Sobre la esencia de alguien grato




Leí en una pared: “El agradecimiento es principio de abundancia... El que agradece todo merece”
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La formalidad audible de la expresión “muchas gracias”, ¿cuándo es realmente sentida? 

¿Cuándo es tradición o manifestación sincera?
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Querer exhibir algo ¿no lo impulsa la necesidad innata de querer compartir o demostrar algo?
Los niños perciben qué actos suyos alegran a sus padres y conocidos. Buscan llamar su atención. Se exhiben sonrientes con algo en sus manos: buscan la sonrisa de ellos porque necesitan una temprana retribución: alegría.
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Una mujer hermosa no necesita anunciarse. Si se descubrió atractiva y aceptó el consejo prudente, ¿no comprenderá que todo esfuerZo por llamar la atención es innecesario? Ella será el ícono de su idealidad y no un simulacro.
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Una persona discreta no necesita del alarde para demostrarlo. Si se descubrió que a otros interesa y aceptó el consejo prudente, ¿no comprenderá que todo esfuerzo por llamar la atención es innecesario? Se verá como
 ícono de su idealidad y no un simulacro.
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Se cultiva un don con el fin de serlo: encarnarlo antes que pretender una máscara de exhibición. Todo esfuerzo de exhibición, ¿no es evidencia de vacío, disconformidad o quizás de permanente perplejidad?
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De allí la importancia en los niños de recibir cariño, encomio y amor para poder serlo más tarde por convicción.
De allí la importancia en los niños de recibir retribución bondadosa por méritos para valorar todo esfuerzo y aprender consecuente a ser grato.
Así, la naturaleza de un ser tiene peculiaridades innatas o cultivadas, como el barro amorfo que en manos de su alfarero virtuoso alcanza ser una pieza de decoración, grata a la contemplación.
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Ser agradecido no es lo mismo que tener que agradecer, aunque al principio de la vida se le inculque esta formalidad. ¿No es mejor apelar a su precoz inteligencia para persuadirlo con valores y razones que le permita agradecer de corazón? 
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Así las razones que lo motiven serán el poderoso incentivo para dar gracias sin la inútil y pública reclama: "¿qué se dice?", que pretende únicamente el aplauso de su progenitor. La mirada sonriente de amor de alguno de sus discretos padres será suficiente para recordárselo.
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La costumbre inculcada durante la infancia por el ejemplo para "tener que agradecer" le dará al niño muchas razones en su vida postrera para valorar el serlo después en pureza. En el espejo de sus mentores ¿no se conmoverá acaso al ver el rostro feliz de aquellos a quien agradece?
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Porque, ¿no se obtienen las posesiones que a uno le hacen falta porque carece de ellas? ¿No se obtienen posesiones de lo que alguien requiere porque las desea y necesita?
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Los niños no necesitan ser agradecidos en esencia infantes porque son objetivos de amor. Al inculcarles gratitud se los prepara desde temprano para su desarrollo espiritual al comprender que un "por favor" y "gracias" es una llave de oportunidad para obtener de otros también gratos algo que necesita.
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Dar por sentado los derechos a los requerimientos podría ser una expectativa en quien se acostumbró a pedir y ser retribuido. Así creció egoísta con estos vacíos.
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Aquellos niños se acostumbraron a exigir bravucones toda posesión que anhelaban como un derecho otorgado. Sus padres cedieron por desgracia a dicha complacencia y capricho.
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De allí que a los adultos ingratos y exigentes les encante el posesivo en segunda persona: "mi", "mío".
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"Y he visto cuánto esfuerzo y trabajo hábil resulta de la rivalidad entre las personas. Eso también es en vano, es perseguir el viento.
"El insensato se cruza de brazos y su cuerpo se va consumiendo"
(Ecle 4:4,5)
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La vida, el primer regalo de amor, se da casi siempre por obvia, porque muy pocos al amanecer tiene consciencia de seguir respirando: el organismo trabaja sin detenerse y se da por hecho que así sea, salvo por la anomalía de alguna enfermedad que llame en alguien su atención y suplique con apremio un estado de resignada y relativa salud. Y esto explica por qué es ingrato.
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Son pocos los que amanecen agradecidos, porque ¿no son pocos los que alcanzaron dicha conciencia?
El amanecer, el principio de toda acción vital, se obvia cuando alguien despereza un cuerpo laxado en su lecho de madrugada.
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El acto de comer satisface el hambre de un ávido comensal, quien no piensa en estado de hambruna el "tener que agradecer" a su anfitrión, porque la gratitud la tiene como segunda opción: “siempre y cuando esté satisfecho”.
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Así, el ser agradecidos ¿no significa encarnar gratitud?
A vista de otros es una actitud apreciada que refleja un espejo de bien. Cultivar buenas actitudes conduce a ser apreciativos, porque al alcanzar a serlo ¿no se mostrará natural, es decir en esencia? El ícono de sus más tempranos ideales inculcados.
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Por tanto, al haber cultivado este don las expresiones de gratitud se dan con un encuentro fortuito, quizás con algo bueno o con alguien a quien él califica de bueno.
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Quizás y así ocurra...
Al prestar vivo interés o atención,
porque sin ella la mente y la vista no están enfocadas al sentimiento.
De la contemplación,
porque sin ella no habría mirada escrutadora y apreciativa.
De la reflexión,
porque sin ésta no habría un meditar, es decir un recordar para auto-examinarse con una sucesión de preguntas retóricas.
De la asociación de recuerdos,
los más gratos invocados en aquel instante sobre cualquier hecho de admiración.
De la degustación o comprobación sensorial,
que convence al oído y a la vista y quizás al paladar por lo que experimenta.
Del aprecio,
porque sin esta conclusión de certeza la voluntad que admira algo agradable no estaría motivada a expresar sentidamente “gracias”.
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Quizás por ello,
Ser agradecido señala a una esencia y a un principio de abundancia natural que suele calificarse como grato por sus sentidas palabras y por su natural actuar.

Quien agradece también lo merece, porque es consecuencia de cultivada virtud, como manantial de pureza rebosante y feliz entre todos los que como él también son gratos.

13.09.2019
13 Elul, 5779
HR

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