sus líneas cruzan el vacío y sus vértices se posan
tangencialmente en el círculo interior. La matemática nos enseña que el límite
no es una pared que nos aísla, sino un punto de contacto, en realidad de
asíntota. Racionalizamos el infinito omniabarcante cuando aceptamos nuestra
"docta ignorancia": sabemos con precisión matemática dónde terminamos
nosotros y dónde comienza el misterio, y en ese límite exacto, dejamos que las
líneas apunten poligonalmente hacia la curva eterna.
Acomodándose
mientras observa el dibujo donde los cuatro triángulos equiláteros se
entrelazan con perfecta simetría dentro del cuadrado
-Su
argumento sobre el esfuerzo asintótico es robusto, Herr Luis. Pero permítame
empujarlo un paso más allá del nudo de la lógica pura. Si el cuadrado es el
Hombre y el círculo interno es la noción divina, la frontera que los une no
puede ser un frío límite algebraico. En el ideario del Cusano, el ser humano es la imago viva Dei —la imagen viva de Dios—. Si somos una imagen viva, la
geometría debería traducirse en carne, en acción. ¿Cómo encarnan esas líneas en
la vida moral del hombre?
Mi rostro
iluminado bajo la luz de la vela, buscaba encontrar en la pregunta el desenlace
natural de mi desvelo.
-¡Ahí está el secreto del misterio, Herr Professor! Los cuatro lados del cuadrado no los veo como simples líneas de contención, sino como los pilares de nuestra naturaleza humana espiritualizada. Quisiera verlos como las cuatro virtudes cardinales que configuran al imago viva Dei: la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza, una estructura cuadrangular sobre la cual el hombre organiza su
Cruzando
los dedos sobre la mesa.
-Interesante...
Cuatro lados, cuatro virtudes. ¿Y cómo operan los triángulos a partir de ese
marco moral?
-Observe
la maravilla de la construcción. Los cuatro triángulos equiláteros no flotan en
el vacío; nacen, se apoyan e inscriben armónicamente en cada uno de estos
cuatro lados. Esto me significa que las virtudes no son fines en sí mismas,
sino el suelo fértil del cual brota la vida divina. De la Prudencia, de la
Justicia, de la Fortaleza y de la Templanza, la condición humana proyecta hacia
el centro su más noble aspiración: la trinidad de la
Belleza,
la Verdad y la Bondad, simbolizada en los tres lados iguales de cada equilátero.
-Y al
proyectarse desde esos lados, cada uno de sus vértices opuestos, ¿termina por
tocar tangencialmente el círculo de centro común?
-¡Exactamente!
No es un contacto caótico, sino una inscripción armónica perfecta. Cuando el
hombre ejerce la Justicia o la Templanza en la Tierra, no está realizando un
"trabajo superfluo"; está activando el triángulo de su espíritu. El
vértice de su acción viaja desde el límite de su carne y se posa con precisión
matemática sobre la "chispa divina" interior. Al hacerlo, las
virtudes humanas dejan de ser meras reglas de conducta y se transforman en las
ventanas a través de las cuales la imago viva Dei refleja al Todo infinito. La racionalización del absoluto ya no es un problema de la mente, Herr
Rainer, sino un acto del espíritu: comprendemos al Infinito cuando lo vivimos a
través de la armonía de nuestras virtudes.
Dejando
caer el compás sobre la mesa, con el rostro ensombrecido por una
repentina y honda pesadumbre, proseguí:
-Todo
esto es hermoso, Herr Rainer... Una arquitectura perfecta del espíritu. Sin
embargo, no puedo evitar sentir el peso de una contradicción que me desvela. He
estado pensando en las palabras del Predicador, en el Eclesiastés 2:24-26.
Salomón nos dice allí que no hay nada mejor para el hombre que "comer,
beber y alegrarse en su trabajo", pues todo proviene de la mano de Dios.
Pero inmediatamente después, sentencia que al pecador le toca el trabajo de
"recoger y amontonar" para dárselo a quien agrada a Dios,
concluyendo con esa devastadora máxima: "También esto es vanidad y
aflicción de espíritu".
Levantando
mi mirada, consternado:
-Si
nuestra geometría moral busca la trascendencia, ¿por qué el texto sagrado
parece reducir nuestra existencia al ciclo mínimo de la supervivencia y condena
nuestro afán de acumular conocimiento o virtud como un simple "correr tras
el viento"? ¿No es nuestra bella estructura matemática, al final, otra
forma de vanidad?
-No se
confunda usted. Lo que ve como una contradicción es, en realidad, el cierre
perfecto de nuestra ecuación. Salomón no destruye nuestro orden; lo sitúa en su
verdadera coordenada epistémica. Meritoria vuestra perplejidad, pues es el
umbral de la verdadera comprensión. El error radica en creer que el cuadrado
puede ensancharse hasta sustituir al círculo exterior.
Herr
Rainer traza con la yema del dedo el contorno del cuadrado que representa las
virtudes materiales e intelectuales del hombre.
-Mire usted
bien. Cuando el hombre intenta "recoger y amontonar" méritos morales,
conceptos teológicos o riquezas terrenas por sus propias fuerzas, ¿no está
intentando estirar los lados finitos de este cuadrado para forzar un infinito
falso? Eso es “errar en el blanco”: el intento egoísta de acumular líneas
rectas. El resultado es geométricamente imposible y, por tanto, produce
aflicción de espíritu; es una asimetría que rompe el mapa. Es vanidad, porque
intenta retener la infinitud en una caja finita.
Lo
escuchaba con atención, dejando que la tensión de mi frente fuera cediendo
gradualmente.
-¿Y el
mandato de comer, beber y alegrarse en el afán?
-Eso, mi
buen amigo, es la aceptación pura de nuestro límite. Comer y beber es la
expresión matemática mínima de nuestra finitud. Al alegrarse sencillamente en
su humilde trabajo diario bajo el sol, el hombre renuncia a la soberbia de abarcar y aceptar
inalcanzable al Todo. Es en esa absoluta humildad donde el cuadrado
se vuelve perfectamente regular y armónico. Solo cuando acepte ser la criatura
limitada que come y bebe, vuestros cuatro lados se vuelven rectos y justos. Y
es entonces, y solo entonces, cuando los cuatro triángulos equiláteros de las
virtudes divinas pueden inscribirse con gracia matemática sobre vuestra carne.
Dios concede "sabiduría, ciencia y gozo" a quien le agrada, no como
un premio a la acumulación, sino como la consecuencia natural de una geometría
alineada. La matemática y la moral se unen aquí: la virtud no consiste en
poseer el Infinito, sino en ser una forma perfecta que refleje fielmente su
centro común.
El
silencio retornó al altillo de la Villa Filomena, un silencio denso y bendito
que asimilaba las últimas vibraciones de la palabra dada. Asentí en calma,
encontrando al fin el reposo de mi espíritu en la implacable armonía de la
paradoja.
Afuera,
la madrugada de agosto avanzaba con su rigor helado, cubriendo los jardines de
la villa con un manto de escarcha invisible. En la mesa, la vela que había
alumbrado el nacimiento de las líneas, los círculos y los destinos llegó
silenciosamente a su consumación. La pequeña llama bailó un instante sobre el
charco de cera derretida, arrojando una última y larga sombra alargada que unió
los rostros de ambos pensadores antes de extinguirse por completo. En la
absoluta oscuridad del cuarto frío, el dibujo permaneció invisible, pero sus
proporciones perfectas ya estaban grabadas para siempre en el orden eterno de
mi entendimiento.
11.08.26
28 Av, 5786
HR
Fig. 1
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