Sobre la esencia del porqué vivir




Leí en una pared: “La vida se pierde cuando quieres vivir la vida de otros y no la tuya, envidiando a los demás y no superándote a ti mismo... no se pierde cuando dejas de respirar sino cuando dejas de ser feliz”.
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¿Qué implica “dejar de ser feliz”? ¿Qué implica “superarse uno mismo”?

La esencia de la vida, ¿no se pierde acaso cuando se vive sólo para uno, sin descubrir la felicidad del compartir? Procrear una vida en condiciones ideales, ¿no es compartir felicidad y por tanto dicha?
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El vocablo latino "felix" proviene de "fecundo", es decir felix, felicis: fértil. "Fecundo" relacionado a la tierra y a los árboles que se preparan y cuidan por sus frutos. Esta palabra antigua tiene su razón por tres adjetivos que le antecedían para darle verdadero significado en la condición humana: "Fortunatus" (colmado de fortuna), "Beatus" (colmado de bienes o riquezas) y "Felix" (Beneficiado por la fecundidad).
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Siendo el hogar la primera sociedad donde todo infante en condicines ideales llega para ser rodeado de fortuna, de bienestar y fecundidad, es decir para ser "fecundo", carecería de propósito su llegada por natalicio si fuera “echado a la suerte de los vientos y mareas”, es decir a una condición de descuido que adolece tanto como la orfandad. Sus progenitores, contrario sensu, le procurarán los tres adjetivos simultáneamente movidos por un entrañable y natural amor.
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Ejercer aquel amor se hace así constante en las acciones diarias de aquel terreno fecundo. Replantea motivaciones del por qué hacer algo que, por palabras y hechos en favor de uno y de los demás, hablan de la calidad de su cultivo. Así, la sana convivencia entre progenitores e hijos implicaría comprender la bondad de tomar en cuenta a otros (padres y hermanos al principio) para que influya en un sentido agradable de auto realización y logro en la edad de madurez por el obrar altruista inculcado.
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Descubra por ello entonces la raíz del problema planteado al inicio, desde la etapa formativa, donde la oportunidad de inducir sobre la sensibilidad de un niño es única y prioritaria.
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Si un pequeño lo tuviera todo sin aprender a compartir por ser una suerte de “monarca” o "reina” en el feudo de su hogar, ¿no influirá acaso en la actitud que después desarrolle y en su manera de ver su propia vida y la vida de los demás? ¿Se dará por mal o bien servido? ¿Será agradecido y corresponderán con naturalidad cualquier favor con actos de consideración? ¿Serán benignas y desinteresadas sus correspondientes acciones? En conclusión, se reconocerá realmente fecundo, es decir feliz?
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¿Vivirá para servir o exigirá por derecho ser servido? ¿Está descubriendo que en cada dar bondadoso sus acciones le otorga sentido a otras vidas?
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Quizás sea un niño que no tuvo mucho y aprendió a compartir con recelo, limitado. ¿Puede inculcársele el ser agradecido aún en medio de la estrechez y la adversidad?
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Por ello,
“La vida se gana cuando cultiva usted el propósito de vuestra existencia aprendiendo a ser fecundo y cultivando en los demás condiciones felices hasta la autorrealización. No se pierde al dejar de existir sino antes, cuando deja usted de ser fecundo, productivo, es decir, cuando deja de ser feliz”.
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Aquella siembra jamás es inútil. Sustentar vidas le da la oportunidad a todo ser humano de comprender que el tránsito breve o largo puede tener propósito y verdadero sentido.

El proveedor feliz, el dador fecundo, más allá de simplemente sentirse feliz, habrá sido la mejor alternativa pedagógica para estos pequeños ciudadanos del mañana.

08.05.2019
03 Iyar, 5779
HR

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