Sobre los valores conservados




“Leí en una pared: “Arreglar un objeto viejo y sin uso es darle una nueva vida”
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Para aquietar y sosegar pasiones del ánimo, ¿no es necesaria la satisfacción?

¿En qué se basa el saludable contentamiento?
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Algo que mereció ser restaurado, ¿se hace para satisfacer únicamente una necesidad tangible?
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El ser vivo necesita satisfacer necesidades materiales para subsistir. El ser vivo racional agrega además de las materiales las necesidades del espíritu.
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Se rodea de objetos para satisfacer o aplacar necesidades. Las básicas, ¿no son el abrigo y sustento?
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Algunas causas por las que se desecha algo que aún es servible podría deberse a estos factores:
No vivir plenamente satisfecho
El ser víctimas de un sistema de vida que persigue la filosofía del consumo.
Al otro lado, el desmedido acopio material, ¿podría deberse a carencia extrema?
En otros casos, ¿la añoranza por los objetos que le invocan el preciado ayer?
En los casos extremos, ¿será debido a una patológica “acumulación compulsiva”?
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Disconforme aquel que no aprecia la vida útil de algo. Al no conocer sus bondades plenamente, ¿no las da por “malogradas” o en desuso debido a ese afán por novedad?
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Las víctimas del sistema de consumo no se percatan que viven al ritmo y necesidad del insatisfecho mercado. El estado de ánimo y la ingenuidad pretenciosa que no dominan le son explotadas, porque representan la base operativa de un mecanismo movido por la liquidez y la sobre-valoración de las cosas perecederas que persiguen tan solo lucro, valiéndose de argumentos como “crear una necesidad”, “cosas viejas en desuso que no están a la moda ni acorde a nuevas tendencias”. 
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Buscan posesionarse en el deseo humano a través de la idea de vivir un exclusivo estilo de vida que se satisface sólo por el poder adquisitivo, el consumo en una escala valorativa llamada “necesidad imprescindible”, rompiendo todo equilibrio para crear hábitos y estilos de vivir. Cuando estos desaparecen por factores externos se entra en un estado denominado “crisis”.
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Por otro lado, hay quienes por añoranza conservan algo que le representa valor intrínseco, quizás porque llaman a su íntimo recuerdo color, olor y forma, todo aquello que le invoque momentos gratos.
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En condiciones extremas y adversas, la carencia material enseña el aprecio, el valor que lleva a restaurar lo que antes hubiera descartado. Lo hace porque le es práctico, beneficioso o rentable en el inmediato y mediano plazo.
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También los casos extremos: el acopio desmedido y patológico que crea ansiedad y egoísmo dañino por acumular, y que priva a otros de espacios utilitarios, en algunos casos compartidos.
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Toda cosa material, finalmente ¿no es entrópica? ¿no tiende al deterioro y a la polución?
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Por ello la máxima de que “nada en extremo es saludable” resulta ser real en temas de carencia o acopio material.
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La satisfacción con lo poco o lo mucho necesario dará lugar al aprecio por los valores intangibles, espirituales y duraderos, fuente de satisfacción que conducen a la verdadera felicidad.
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Esta, ¿no contribuye acaso a obtener cosas justas y necesarias? Sin opacar el valor del verdadero tesoro que se pueda obtener: la plena satisfacción de la necesidad espiritual.
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Así,
“Renovar un objeto podría significarle contentamiento, una nueva forma de vivir”
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Dicha actitud prudente, amén el valor que le representa 
a quien oficia de restaurador, ¿podría despertar en usted un sentido de revaloración? Un sentido práctico sobre cosas menospreciadas, olvidadas.
Tanto más por las bondades intangibles e imperecederas que no tienen precio, como el restaurar una vieja amistad o revivir de la mano al primer amor.
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Toda aquellas riquezas del espíritu eclipsadas por el valor desmedido que se le otroga en el mundo a las cosas temporales,

Un ejercicio que le recuerde de vez en cuando el camino a la satisfacción por contentamiento equilibrado.

27.05.2019
22 Iyar, 5779
HR

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