Sobre los dos paradigmas




Leí en una pared: “Se debe modificar el estilo de crianza para crear seres humanos más seguros de sí mismos, tolerantes y solidarios. Entonces poco a poco se daría un cambio de paradigma en las relaciones entre hombres y mujeres”.
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Todo ensayo pedagógico, ¿no ha de resumirse en dos resultados? Seres sensatos o frutos necios: dos alternativas paradigmáticas. Y ambas mensurables por la eficiencia en la labor que justifica el preservar y sostenerlas en calidad de vida como fin supremo o la justificación razonada para aniquilarlas.
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Todo paradigma, ¿no se califica por el fruto de sus obras? 
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En el proceso cognitivo de la primera escuela, la observación y la repetición es el natural y precoz mecanismo de reconocimiento que motiva a descubrir el entorno con la viva fuerza del entusiasmo. Es así como se inicia la formación de la personalidad.
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La primera inquietud procura emular lo que ve y escucha. Esta combinación, germen de certeza, ¿qué obtendría en favor si viviera bajo la sombra del amor y el mutuo respeto? Sus legítimos padres, ¿no los iniciarían así bajo un fundamento sólido? Por el respeto y el cariño, aquella vida se sostendría en su primera etapa formativa en un entorno de alegría sanadora, donde los géneros diferenciados y compatibles de sus progenotores tendrán un efecto poderoso sobre su conducta.
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Es así como la conducta de aquellos padres, definidas por palabras y acciones, representan la autoridad moral que les permite aconsejar e inculcar por un amor que les otorgará respeto y honra sin tener que exigirla. El infante responderá alegre si así fuera el caso.
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Si aquellos niños vivieran en su segunda escuela bajo el cuidado atento de sus mentores escolares, con un afecto que deviene también afecto y respeto hacia ellos, sus segundos padres, reforzaría aquel valor hogareño. La segunda motivación estaría confirmada por arraigo y certeza. Cabe señalar aquí que son muchos los niños que ven en la estupidez de su inevitable entorno modelos a emular, porque su naturaleza también es festiva, de alegría decadente por inexperiencia.
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Toda actividad que pretenda la competencia por ironía o comparación no obra nada bueno en ellos, porque justifica tórpemente el revanchismo, la “supervivencia del más apto”.
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Se espera entonces que sus instructores sean modelos de sabia paternidad, de una conducta consecuente con lo que se enseñan y esperan de esas vidas. Podría afirmarse, por tanto, que los niños seguirán aprendiendo motivados por la observación y la repetición mientras definen su yo real antes que el simbólico que dejarán ver después de definir su formación humana.
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La motivación, ¿no es la razón que les dice querer y obrar por la certeza de sus convicciones inculcadas?
Así, aquella emoción inspiradora seguirá por la senda que dicte su preferencia, sea buena o mala, según el paradigma elegido. De padres tolerantes y solidarios, afectosos y justos, ¿no se esperaría el mismo fruto? La contradicción de dicho proceder definirán al árbol que crió por la calidad de sus frutos.
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Por tanto,
“Se debe motivar desde la infancia una crianza de fecundo amor para inculcar seres humanos más seguros de sí mismos, tolerantes y solidarios. Entonces poco a poco se confirmaría el más eficiente paradigma en las relaciones de hombres y mujeres”.
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Ambos paradigmas, los dos caminos que se inculcan por hechos, habrán justificado al final del recorrido un solo resultado: seres humanos felices (productivos) y eficientes en la preservación de la especie o la contradiccion de ese estado existencial.

Y una sola cosecha: amor fecundo por el bien inculcado o permanente infelicidad por el descuido y mal obrar de sus modelos.

04.05.2019
Shabat, 29 Nisan, 5779
HR

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