Sobre el efecto de lo amargo










Leí en una pared: “Sé feliz. No dejes que nadie te amargue la vida”.


¿Qué efecto causa un sabor amargo en el paladar de cualquier persona? ¿No es, acaso, una sensación de rechazo?


Un paladar saturado de amargura, ¿no invoca de súbito un contraste? Gesticular y escupir lo desagradable, ¿no es la consecuencia de haberse activado en él una voluntad de rechazo?


Lo amargo le permite la diferencial experiencia sensorial de algo denominado “agradable”: la dicotomía entre tolerable e intolerable. ¿No resulta importante lo amargo como el más necesitado de los hábitos para que sea gusto adquirido?

Por esta misma sensación se activan en el organismo mecanismos naturales de defensa que evitan la ingesta de elementos venenosos, por lo general concebidos amargos. El efecto resultante obra así bondad.


Al ser necesaria una experiencia de contraste para confirmar otra de opuesta sensación, podría decidirse que la verdadera escuela de todo lo aprendido se da por efecto de una contradicción.

Se aprende el valor de la confianza por la experiencia de una decepción.
Se aprecia al amigo fiel por la acción de un traidor.
Se valora al amor por el efecto de la indiferencia y el odio.
Se evoca con intensidad el amor y consejos de los padres cuando ellos dejan de existir.

La bondad del ahorro se valora después de padecer hambre y sufrir acoso de los acreedores.
El desprecio “activa” en la voluntad un efecto resultante de su propia contradicción llamado aprecio.
Lo amargo resulta ser así un necesario tutor: aquel dolor fecundo que conduce.

La felicidad, ¿será una de aquellas experiencias así logradas? Cualquiera que ha experimentado infelicidad podría con autoridad escribir poemas sobre “Felicidad”.

Sin la amargura, sin el dolor y la consecuente decepción, un estado de felicidad no sería pleno, para efectos del aprecio. Sería una simple palabra ilusa, sin contenido, un “poema escolar”.


Así, la desdicha o el mal momento hacen, por las experiencias gratas de su propio contraste, la confirmación de un estado que denominará “felicidad”.

Si otros intentan amargarle la vida, la carga del malestar, ¿no la tendrán los espíritus amargados? no sucede así para quien ya conoce el camino de la felicidad por “tutoría bondadosa” de lo amargo, a menos que acepte esa naturaleza desagradable y adquiera, por efecto de ella, la identidad insensata de alguien “amargado”.

Por tanto,

Cuando alguien discreto deja que otros “le amarguen la vida”, acepta sereno que la experiencia indeseable lo lleve de la mano hacia el camino donde la virtud le tomará la posta: hacia los senderos celestiales de la plenitud de lo bondadoso y lo sensato,

Hacia la morada de los sabios, hacia lo más amado, la morada de lo Eterno...

23.01.19
17 Shevat, 5779
HR

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